3 películas bélicas: Caballeros, medallas y clases

Una sociedad democrática de individuos igualmente libres, sin privilegios estamentales, puede y debe ser meritocrática

Por: Andrés de Francisco

En una película interesante aunque menor, El Barón Rojo (Corman, EUA, 1971), una escena llama la atención. Estamos en la Primera  guerra mundial, corre 1916 y los escuadrones ingleses y alemanes salen a buscarse a cielo abierto. La guerra todavía no alcanza a la población civil y en las alturas, derribando aviones enemigos, cobran relieve las figuras de los héroes.

Representado por John Phillip Law, el barón von Richthofen –el Barón Rojo– es el héroe alemán, joven aristócrata devoto del emperador, militar disciplinado y un águila en el aire, a bordo de su Albatros, caza biplano con el que, en la historia real y en la película, consiguió muchas victorias.

Su fama crece tanto que, y esta es la escena a la que me refería, el mando inglés brinda por él. El mayor levanta su copa y dice: “un brindis por el distinguido enemigo, por el barón von Richthofen”. Todos brindan, excepto uno, el teniente Brown, canadiense para más señas, alguien arribado del nuevo mundo, con su moral plebeya a cuestas.

El mayor inglés le explica, y la justificación es todo un reproche velado: “creemos que los hombres pueden ser enemigos sin convertirse en bestias. Los que sobrevivan a este conflicto tendrán necesidad de las tradiciones que separan a los caballeros de los salvajes”.

Aquí está el meollo filosófico de la película: la ética de los caballeros frente a la de los meros hombres asilvestrados, la aristocracia frente a la bestialidad, el honor frente a la vulgaridad democrática. El teniente Brown, luego de oír al mayor y antes de abandonar la sala, dice: “guardaré mi vino para el próximo camarada que ese alemán mate en el aire”.

Las dos lógicas de la guerra quedan expuestas: la ética del pueblo llano, una ética elemental, de instintos primarios, reactiva, vengativa, frente a la ética elevada de una élite capaz de reconocerse  a sí misma en un código de honor que trasciende líneas enemigas, que define límites, ennoblece la agresividad del cazador y hace de la guerra una oportunidad para la gloria.

Es lo que en el filme se denomina “la caballerosidad del aire”, modus operandi que pasa a la historia, si alguna vez existió, tan pronto como los aviones apuntan sus metralletas hacia objetivos civiles. Primero serán los aeródromos y sus bases, donde hay enfermeras, médicos, cocineros.

La ética de la guerra se hace cada vez más laxa, hasta que en contiendas posteriores el derecho de gentes y los tribunales internacionales encargados de salvaguardarlo, quedan suspendidos y se bombardean ciudades y civiles sin miramiento.

La lógica aristocrática de la guerra, capaz de honrar al enemigo compartiendo con él la pertenencia a una élite, es una lógica que oculta la guerra social al enemigo de clase. Y aquí, el noble deja la caballerosidad y la aristocracia enseña su faz de oligarquía.

Es una guerra que espera a que acabe la contienda militar, una guerra civil que se hace en tiempos de paz. Esto queda reflejado en la película cuando el barón von Richthofen cae herido, obtiene un permiso y visita a su familia. En un paseo con su padre por los jardines de su palacio, le dice: “después de la guerra pondremos las cosas en orden. Todo volverá a ser como antes”.

Se refiere al movimiento obrero, a las reivindicaciones campesinas, al empuje democrático. Y con elitista naturalidad aclara cuál será el instrumento del orden: el ejército y la policía.

Caballeros en el aire que fraternizan con las aristocracias enemigas, servidores del emperador, sí; pero en la tierra, en su tierra, serán bestias despiadadas contra su verdadero rival: la democracia y el vulgar mundo del trabajo, innoble enemigo de clase por el que no  cabe brindar. Hay un continuum entre la guerra militar entre soldados y la guerra social entre clases.

¿Eran tan honoables esas élites? En El Barón Rojo vemos a una aristocracia que aspira a una muerte gloriosa en defensa de la patria. Ese afán es su código de honor. ¿No es acaso demasiado benevolente esta película de 1971?

Al menos otras dos, una anterior y otra posterior, dan una versión harto distinta de la honorabilidad militar de la élite. Me refiero a Senderos de Gloria (Kubrick, EUA, 1957) y a La cruz de hierro (Peckinpah, Reino Unido-Alemania Occidental, 1977): Primera y Segunda guerra mundial, respectivamente.

