A punta de bayoneta. Política y literatura en lengua alemana

A estos poetas les fue inevitable referirse a la guerra con todo lo incomprensible y absurdo que hay en ella

Por: Marco Lagunas

Trato de imaginarme cómo fue para él: vivir a principios del siglo XX en Salzburgo, trabajar en una farmacia, graduarse en la universidad, ser arrastrado a la guerra.

Un joven sensible, con una personalidad ya de por sí fragmentada, que evoca dolorosamente a la hermana y se sirve de ciertas drogas y alcohol para mantenerse a flote. Pronto es enviado a Grodeck con la orden de atender a los heridos del frente de batalla: “La sangre es vertida en el río de la luna” y “Todos los caminos desembocan en negra podredumbre”.

Con poco medicamento e instrumentos médicos pasa días enteros de una camilla a otra ante soldados sin piernas, sin brazos, atravesados por las balas enemigas; escuchando “el salvaje lamento de sus fragmentadas bocas”. El horror era tal en aquel lugar que la prensa terminó designándolo como una de las “fosas de la muerte de Galicia”.

Después de una crisis nerviosa y un intento de suicidio, el aterrado oficial es ingresado a un hospital militar. Ahí redacta su testamento, plasma su dolorosa experiencia en el poema “Grodeck” e ingiere la sobredosis de cocaína que lo lleva a la muerte.

Para el poeta Georg Trakl (1887-1914) la horrorosa visión de esta batalla terminó imponiéndose como motivo artístico. Ninguno de sus poemas tuvo nunca una intención política, a menos que veamos como algo político ese malestar de época por el que su generación se ve arrastrada:

Miró caer la nieve sobre el desnudo ramaje
y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán.
Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún.

En los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial también cayeron los poetas expresionistas August Stramm (1874-1915) y Ernst Stadler (1883-1914); uno comandaba un batallón y fue alcanzado por una bala, al otro le explotó una granada.

A estos poetas les fue inevitable referirse a la guerra con todo lo incomprensible y absurdo que hay en ella. En “Sepulcro de Guerra” Stramm retuerce las palabras con imágenes artificiales para hacer sentir el miedo ante la muerte:

Varas suplican cruzados brazos
escritura vacila pálido desconocido
flores impertinentes polvos atemorizan
vislumbre
lagrimea
vidrea
olvido

Mientras que Stadler pasa del ímpetu de las palabras a su degradación:

Y lentamente empezaron a quedarse sin hojas las policromas palabras. Aprendimos a decirlas sin latidos.
Y aquellas que aún tenían color, se habían apartado de lo cotidiano y de toda vida terrena: Vivían en algún lugar hechizadas, en islas paradisíacas en una paz de azul de cuento.
Lo sabíamos: eran inalcanzables como las nubes blancas que se convertían en una sola en nuestro cielo de juventud,
Pero muchas tardes sucedía que ansiosos y en secreto llorábamos el resonar de su música

Sin duda, la guerra es una cuestión política. Los gobiernos nos convencen de que es necesaria, de que es lo mejor. “Asesinaron al archiduque, hay que lavar esa afrenta, elevemos los estandartes, avancemos hacia Moscú, bombardeemos París”.

Y entonces la guerra aparece con sus mejores trajes, tanques blindados, aviones de combate y soldados bien pertrechados que desfilan con paso regular y firme por las calles atestadas de gente, las bayonetas al hombro y las máscaras de gas en la mochila. “La patria te necesita, enrólate en el ejército”. “Es un honor morir por la patria, entonemos el himno nacional, arrasemos al enemigo y conquistemos un futuro mejor para nuestros hijos”, o “nietos no natos”, como termina el poema de Trakl.

Y, después, escuelas militares para todos, los guetos, los campos de trabajo para los prisioneros, los campos de concentración para judíos, gitanos, homosexuales y disidentes. Montañas de zapatos apilados en la estación, montañas de cuerpos sin vida amontonados para su cremación o su sepultura en una fosa común.

Sí, la guerra es una cuestión política pero a veces también artística. Y la poesía sabe bien de eso. Y la literatura en lengua alemana sabe bien de eso.

Las invasiones de los pueblos “bárbaros”, las cruzadas, la Guerra de los Treinta Años, las invasiones napoleónicas, las guerras contra Francia, la primera y la segunda guerras mundiales, la Guerra Fría, la guerra de los Balcanes…, cada uno de estos acontecimientos históricos y políticos han sido tratados por los escritores alemanes, austriacos y suizos.

Porque los poetas también van a la guerra, y se convierten en víctimas o verdugos. Algunos decidieron validar las atrocidades con pomposas frases filosóficas.

