1999: fin de siglo (de saldos y deudas)

Una fecha particular puede ser la mejor referencia de cambio(s) en algo o alguien

Por: Eduardo Villarreal Cantú

Por alguna razón es frecuente fechar las cosas. Es muy común asociar un evento o una serie de ellos a un día, mes o año. Las fechas no son sólo indicativos de lugar y tiempo, sino referentes de cosas que recordamos. La Historia se vale de fechas, poniéndolas en un lugar (casi) tan importante como los sucesos que en ellas se suscitan.

Sesenta y ocho, por ejemplo, no es número más. Su pronunciación equivale a una serie de hechos puntuales, así como una infinita cantidad de interpretaciones y explicaciones sobre lo que ahí sucedió. Lo mismo para 1789, 1776, 1910, etcétera. La Historia y las historias se guardan en cajas foliadas.

 Pero las fechas no sólo rememoran hechos, sino que sirven también para establecer “cortes de caja” que delimitan un antes y un después. Una fecha particular puede ser la mejor referencia de cambio(s) en algo o alguien.

Al año de 1999 se le atribuyó esa mágica propiedad de hito, una especie de frontera que delimitaba dos mundos, donde la llegada del nuevo siglo permitiría positivas reconfiguraciones que el saldo de cien años anteriores había dejado.

Con especial énfasis en la segunda mitad del siglo anterior, uno puede encontrar llamados al año 2000 como claras referencias de que, una vez cruzado éste, ciertas cosas no serían ya lo mismo, pues el avance tecnológico –sobre todo–llevaría a cosas como, por ejemplo, automóviles sin ruedas avanzando suspendidamente a centímetros del suelo.

En los años ochenta, concretamente, abundaron las imágenes, los videos, las referencias y los sueños hacia sociedades prácticamente robotizadas, donde todo eran metales sofisticados que facilitaban la existencia. Pero esa sociedad “del futuro”, si bien se acercó en ciertas cosas a lo soñado, no contuvo algunos de los daños que en la vigésima centuria se potenciaron y requieren mucho más que una fecha esperanzadora, como lo fue el año 2000, para modificarse en serio.

Sobre el fin de siglo pasado recaían esperanzas de cambio (conscientes o imaginarias) para muchas cosas, dos de las cuales, lamentablemente, no llegaron a cristalizar a pesar de ser impostergables.

Pobreza

El siglo XX tuvo una perversa capacidad para (re) producir hambre y penurias. Proporcionalmente, la pobreza se quintuplicó en “sólo” cien años (números conservadores). La velocidad del problema contrasta con los remedios, más bien insuficientes e incrementales, para revertirlos.

Lo grave del asunto es que cada vez son más los factores que producen pobreza, haciendo más compleja su salida. Y nos hemos familiarizado ya con el problema que, además de la insensibilidad que eso trae, parece condición insuperable sobre la cual estamos condenados a convivir.

En varias ocasiones se dejó entrever –retóricamente– que los gobiernos lograrían medidas para superarla (el consenso de Washington, por ejemplo), pero los resultados hacen evidente que no sólo no se logró, sino que ni siquiera se pudo revertir la tendencia. El siglo XXI se imaginaba, desde los discursos, con desigualdades, pero sin pobreza.

Medio ambiente

Si bien el avance de la tecnología es un signo característico de la anterior centuria, hay una fuerte relación entre este avance y el daño provocado al medio ambiente que nos rodea. 

Tanto el capitalismo como el socialismo se basaron en una interpretación del planeta como fuente inagotable de recursos, que muy pronto mostró sus límites.

La vorágine del crecimiento llevaba implícita la necesidad de consumir recursos exponencialmente. Mostrar poderío y supremacía significaba ganar la batalla ideológica, a costa de la meteorológica.

Hoy ahuecamos los suelos y llenamos los cielos de contaminantes para nuestro “bienestar”. Imposible una mayor contradicción.

Nos ha ganado el aquí y el ahora, y ya se ha dicho hasta el hartazgo: al ritmo de depredación actual, cada vez serán más fuertes y frecuentes los conflictos sociales (incluido los bélicos) por los recursos naturales más básicos (aire, agua, tierra, petróleo).

¿Por qué creer que esto, que sin duda marcó al siglo XX, cambiaría con el inicio de un nuevo siglo? ¿Acaso había evidencia o una tendencia de hechos para poder creerlo? Iniciamos otro siglo y, además de arrastrar los viejos problemas, aparecen otros.

La lista de las nuevas preocupaciones es amplia, pero la idea es concreta: no hemos sido capaces de mejorar (“solucionar” es un verbo inalcanzable) en varios pilares fundamentales de la convivencia social. El sueño de que así fuera para después de 1999 era eso: representaciones fantasiosas.

La apuesta de mejora que una fecha puede contener es sólo una esperanza que nos inventamos para creer que algo es posible, más allá de su real factibilidad. De alguna manera, todos nos movemos así,con horizontes temporales que algo tendrán de diferente: “el otro año iniciaré X”, “la siguiente semana comienzo Y”; frases acaso mágicas que pronostican cambio significativo de rutinas.

Pero hay de fugas a fugas. Las premeditadas “fugas hacia delante” que uno hace para sí no tienen ninguna repercusión social. Hay quien las cumple, hay quien las intenta y hay quien sólo las menciona. Pero usar las fugas/esperanzas para evitar cambios sociales de fondo sí que nos jode.

Y cada elección de gobernantes lo hemos venido repitiendo: el candidato promete y los electores creemos. Seguimos el juego tonto que pone fechas “parteaguas”: si gana el amarillo, las cosas mejorarán; si ganan los azules, ya la hicimos. ¿Qué hacemos para que las fechas sean cambios?

En las democracias latinoamericanas se han desgastado mucho y muy pronto los plazos de esperanza. En nuestro país, por ejemplo, pasó sin calar hondo el mentado “bono democrático”.

La oportunidad de transformación social que a través de la Política (así, con mayúscula) podía lograrse, se esfumó en un gatopardismo al final regresivo. Hoy vuelven a ser mayoría los mismos que estuvieron ahí, por decenios, el siglo anterior.

No sé hasta dónde fuimos ilusos como sociedad, de las mudanzas que el año 2000 representaba. Llegó éste y, además de tener deudas sociales muy importantes, volvimos a corroborar que los cambios requieren, primero, hechos y acciones, y luego vienen las fechas en las que podemos recordarlos.

Hubo quien, ante la decepción de los sueños alguna vez imaginados para 1999, apostó al 2009 como “la” fecha, ahora sí, efectiva. Pero los resultados político-electorales señalan exactamente lo contrario. No esperemos al 2999 como otra nueva cita redentora.

Logremos hoy algo concreto sobre los temas cruciales, cambiando las fechas de futuro como el punto de llegada, más que como el inicio de algo mágicamente nuevo. Eso sí que abonaría para que el saldo del próximo fin de siglo tenga mejor cara.


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