Dos películas bélicas que forman parte de la mejor cultura cinematográfica antimilitarista. Ambas descubren las mismas vergüenzas a las élites sociales que ocupan el mando militar: bajeza, cobardía, crueldad.

Por el contrario, la verdadera nobleza queda del lado plebeyo y popular, aunque también se delatan miserias morales  entre la baja oficialidad. Cobardes hay en todos los lados y la guerra es un escenario perfecto para que cada cual retrate su condición humana.

El planteamiento de Senderos de gloria queda expuesto en sus primeros minutos. Corre también el año 1916, el frente está estabilizado en trincheras desde el Canal de la Mancha hasta la frontera suiza.

El general Broulard (Adolphe Menjou), del alto Estado Mayor francés, visita el regimiento 701. El cuartel es en realidad un suntuoso palacio dieciochesco.(1) Allí lo espera el general Mireau, encarnado por George Macready.

Sin dilación, el primero va al grano. Quiere encomendarle una misión: tomar la colina de las hormigas, punto clave de las posiciones alemanas. Debe hacerlo en dos días, misión de todo punto imposible, y así se lo hace ver Mireau.

La contestación parece firme y honrada. Pero Monsieur Broulard es más sutil y decide tañer la cuerda de la ambición ajena: le explica que tomar la colina podría suponerle un ascenso y una medalla más.

La cuerda responde, suena la música egocéntrica y el general Mireau casi de inmediato se olvida de los ocho mil soldados a su cargo, a más de la mitad de los cuales mandará a una muerte segura. Ya solo le importa su medalla y en nada parará para tenerla.

Incluso ordena disparar contra los mismos soldados franceses que se baten en retirada ante la imposibilidad de tomar la colina. Como era de esperar, la misión fracasa pese a las advertencias del coronel Dax (Kirk Douglas), eminente abogado criminalista en la vida civil, quien recuerda la frase de Samuel Johnson: “el patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Pero, como el fracaso no arredra a los canallas, el general Mireau convoca un consejo de guerra: “¡Si esos cobardes –afirma– no se enfrentan a las balas enemigas, se enfrentarán a las francesas!”. De los cien hombres a los que habría que juzgar por cobardía, al final –gracias a la presión de Dax– la cifra queda en tres.

Tres inocentes que habían demostrado su heroísmo en tantas ocasiones serán juzgados ahora, para “dar ejemplo” a la tropa, por un delito de cobardía ante el enemigo que no cometieron.

La película se inspira en un hecho real que aconteció en la brigada 119 de artillería del ejército francés, en la que se ejecutó a cuatro hombres por insubordinación, mismos que fueron rehabilitados en 1934 tras el reclamo de sus familias.(2)

El coronel Dax asume la defensa de los tres soldados. Pero el juicio, sumarísimo, es una afrenta a la justicia y los reos, sin ninguna garantía procesal, son condenados a muerte pese a las reclamaciones del coronel y su alegato final:

"Caballeros miembros del tribunal: hay ocasiones en que siento vergüenza de pertenecer a la raza humana, y esta es una de ellas… El ataque de ayer por la mañana no manchó el honor de Francia y no deshonró a los combatientes de esta nación. Sin embargo, esta corte sí que es una deshonra, un agravio al honor. La causa contra estos hombres no es más que una burla de la justicia. Si los declaran culpables, ese error los atormentará hasta el día de su muerte. No puedo creer que el impulso más noble del hombre –la compasión al prójimo– sea cuestionado aquí. Suplico que sean clementes".

Pero demasiadas cosas se interponen entre la clemencia y la justicia militar. Entre ellas el esprit de corps de la ofi cialidad y del alto mando. En realidad, todos están pillados por la irracionalidad del ataque que ordenan.

El alto Estado Mayor decide la ofensiva cediendo a la presión de periodistas y políticos que quieren una victoria; el general Mireau solo anhela su medalla. Ahí radica la verdadera cobardía: mandar a miles de hombres a la muerte, exigiéndoles inmolarse en el altar de la patria, por miedo a la opinión pública o por una vana condecoración.

Llegar incluso a disparar contra las propias tropas para luego “dar ejemplo” de disciplina militar con unas ejecuciones arbitrarias. Absurda pero implacable lógica de la guerra y miseria humana.