Otros fueron “afortunados” y pudieron celebrar cuando en la pantalla de cine, con música de Wagner, los aviones dejan caer sus bombas sobre Varsovia; o se animaron a disparar a los prisioneros mientras escuchaba a Schubert o a Bach; o contemplaban el bombardeo nocturno a una ciudad desde la torre Eiffel brindando con champagne. La mayoría, sin embargo, tuvo un destino trágico.

El dramaturgo Ernst Toller (1893-1939) era muy consciente de la relación entre política y arte, ¿y cómo no iba a serlo si fue censurado, encarcelado y perseguido por la monarquía alemana y el nazismo? Participó en la impetuosa y frágil República de Weimar y sus libros fueron quemados en la “noche de los cristales rotos”.

Ya en el exilio, fracasó en sus múltiples campañas internacionales para que con el excedente en la producción de cereales de los Estados Unidos se ayudara a los niños de la Guerra Civil Española.

Terminó suicidándose en un hotel de Nueva York; se dice que en su maleta de expatriado siempre llevaba la cuerda con la que finalmente se ahorcó.

Este poeta partisano se preguntó alguna vez si el arte podía influir a la realidad, si el poeta podía influir en la política de su tiempo. Su muerte parece entonces una derrota, pero también una última protesta contra esa realidad que se impone.

O veamos un momento el caso Paul Celan (1920-1970), poeta de origen rumano, a quien sus padres mandaron a estudiar medicina a Francia y quien durante la Segunda Guerra Mundial fue apresado por los nazis y enviado a un campo de trabajo en Moldavia. Sobrevivió gracias a su juventud, pero perdió a su familia, y algo de él murió con ello.

Se dedicó a la traducción de textos literarios y decidió escribir en alemán. Cuando en 1958 recibió el premio de la ciudad de Bremen, la parte central de su discurso la dedicó a la lengua alemana.

Escribió que a pesar de todo no la había perdido, pero “tuvo que pasar entonces a través de la propia falta de respuestas, a través de un terrible enmudecimiento, pasar a través de las múltiples tinieblas del discurso mortífero.

Pasó a través y no tuvo palabras para lo que sucedió; pero pasó a través de lo sucedido. Pasó a través y pudo volver a la luz del día, enriquecida por ‘todo ello”.

Y, entonces, mirar al pasado a través de la “Fuga de la muerte”, un poema en donde reclama que Alemania, con toda su admirable cultura, se haya convertido en un experto asesino, en un artista, en un maestro de la muerte: “silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra/ ordena tocar para la danza”.

Los judíos cavan su propia tumba al ritmo de sus verdugos, la cavan con la consciencia de que en cualquier momento escucharán el disparo fatal.

En sus cartas a la premio Nobel Nelly Sachs (1891-1970), quien también fue perseguida por los nazis y perdió a sus hermanos en un campo de concentración, Celan intenta darle fuerzas en sus momentos de mayor angustia, le pide que desde su cama de hospital en Estocolmo extienda sus manos hacia él y las convierta en poesía, poesía que auxilia; y una vez le envía “contra las pequeñas dudas que a uno a veces le sobrevienen” un trozo de corteza de plátano.

Y le explica infantilmente cómo se usa: “Se coge entre los dedos índice y pulgar, se aprieta con fuerza y se piensa en algo muy bueno. Pero –no te lo puedo ocultar– los poemas, máxime los tuyos, son cortezas de plátano todavía mejores. Por favor, vuelve por tanto a escribir. Y deja que llegue a nuestros dedos.”

Lamenta también que en estos tiempos se deserte tan fácilmente de la palabra. ¿Puede uno violentar la lengua a tal grado y hacer de ella no sólo testimonio, sino también denuncia, llanto, memoria? Robert Caner-Liese, en su libro Gadamer, lector de Celan, afirma que el punto de partida de sus poemas “es la falta o ausencia de este lenguaje, el saberse parte de una tradición literaria imposible de continuar y la dolorosa experiencia de hablar en la lengua de los asesinos.”

Y agrega además que “la misión del poeta consiste en ser memoria y testimonio de todas las muertes y todos los inviernos” (2009: 91).

La palabra está envuelta en negros copos de nieve, en remolinos de átomos, yace a un lado del río y es memoria. Envuelve a la madre de Celan, a quien los nazis asesinaron con un tiro en la nuca en el campo de trabajo en Michailowka, cerca de Gaissin, en Ucrania:

¿Conoce todavía el agua del Burg meridional,
madre, la ola que te produjo heridas?

¿Sabe aún el campo, que tiene en medio Molinos,
lo suave que tu corazón a tus ángeles ha sufrido?

