Algunas consideraciones sobre el entorno de la poesía mexicana

La poesía mexicana se caracteriza, además, por ser corrupta

Por: Alí Calderón

La poesía mexicana es una farsa. Es una mentira que hemos creído por quién sabe qué razones. El prestigio que ostentan los poetas muchas veces no se corresponde con su obra.

Es así que tras la lectura del trabajo de un poeta “conocido”, “prestigioso”, no pocas veces nos decepcionamos; no sólo no encontramos emoción en sus textos sino que ni siquiera quedamos convencidos de que valgan algo. Nos dieron, pues, gato por liebre, sidral por cerveza.

El desfase entre la magnificencia curricular y la pobreza o medianía poética posibilita la emergencia de un espacio de corrupción o de lo que he llamado “falseamiento del gusto”.

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En los primeros años del siglo XX, Ramón López Velarde pensó que la poesía mexicana era poco auténtica y casi una burla. Escribió que “nuestros hombres de pluma aderezan párrafos y estrofas como guisotes. Así es como el ejercicio de las letras se ha vuelto industria de chalanes y filón de trapaceros”.

Hoy, después de más de noventa años, en realidad, la situación no es muy diferente. La poesía mexicana se caracteriza, además, por ser corrupta: corrupta al moverse a través de relaciones clientelares, corrupta por el manejo faccioso de la política cultural, corrupta por construir e inflar prestigios de poetas que no están, ni por mucho, a la altura de sus obras.

Puesto de esta manera, el panorama no es prometedor. Por un lado, falta de rigor crítico y poesía auténtica; por el otro, relaciones extraliterarias turbias que falsean el gusto.

Es el mismo fenómeno, acaso, el que describe Evodio Escalante al hablar del “actual panorama de conformismo mexicano, en el que pululan los escritores de medias tintas que han renunciado a su vocación de búsqueda para especializarse en ganar concursos, becas y premios concedidos por el Estado”.

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El sistema de lo literario funciona gracias a la acción complementaria de dos planos fundamentales: el de las relaciones intratextuales y el de las relaciones extratextuales.

En el primer nivel se juega la literariedad del poema, su calidad. Ésta se logra, al menos de Safo a nuestros días, apelando a la manipulación de las palabras para que abandonen su condición sígnica y alcancen el carácter simbólico. Aquí el poema funciona gracias a dos valores fundamentales: la baja predictibilidad lingüística que propone su estructura y la polisemia.

En el segundo plano operan distintos mecanismos no semióticos, es decir, externos al texto, que aseguran su aceptación primero en la tradición literaria y después en el espacio social que permitió su producción.

Esto es: para que un discurso adquiera carácter de literario debe cumplir ciertos requerimientos formales. Luego, para que ese discurso –tomado finalmente como “poema”– sea aprobado socialmente y considerado como “un buen poema” debe pasar otros filtros que aquí llamaremos de legitimación literaria.

Cuando en una sociedad se busca primero la manipulación o dominio de las relaciones extratextuales y se descuida o se presta menos atención a las relaciones intraextuales podemos hablar de que existe corrupción o falseamiento del gusto.

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En los albores del siglo XXI hemos heredado un país que requiere con urgencia una asepsia moral en todos los órdenes mde la vida pública.

El sistema político mexicano, emanado de la camarilla de revolucionarios sonorenses, pescadores hábiles del río revuelto, y perpetuada por el PRI hasta la culminación del siglo, creó, en prácticamente todos los ámbitos de la cultura, un modus operandi a su imagen y semejanza: corrupto. La literatura, que es también un campo de poder, no fue la excepción.

El nuevo siglo ha inaugurado en México una era de incertidumbre y desencanto. Las instituciones garantes de la certeza y la estabilidad han caído en el descrédito y la sospecha total.

Vivimos un tiempo en que la Suprema Corte de Justicia y el Instituto Federal Electoral, por ejemplo, han maculado su transparencia otrora irrebatible y a priori.

Si esto sucede en el ámbito de las tan observadas instituciones políticas ¿qué podemos esperar de nuestro aparato cultural? Poco menos que nada. Este ambiente es terreno fértil para que florezca la mentira y se maquille de verdad.

La mentira radica en un falseamiento del gusto de la época, primero, y en un manejo corrupto de las circunstancias así como en una manipulación del aparato cultural y sus mecanismos de operación, posteriormente.

Nunca lo sabemos de cierto pero suponemos siempre que mafias, en el sentido siciliano del término, dominan la poesía mexicana. Deciden quién gana un premio, quién ingresa al Sistema Nacional de Creadores, qué poeta joven, sumándose a la clientela, puede acceder a los apoyos institucionales, etc. Por ello, la República de las Letras es incierta; todo en ella está enrarecido.

La calidad de un poema, su literariedad, no es asunto trascendente en la agenda. Ni siquiera tenemos una tradición crítica que valore honestamente lo que hacen los escritores.

Es así que no pocos poetas mexicanos han dejado de lado la propia poesía y han erigido como sumo bien la vida literaria, la intriga cortesana, la legitimación de la literatura a través de medios extraliterarios actualizando, de esa manera, las palabras de Manuel Payno cuando sostenía que en México es más productiva una hora de política que un año de trabajo.

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La tradición literaria, contrario a lo que pudiera pensarse, es distinta y aún opuesta al concepto de canon. La primera tiene que ver más con el cúmulo de motivos, procedimientos estilísticos y efectos conseguidos a lo largo de la historia de una literatura nacional o de la historia de la literatura de una lengua.

Es una continua conquista estética, un ejemplo de medios expresivos. El segundo es, más bien, el resultado de una manera de entender y escribir poesía.