Cuando Mireau es abandonado por el alto cargo al trascender su orden de disparar contras sus tropas, el general Broulard le ofrece el mando de general a Dax. Acostumbrado a trabajar con el maleable material de la vanidad ajena, Broulard calibra mal el carácter del coronel pensando –y verbalizando– que ese era su plan secreto.

El coronel rechaza el ascenso y, encendido de indignación, aprovecha para regurgitar: “¡Es usted un degenerado, un viejo sádico!”. Broulard escucha impasible y, tras esbozar una sonrisa paternalmente despreciativa, dice con calma: “Coronel Dax, me decepciona. Ha perdido su agudeza por culpa del sentimentalismo. Usted quería salvar a esos hombres, y no iba detrás del puesto de Mireau… es un idealista. ¡De veras que lo siento!”.

No hay conciliación posible entre los dos. Para el general, la lógica de la guerra lo justifica todo. El coronel es un idealista con sentimientos, cree en la humanidad aunque personas como Mireau o Broulard, le hagan avergonzarse de lo humano.

Pero la humanidad existe en el sentimiento, la ternura, el amor. La escena final así lo expresa. La tropa se encuentra en un salón de espectáculos. En el estrado aparece una bellísima jovencita alemana: Christiane Harlan. “Es el último trofeo de guerra” dice el presentador.

Solo sabe cantar, pero canta como un ruiseñor. La chica empieza a mover la boca y al principio no se la oye, pero pronto el griterío se resuelve en murmullo y el murmullo en silencio.

Entonces la voz cristalina de la joven llena la sala con “Der Treue Husar”, una canción de amor. Los franceses no entienden la letra, pero la música penetra en sus almas.

Han conectado en una dimensión que los saca de su miserable presente y los eleva a un mundo de solidaridad. La joven llora y ellos también. Han conectado porque todos sienten y son humanos más allá de patrias y naciones.

El coronel Dax escucha desde fuera esta comunión emocional. Comprende y también él se reconcilia. Todavía hay bondad en el corazón humano, está en sus hombres, en la mayoría de ellos. Puede sonreír, aunque esta sonrisa fi nal de Kirk Douglas está llena de tristeza.

Pasemos a la tercera película. En el filme de Peckinpah no hay bondades recuperadas, el heroísmo es apocalíptico y no nace del amor patriae sino del desprecio a una patria llena de canallas. Solo queda la lealtad entre compañeros del pelotón.

Esta es la verdadera patria del sargento Steiner (James Coburn). Sin embargo, la película empieza, de algún modo, como termina Senderos de Gloria. La escena es eficaz.

El sargento y sus hombres –una unidad del ejército alemán– bajan por la ladera de un bosque, ocultándose entre árboles. Acechan una posición rusa enemiga. Uno a uno caen los centinelas, estrangulados, apuñalados. El realismo es máximo.

Luego lanzan varias granadas y ametrallan a los supervivientes de las explosiones. Una carnicería. Se apropian de las armas más útiles cuando uno de ellos saca a un ruso vivo del interior del refugio. Es un niño. Lo plantan delante del sargento y ambos se miran.

El crío saca algo del bolsillo, resulta ser una armónica, la hace sonar mientras todos lo contemplan. La mirada azul y dura del sargento se abandona furtivamente a la ternura un instante, no más, porque la guerra no espera. Se llevan al crío con ellos.

Ese pequeño ruso es el equivalente de la joven alemana de Senderos de Gloria. En ambos casos el enemigo es incorporado a la patria por la pureza de la música. En ambos, esa humanidad cobra un aspecto angelical: una bella joven, tímida, inmaculada; y un niño, inocencia pura.

Ya sabemos cómo es Steiner, un soldado acostumbrado al horror de la guerra, eficaz, solvente, seguro. Pero le hemos visto mirar al crío con una mirada abierta a la comprensión, con inteligencia compasiva.

La escena siguiente es inestimable. Llega el capitán Stransky al puesto de mando alemán, un frágil refugio que resiente las vibraciones de las bombas. Stransky (Maximilian Shell) pertenece a la aristocracia prusiana, es un Junker, un dato clave para la psicología política de la película.

Entra en el refugio y se presenta al coronel Strauss (James Mason). La conversación es una sátira del heroísmo. Sentados, después de brindar por el fin de la guerra, pregunta Strauss: “Capitán, ¿por qué pidió que lo trasladaran aquí desde  Francia?”