No puede ya ningún chopo, ni los sauces,
quitarte a ti la pena, ni consuelo causarte?

¿Y no recorre el Dios con el bastón floreado
la colina arriba y la colina abajo?

¿Y soportas tú, madre, como antaño en casa,
ay, la rima, suave, dolorosa, alemana?.

Envuelve también el político revolucionario Karl Liebknecht, quien fue conducido a la orilla norte del Neuer See, arrojado del coche y asesinado; y a Rosa Luxemburgo, quien después de ser golpeada y herida de bala, fue tirada al canal de Landwehr para que muriera ahogada:

El hombre quedó como un colador, la mujer,
la marrana, flotando se tuvo que ver,
por ella, por nadie, por cualquiera.

¿Los suicidios de Kurt Tucholsky (1890-1935) en Göteborg, Walter Benjamin (1892-1940) en los Pirineos, Stefan Zweig (1881-1942) en Petrópolis, Klaus Mann (1906-1949) en Cannes, y Paul Celan en el río Sena tendrían sólo tintes personales? Es decir, ¿no estarían ligados también a la vieja historia de cada uno de estos escritores con el nacionalsocialismo: a la muerte de los padres en un campo de concentración, al miedo a la tortura y la persecución, a los horrores de la guerra? ¿Pueden dejar de ser políticas sus piezas para cabaret y sus ensayos contra el nazismo, o novelas como Juego de ajedrez, Mephisto, o libros de poemas como Amapola y memoria, La rosa de nadie o Cristal de aliento?

La realidad influye en el arte y a veces de manera tan dramática que es imposible permanecer indiferente. El arte pretende influir en la realidad, a veces lo logra y entonces se reforman las prisiones, las casas de los pobres y las escuelas; a pesar de la muerte, cambia algo.

¿Y aquellos que sobrevivieron a la guerra, aquellos escritores que no cayeron en los campos de batalla, en un campo de concentración o en el camino de regreso a casa, qué debieron hacer al darse cuenta de la barbarie? ¿Agachar la cabeza y quedarse callados? “Las cosas no son como el aparato de propaganda, la escuela o tus familiares te las han pintado. No existe el arma secreta que nos hará ganar la guerra. Ahora no se puede voltear hacia otro lado o jugar a la gallinita ciega y hacer como si nada hubiera pasado”.

La realidad es un duro golpe. Las ciudades han sido destruidas, los soldados de ocupación han dejado también su huella de barbarie. De las ruinas sólo podía surgir una literatura de escombros.

Con su salida de Alemania, Thomas Mann (1875-1955) se convirtió en el representante más distinguido de la resistencia contra el Nazismo. Había ganado el premio Nobel de Literatura en 1929 y era el escritor más famoso en lengua alemana. Colaboró intensamente con los aliados en la propaganda contra Hitler.

Desde su exilio en California, E.U.A., mandaba a la BBC de Londres ocho minutos de grabaciones con su voz donde comentaba los acontecimientos de la guerra, intentando de esta manera convencer a los alemanes de que opusieran resistencia al régimen.

El programa se llamaba “¡Escucha, Alemania!” Muchos nombres más se pueden mencionar aquí, a Bertolt Brecht (1898-1956), Heinrich Mann (1871-1950) y a los pertenecientes al Grupo del 47 por ejemplo, pero ya que hablamos de los escritores que participaron directamente en la guerra, no se pueden dejar de mencionar dos nombres, los premios Nobel Heinrich Böll (1917-1985) y Günter Grass (1927).

Sobre todo porque ambos, a pesar de la diferencia de edad, tienen varias cosas en común: fueron soldados y muchas de sus historias tienen que ver con el pasado alemán o con la sociedad nazi de la posguerra instalada ahora en las instituciones religiosas y políticas.

Opiniones de un payaso, El honor perdido de Khatarina Blum, El tambor de hojalata, Un cuento largo son novelas en que estos autores se volvieron escandalosos para una sociedad conservadora que no acepta de buen grado la discusión, que prefiere utilizar, por ejemplo, el poder faccioso de los medios de comunicación para acallar esas voces críticas.

A pesar de ser escritores católicos, cuestionan la Iglesia como institución. Ambos decidieron también participar políticamente apoyando a figuras representativas del Partido Social Demócrata (SPD), a los migrantes y disidentes del bloque socialista, así como a los movimientos sociales contra las dictaduras latinoamericanas.

