1989: revoluciones en Centroamérica. Sobre la falaz pretensión de aprender de la historia

En Centroamérica los ochenta resultaron un decenio perdido, pero también fue un lapso de historia, apocalíptica y epifánica

Por: Ángel Sermeño Quezada

El decenio de los ochenta es conocido, desde la traza de la economía, como la década pérdida (nulo crecimiento) de América Latina.

Para la región centroamericana, empero, se trató de algo más que depresivas cifras económicas; hablamos de la sucesión de proyectos revolucionarios y contrarrevolucionarios que, en ese momento, marcaron el pulso de la condición humana.

Es decir, en Centroamérica los ochenta resultaron un decenio perdido, pero también fue un lapso de historia, apocalíptica y epifánica, en donde se vivió el horror, el terror, una sanguinaria y despiadada represión y la anarquía social más deshumanizante que puede provocar una paradójica y perversa mezcla de colapso institucional, fanatismo ideológico tanto de izquierda como de derecha, miopía política de élites ignorantes, amén de una secular condición de exclusión y pobreza social, junto a una desesperada sed de liberación enarbolada por los condenados de la tierra.

Bajo la anterior atmósfera, el clímax de la guerra fría y el ascenso del neoliberalismo, ambos condensados en la simbólica figura de Ronald Reagan, son únicamente tanto el barniz como el escenario de sentido para el observador externo de lo que fue la herencia del decenio de los ochenta para el mundo.

Voy a enumerar unas rápidas viñetasque pretenden encapsular los acontecimientos más significativos de este período, que volvió tristemente célebre a Centroamérica. Inicio con el epílogo: el 20 de diciembre de 1989 cuando dio inicio la desproporcionada y brevísima invasión estadounidense a Panamá; la –como todas– eufemísticamente denominada Operatión Just Cause, que movilizó a veintiseis mil soldados imperiales e implicó el despliegue de los novísimos, en su momento, aviones furtivos (antirradar) F-117 Nighthawk.

Por cierto, ¿quién se acuerda de esos negros y feos aviones de plástico? El resultado de la operación: tres mil víctimas fatales, esencialmente civiles indefensos, como suele ser la norma, el popular y populoso barrio de El Chorrillo borrado de la faz de la tierra, y un tiranozuelo insubordinado y buly, el general Manuel Antonio Noriega, ejemplarmente disciplinado, al punto que aún hoy goza de la hospitalidad de una prisión de mediana seguridad en Florida.

Viajo ahora al principio: 19 de julio de 1979. Triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua. Icono de los anhelos de justicia social para América Latina. Una suerte de “sí se puede” para el ortodoxo,y aún no descafeinado por la modernidad líquida(socialdemocracias y terceras vías), imaginario comunistay socialista del momento.

Hoy sabemosque fue la férrea determinación de un actor de segunda,y peor presidente, Ronald Reagan, aunqueeso sí, “gran comunicador” –como nuestro epígonocorrupto, Vicente Fox–, lo que paró en seco ya cualquier costo el avance del comunismo en subackyard.

Como recordaremos, la fanática determinación de Reagan militarizó la región. Arrastró a Honduras y a la aristocrática y democrática Costa Rica –valga la conjunción de los contrastantes adjetivos– a convertirse en sendas bases ilegales de apertrechamiento y adiestramiento del ejército irregular contrainsurgente llamado efectivamente “los contras”.

De esta suerte, de 1981 a 1990, la administración estadounidense impuso un bloqueo económico a Nicaragua, y plantó minas en los puertos marítimos nicaragüenses, razón por la cual recibió una condena de la Corte Internacional de Justicia (27 de junio de 1986), que Washington impune y cínicamente desacató, y no sólo ello, acentuó su descrédito internacional con la revelación del famoso escándalo “Irangate” (venta de armas a Irán para financiar a “los contras”), que desobedecía la orden de su propio Congreso (vigente desde 1985) de no continuar con la agresión militar de los paramilitares al régimen sandinista.

De nuevo, ¿quién recuerda ahora a los malévolos y mediocres Oliver North y Eliot Abraham? Como corolario, no es ocioso reafirmar que el acoso a los sandinistas costó a Nicaragua diecisiete mil millones de dólares en pérdidas materiales, y treinta y ocho mil muertos.

Llego ahora al acto intermedio de esta tragedia sociohistórica: Guatemala y El Salvador. Primero, Guatemala, y menciono una sola cifra escalofriante a más no poder: seiscientas sesenta y nueve masacres imputables al ejército guatemalteco a lo largo del decenio maquilladas bajo la retórica contrainsurgente, pero que constituyó un auténtico genocidio de su mayoritaria población indígena. Se estima que tales masacres ocasionaron doscientas mil víctimas humildes, anónimas y atrozmente olvidables.

Finalmente, unas también breves palabras de la guerra civil salvadoreña (1980-1992). Prototipo de las Small Wars, o guerras de baja intensidad, bautizadas así por los teóricos de la escuela de Harvard, la guerra civil salvadoreña, producto de una mezcla de cerril autoritarismo, impericia política y condiciones de exclusión y pobreza, exigió la inmolación del 2 por ciento de la población salvadoreña (75 mil muertos y desaparecidos).

En cambio, a Estados Unidos, que sostuvo logística y financieramente al ejército salvadoreño, le demandó simplemente la friolera de cuatro mil millones de dólares.

Cierro con un dato anecdótico. El 8 de noviembre de 1989 caía el muro de Berlín (y, en opinión de Hobsbawn, llegaba a su fin el corto siglo XX), mientras la coalición de fuerzas insurgentes salvadoreñas (FMLN) lanzaba el 11 de noviembre una fuga hacia adelante que adoptó la figura de una cruenta ofensiva militar, misma que sólo pudo ser detenida con un nuevo recurso a la barbarie y terror por parte del ejército salvadoreño.

¿Qué quedó de todo esto? En mi opinión muy poco, casi nada. Sólo las víctimas y quizá tal vez gestos, pequeñísimas lecciones que siempre podremos preferir olvidar o ignorar. En efecto, después de Centroamérica y los ochenta, los escenarios de las ordalías sacrificiales continuaron saltando de un rincón del planeta a otro.

La estafeta del verdugo pasó de unas manos a otras, al tiempo que las cifras que revelan los costos en vidas humanas de estas fiebres experimentales se incrementaron exponencialmente.

Ahí están, para ilustrar mi punto de forma muy gruesa pero contundente, las fraternas matanzas entre las etnias de las repúblicas que conformaban la federación yugoslava, luego Kosovo, luego Somalia, luego Ruanda (con su quizá, hasta el momento, insuperable genocidio de un millón de víctimas en tan sólo dos meses), luego Georgia, etcétera, y hoy Palestina e Irak.

Entre tanto, las ideologías políticas se desdibujan; dejan de ser referentes orientadores para la acción. Tal vez ese sea el rasgo distintivo de los ochenta que más echemos de menos. El que capta su espíritu.

El ser una época en que aún creíamos en los metarrelatos y en la teologías políticas. Al menos sí nos autoetiquetábamos de izquierdas, pues eran ellas las que especialmente nos prometían la redención y la liberación.

Hoy, abrumados por el peso y la ambigüedad de las modernidades “líquidas”, “inconclusas”, del “riesgo” o “radicalizadas”, parece claro que resulta muy difícil encontrar un horizonte de sentido normativo al cual asirnos para que la repartición de los despojos de los vencidos por parte de los vencedores no nos hunda en el cinismo, el desencanto y la impotencia 


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