La pregunta tiene todo el sentido porque el frente ruso es un infi erno, como lo muestra la cara del otro capitán sentado a la mesa, agotado y enfermo, el capitán Kiesel (David Warner).

“Quiero ganar la cruz de hierro”, responde Stransky, que acaba de peinarse el cabello en un lugar donde lo último en que uno  piensa es en peinarse. ¡La cruz de hierro! La máxima condecoración por el heroísmo en la batalla.

“Puedo darle una de las mías”, dice el coronel, hurgándose en el bolsillo. “No, no. Era una broma”, aclara después riendo y explica que su jefe en Francia también ironizó sobre su decisión: “Vaya, vaya y demuestre que es un héroe, idiota”, cuenta que le dijo.

Ya más serio, tras un nuevo brindis, esta vez por los héroes idiotas, el caballero prusiano solemniza la vulgata consabida de que la guerra se ganará subiendo la moral de las tropas, castigando a los insubordinados, recuperando el respeto por los oficiales.

Así lograrán vencer el mito de la invencibilidad rusa. Esa es la razón, viene a decir, por la que ha venido al frente oriental. El coronel, amablemente escéptico, lo saca de su ensoñación con un golpe de realismo: “La moral baja cuando se produce derrota tras derrota… usted es novato en el frente ruso. No le reprocho que hable como… un héroe idiota”. Y ríen los dos para tapar el sarcasmo, cada uno desde un lado del mismo.

El capitán Stransky ríe hasta que una nueva detonación lo hace estremecer. Es su tercer o cuarto sobresalto. Queda claro que el capitán prusiano no solo es un idiota.

Es también un cobarde que –como manda el código del honor aristocrático– quiere la Cruz de Hierro. Mucho ha cambiado la aristocracia alemana desde la Primera a la Segunda guerra mundial. En 1916 todavía se sentía la élite de un orden social que garantizaba su privilegio de clase. Era la clase dominante, con un ejército a su disposición.

En 1943, con el régimen nazi de por medio, las cosas son distintas. Mantiene sus privilegios pero ya no es clase dominante, pese a su riqueza y tierras. Es una aristocracia decadente y cobarde, con propensión al dominio y nostalgia de distinción y de “ideales alemanes”.

Pero no hay que engañarse: “el soldado alemán –explica el coronel Strauss– ya no tiene ideales. No lucha por la cultura de Occidente, ni por una forma de gobierno que quiera… ni por ese odioso partido. Lucha por… por sobrevivir. Y Dios lo bendiga”.

Pronto se presenta el sargento Steiner. Aún no ocurre el encuentro con Stransky, pero el contraste está prefigurado. A Steiner ya se le ha descrito como un magnífico soldado, un héroe que ha salvado la vida de compañeros, incluso se ha dicho que es un “mito”.

El contraste con Stransky es absoluto y se acentúa cuando se presentan. A la superioridad moral del sargento no se opone más que la superioridad jerárquica del capitán: “Soy el capitán Stransky, su nuevo jefe”, “A sus órdenes”, contesta Steiner.

Steiner es un hombre curtido que ha ganado el respeto y lealtad de sus hombres. No necesita condecoraciones: se muestra indiferente, para sorpresa de Stransky, cuando este lo asciende a sargento mayor.

La clave la da el propio Steiner: “generalmente –dice– un hombre es lo que se siente ser”. Steiner lucha por sobrevivir. No tiene ideales y perdió hace tiempo la ilusión de su propia importancia.

Solo tiene lealtades, instinto de supervivencia y un rincón del alma en el que esconde algunos sentimientos. Debido a estas cualidades protege al joven prisionero ruso y lo salva del “ideal del soldado alemán” que habría mandado ejecutarlo de inmediato, como quería Stransky.

Lo libera y la escena es maravillosa: lo saca del barracón y le dice crípticamente “todo es accidental, accidental por las manos, las mías, las otras, todas sin mente, de un extremo a otro, y ninguna funciona, ni funcionará jamás”.

En efecto, de mano en mano pasa un azar ciego que sitúa frente a frente a este sargento y a este crío ruso en tierra de nadie.  "¡Márchate!” le dice Steiner.

El crío se dispone a partir pero se vuelve y le dice en su única y última palabra, “¡Steiner!”, y le lanza su armónica. Por el azar que une y rompe vidas vuelve a surgir una conexión. Nuevamente la música es el nexo.