En su ensayo “Profesión de fe en la literatura de escombros”, Böll escribe:

“El ojo del escritor debe ser humano e insobornable: no hace falta jugar a la gallinita ciega, hay lentes de color de rosa, de color azul, negros, que colorean la realidad según se necesite. El rosa se paga bien, entre tanto esté entre los más preferidos, y hay muchas posibilidades para el soborno, pero también el negro es preferido de vez en cuando, y cuando se lo está prefiriendo, también se paga bien el negro. Pero nosotros queremos verlo como es, con un ojo humano que por lo común no está completamente seco ni tampoco lleno de lágrimas, sino húmedo, y quisiéramos recordar que la palabra latina para designar humedad es humor, y todo esto sin olvidar que nuestros ojos pueden secarse o llenarse de lágrimas, porque hay cosas que no dan ningún motivo para ejercer el humor”.

¿Por qué exigirle al arte que sólo se ocupe del arte? ¿Hacerlo, no es limitarlo, cuando precisamente éste significa libertad de expresión? Podemos gritar “viva el arte por el arte” y abogar entonces por la pureza del impulso artístico, ¿pero no lo hacemos precisamente utilizando esta expresión como una consigna política?

El arte tiene sus formas y la política no es algo que se pueda desdeñar tan fácilmente, sobre todo cuando nace de la necesidad, cuando se ha vuelto algo tan personal, tan cercano; cuando es vital para la vida de los ciudadanos.

Cierto, podemos discutir también en qué medida la obra de arte es o no panfletaria, en qué medida una oda o una sinfonía dedicada a Hitler o a Stalin o a Nixon mantiene cierto carácter artístico a pesar de ser políticamente incorrecta.

Podemos lamentar la ingenuidad, la incredulidad con que esos poemas o composiciones están hechas: “Sí, se nota la huella del tiempo en ellas, se han vuelto anacrónicos, han tenido un aberrante fin propagandístico”.

Para juzgarla contemplamos los argumentos de la historia y la filosofía. Se califica entonces la habilidad, el ingenio, pero también la vigencia del sentir humano.

El arte sacro, ¿deja de ser político por ser espiritual?, ¿pierde belleza al estar en manos o en la colección de un prominente cardenal?, ¿dejan de ser poesía los versos dedicados a la república española a pesar de que el poeta ha decidido censurarlos?, ¿puede dejar el arte de hablar sobre la política y la guerra?

Digamo entonces que sí, que por lo menos en la cultura alemana, la literatura no está desligada de la política. O en todo caso, está parcialmente ligada. Lo que quiere decir que si Kafka trata el tema de la burocracia, el sistema de justicia, refiriéndose de esta manera a la libertad, a la culpa, a la humillación, al ejercicio del poder, sus textos no son necesariamente abstractos, sino políticos. Ya el carácter público del escritor le da cierto matiz político.

Y aunque en Alemania, por ejemplo, los escritores no ocupan comúnmente puestos burocráticos, gracias a la cantidad de premios literarios y a la vitalidad de la industria editorial (leer sigue siendo una de las actividades favoritas de los alemanes), sus opiniones políticas tienen un efecto importante.

Y esto se debe a la propia historia del país: el exterminio en los campos de concentración, la división de su territorio entre los dos sistemas políticos que se disputaban el poder en el mundo, el capitalista y el comunista, teniendo como consecuencia también que durante casi cuarenta años Alemania, especialmente la ciudad de Berlín, fuera el punto de combate de los dos bandos.

Estas circunstancias han hecho que los temas de la literatura alemana estén ligados al debate público, y traten sobre las consciencias del cambio climático, o sobre los peligros de la energía nuclear, la pobreza, la migración, la guerra.

Cuando se habla de Heinrich Böll, Günter Grass, Hans Magnus Enzensberger, Peter Weiss, Peter Handke, Elfriede Jelinek, Herta Müller, no se habla sólo de escritores, sino también de figuras públicas, algunas de ellas bastante incómodas para los políticos, pues se han involucrado con sus opiniones en la política europea.

¿Se han involucrado? ¿No sería más preciso decir, han sido involucrados? ¿O es parte de la creación artística involucrarse? ¿Se involucraría uno en política si ésta funcionara como debe, si los políticos hicieran su trabajo de políticos y no de representantes industriales?

La famosa frase del filósofo Theodor W. Adorno (1903-1969) en la que se asegura que es una barbarie escribir poesía después de que hemos sido testigos de las atrocidades de campos de concentración como el de Auschwitz, es respondida por los escritores de la posguerra. Después de Auschwitz ya no se puede escribir de la misma manera.

Es necesario hacerlo sin contemplaciones, para que la política no ignore al arte. Tal vez lo único que se puede afirmar sea: “A veces la literatura surge a punta de bayoneta”.

 

Bibliografía

CANER-LIESE, Robert (2009). Gadamer, lector de Celan, España: Herder.


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