El canon es producto de la tensión que se establece entre los distintos medios de la legitimación de la literatura (becas, premios, publicación en sellos prestigiosos, proximidad al poder político o cultural, etcétera). La historia de una poesía nacional es la historia de las relaciones entre la tradición literaria y el canon.

Góngora podría servirnos de ejemplo para dar cuenta de lo anterior. El cordobés cultivó (apelando al conjunto de medios expresivos que le otorgaba su tradición) distintos lenguajes literarios, diversos registros: el manierismo de raigambre petrarquista en sonetos de gran lirismo, un barroco de angustiosa y sobria expresión (“A una rosa”), el romance y su gusto popular y aún un barroquismo deliciosamente desmesurado y experimental en “La fábula de Polifemo y Galatea”, por ejemplo. Era un grandísimo poeta, sin duda.

Sin embargo, según Arnulfo Herrera: el triunfo definitivo de la poesía culta se logró en 1616 cuando el Homero Español ganó un certamen para consagrar la capilla de Nuestra Señora del Sagrario en la imperial Toledo.

Tal vez estuvo arreglado por fray Hortensio Félix Paravicino, amigo y discípulo del poeta, lo cierto es que las fiestas habían sido patrocinadas por el cardenal Sandoval y Rojas, tío del duque de Lerma, el valido de Felipe III y el más poderoso de los hombres en ese momento.

Góngora se encontraba en el punto más álgido de su carrera literaria y en plena campaña política, medrando para obtener un cargo palaciego.

Es decir, los usuales procedimientos de legitimación trabajaron a favor del poeta. Esta operación se repite una y otra vez en nuestras tradiciones hispánicas y seguramente en cualquier otra.

En México, el asunto e sparticularmente interesante: un país de caudillos en lo político ha generado un país de caudillos en lo cultural. Quienes sean más eficaces en el manejo de la real politik del campo literario habrán de dominarlo a pesar de que su quehacer estético sea incluso mediocre. Eso es lo de menos.

Estos mecanismos de legitimación han funcionado para distintas figuras de nuestra literatura, más allá de su calidad innegable, por ejemplo, el espaldarazo del poder político. Pienso ahora en la proximidad de Sor Juana a la corte virreinal y en el emblema, casi servil, del Neptuno alegórico, en el que le hacía la barba a la recién nombrada autoridad de la Nueva España.

La monja sólo menguó su influencia cuando perdió el favor de un virrey. Ya en el siglo XIX, la Academia de Letrán nombra presidente de la asociación a don Andrés Quintana Roo, viejo insurgente y figura política de primer orden. Guillermo Prieto y Vicente Riva Palacios fueron liberales destacados con importantes cargos en la administración pública.

Ignacio Manuel Altamirano ejerció un importante magisterio cultural a partir de la República Restaurada además de haber sido presidente de la Suprema Corte de Justicia. Amado Nervo, por ejemplo, tuvo una carrera diplomática importante durante los últimos años del porfirismo.

El grupo de contemporáneos mostró la manera en que distintos procedimientos extraliterarios legitiman una obra literaria. Siempre estuvieron próximos al poder político (Torres Bodet fue secretario particular de José Vasconcelos en la UNAM y en la SEP, fue Secretario de Educación Pública, estuvo en la UNESCO; Gorostiza también fue Secretario de Estado), contaron con el padrinazgo de las figuras capitales de la cultura de ese momento (Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes), se incorporaron a la tradición literaria a través del ejercicio crítico (la antología firmada por Cuesta y la Galería de poetas nuevos de México amén de las producciones críticas individuales), presencia en el extranjero, publicación en revistas prestigiosas (en Revista de occidente y, evidentemente, en Contemporáneos), publicación en editoriales de “renombre”.

A lo anterior se suman la obtención de becas, premios y la participación activa en la llamada “vida literaria”. Con ello se completa el cuadro de los mecanismos de legitimación.

Si pensáramos en cierta zona del Marxismo diríamos que, para no fetichizar la obra literaria, sería necesario analizarla también a la luz de las relaciones sociales y aún económicas que la motivan y permiten (sería importante, asimismo, reflexionar en torno a la idea de campo literario considerando a Bourdieu).

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La literatura mexicana requiere una democratización de los espacios fundada en la calidad del trabajo y no en la adscripción a una clientela. Pienso en el actual caso de la revista Tierra Adentro que cierra sus páginas a determinados grupos, a ciertos poetas, que no son del agrado de la dirección.

Al ver el trabajo de su actual administración pienso, con muchos otros, que ese proyecto debería refundarse y abrir su espectro, ya que opera con fondos públicos.

De algún modo, México, Heredero del Estado de bienestar, tiene un aparato cultural bondadoso. Quizá ese sea el problema de la poesía mexicana actual. En torno a un poema se mueve dinero. Hay dinero en los diferentes premios literarios del país.

Hay dinero en las distintas becas, para jóvenes y para creadores mayores de treinta y cinco años. Es decir, en la poesía mexicana no sólo se mueven poemas sino dinero y prestigio. Eso genera un círculo vicioso: el otorgamiento de un premio o una beca por ejemplo, podría responder a la adscripción a una clientela, a grupos literarios que se favorecen.

Hoy se vive una especie de pérdida de los valores literarios, nadie sabe por qué un poema es “bueno” o deja de serlo. Quizá la crítica literaria, fundada en las ciencias del lenguaje y el sentido común poético, pueda crear un sistema valorativo pertinente, amplio, no autoritario.

Es necesario, también, repensar las condiciones de participación de quienes hacen y consumen la literatura. Si es deseable que las sociedades cambien su dinámica orientadas por las ideas de equidad y justicia, sería igualmente deseable que la República de las Letras cambiara.


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