Steiner le devuelve una rápida sonrisa, liberadora también para sí mismo. Pero el azar continúa su trabajo y el crío, metros más allá, topa con un pelotón ruso.

Steiner ve cómo acribillan al niño, a quien toman por un alemán. Apenas tiene tiempo para reprimir un grito y correr hacia su base a ayudar a su batallón. La guerra no da tregua ni espera, y Steiner cae herido.

Cambio de escena: Steiner yace en un hospital atendido por una atractiva enfermera (Senta Berger) que le preguntará, cuando el sargento decide volver al frente antes de tiempo, “¿tanto amas la guerra?... ¿es eso lo que te pasa?... ¿o tienes miedo a lo que serías sin ella?”. La enfermera ha dado en el clavo, Steiner no tiene casa a la que volver, ni trabajo, es un obrero al que le espera el paro. Su vida pasada terminó con la guerra.

Y ahora, sin la guerra no es nadie; su familia son sus hombres. Ni la hermosa enfermera lo retiene. Steiner es un soldado, eso sí, sin ideales alemanes. Sin ideales.

El reencuentro con sus hombres es elocuente. Todos han vuelto a nacer allí, su pasado no importa. Se deben los unos a los otros la vida. Están unidos, en realidad, por la muerte. Y el lazo es férreo, democrático, sin jerarquías: las balas del enemigo no entienden de medallas ni de méritos. Pero el compañero puede salvarte.

El vínculo es tan fuerte que no importan la suciedad ni los piojos, las ratas o la hediondez.(3) Y pese a todo, como queda patente, Steiner odia el uniforme que lleva y todo lo que representa, odia la guerra y a toda la ofi cialidad. Lo cortés no quita lo valiente.

Mientras tanto, Stransky ha preparado su gran mentira y convence al regimiento de que él mismo dirigió el contraataque que repelió a los rusos, lo que le hace acreedor a la cruz de hierro.

En realidad, como se ha visto, no salió de su refugio, paralizado de miedo. Fue el teniente Meyer (Igor Gallo), muerto en batalla, quien dirigió las tropas.

El capitán pretende robarle su mérito. Llama a Steiner y le explica que necesita dos testigos de su hazaña y que ya tiene la declaración fi rmada del teniente Triebig (al que chantajea tras descubrir su homosexualidad). Solo necesita otra y quiere la suya.

“¿Por qué la desea tan ardientemente?” le pregunta Steiner mientras coge su propia Cruz de Hierro. “No es más que un trozo de metal sin valor, mire”. “Para mí es inapreciable… Sargento, si yo volviera sin ella no podría mirar a la cara a mi familia”.

Nuevamente el código del honor aristocrático. El que animaba al Barón Rojo a arriesgar su vida en obediencia a un deber para con el emperador y su patria. Ahora solo queda la nostalgia de ese honor, al que se aferra este cobarde. “Personalmente, señor, yo no creo que se la merezca”, dice Steiner, y levanta la botella del Mosela del 36, de la que bebe directamente y le saca un último trago, satisfecho de su franqueza.

El sargento se ha ganado la Cruz de Hierro y la desprecia como un vano trozo de metal. El capitán la necesita, no importa cómo la consiga,  porque su clase, su pertenencia a la aristocracia, exige esa distinción. Nadie preguntará cómo la consiguió. Porque la aristocracia prusiana da por supuesto su propio mérito y privilegio.

“No debe olvidar -explica el capitán- que, tanto en la vida civil como en la militar, se establecen diferencias entre las personas… la diferencia es cuestión de superioridad…, superioridad ética e intelectual, originada –le guste o no– por la diferencia de sangre y clase”. Aquí lo interrumpe el sargento: “si no recuerdo mal, Kant fue hijo de un talabartero, y el padre de Schubert era un pobre maestro de escuela. Quizá el talento, la sensibilidad y el carácter no sean ya privilegio de las llamadas clases superiores”. Entonces, seguro de sí, replica el capitán: “Kant y Schubert eran excepciones. Estamos hablando de conceptos generales, no de individuos”.

A continuación sigue la conversación entre el sargento Steiner y el capitán Stransky:

—¿Es que yo soy de estos? —pregunta el sargento con intención— ¡Y usted también! ¿No dijo el Führer que todas las distinciones de clase
serían abolidas?.
—¡Yo soy un ofi cial de la Wehrmacht —contesta digno el capitán— jamás he sido miembro del partido. Soy un aristócrata prusiano y no quiero que se me asimile a esa repugnante categoría!
—Por una vez estamos de acuerdo. Pero sigue siendo nuestro Führer… desgraciadamente.

Interesante diálogo entre clases. Una sociedad, al menos en su versión democrática, tendría un nervio moral interesante: sería un espacio en el que el talento, la sensibilidad y el carácter de cada cual pudieran abrirse camino por sus propios méritos.

Una sociedad democrática de individuos igualmente libres, sin privilegios estamentales, puede y debe ser meritocrática. Por eso triunfa la posición plebeya del sargento cuando pone la verdad sobre la mesa: el prusiano no se merece la Cruz de Hierro.

Por si quedaran dudas al respecto, después de una investigación el coronel Strauss aclara las categorías morales: “En mi opinión –dice– no hay nada más despreciable que robar los laureles a un hombre muerto en acción de guerra”. Ahí radica la “superioridad” del capitán: en la usurpación. Toda una metáfora de su propia condición social. ¿Acaso detrás de las aristocracias no hay también una historia de usurpación de tierras y de medios de vida a la clase campesina?

Pero no tenrmina aquí el asunto. A la usurpación, Stransky une la bajeza y traición. A sabiendas de que Steiner se interpone entre él y su Cruz de Hierro, decide contravenir la orden del coronel y aislarlo en la retaguardia. Contra todo pronóstico, Steiner y sus hombres logran escapar.

Entremedias hay acciones bélicas impresionantes, muy a lo Peckinpah: la guerra en estado puro. Aquí le pregunta a Steiner uno de sus hombres si cree en Dios, a lo que él responde “Yo creo que a veces Dios es cruel, aunque tal vez ni siquiera lo sabe”.

La guerra es una de esas crueldades, quizá inconscientes, de Dios. Aunque al fi nal, de algún modo, se hace justicia, justicia divina, apocalíptica.  Steiner llega con sus hombres, pero Stransky y el teniente Triebig los esperan para ametrallarlos. Steiner, pese a todo, sobrevive. Se encara con Triebig, lo apunta.

“¡Órdenes de Stransky –grita el miserable bribón–, yo no tuve la culpa!”. Steiner no se apiada esta vez y acribilla al traidor. Avanzan los rusos y Steiner acude a saldar su última deuda.

Está a punto de marcharse Stransky cuando el sargento aparece en el cuarto. Le explica que Triebig ha muerto, que le salió mal el plan y ante la última mentira del capitán (“hace tiempo que Triebig no está bajo mi mando”), Steiner ya no se muerde la lengua: “Aristócratas  prusianos: ¡valiente montón de mierda!”.

Irónico, le pregunta: “¿Se marcha sin su Cruz de Hierro? Es solo cuestión de tiempo”. Le entrega un arma y termina diciéndole: “Yo le enseñaré dónde crecen las cruces de hierro”. Y salen a donde no hay ya supervivencia posible.

Entre el ruido de detonaciones, con imágenes de soldados cayendo, vuelve a sonar –como al inicio de la película– la música de la “Hänschen Klein”, la conocida canción infantil alemana que cuenta la vuelta del pequeño Hans a casa.

El horror de la guerra y la inocencia infantil nuevamente en un mismo plano: ¿será porque en la guerra mueren sobre todo los inocentes? Mientras suena la cancioncita, Steiner ríe a carcajadas: no es la sonrisa triste y esperanzada de Kirk Douglas al fi nal de Senderos de Gloria. Ríe porque el petimetre que ansiaba la Cruz de Hierro, el aristócrata prusiano, ni siquiera sabe cargar su metralleta. Un detalle más de la ironía grotesca de la guerra.

Citas
  1. Es el Schleissheim Palace de Baviera, en donde se filma casi toda la película.
  2. Las quejas de excombatientes franceses llevaron al propio gobierno a ejercer presión diplomática sobre la United Artists, distribuidora de la película en Europa, para que no se proyectara en Francia. Su estreno en el país galo no se produjo hasta 1975; en España tuvo que esperar hasta 1986.
  3. La idea de la transformación radical del individuo a través de la guerra, su resocialización en una nueva forma de solidaridad entre compañeros de refugio y trinchera, está muy clara y bellamente expuesta en el clásico antibelicista de Lewis Stone, Sin novedad en el frente (1930).

 


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