1979: The Wall, o el ocaso de los tiranos

Si al final de la larga noche queremos derribar todos los ladrillos de la pared, hay que empezar por derruir nuestros propios ladrillos mentales

Por: Sergio Ortiz Leroux

Hay una raza vil de hombres tenaces

De sí propios inflados, y hechos todos,
Todos del pelo al pie, de garra y diente;
Y hay otros, como flor, que al viento exhalan
En el amor del hombre su perfume.
Como en el bosque hay tórtolas y fieras
Y plantas insectívoras y pura
Sensitiva y clavel en los jardines.
De alma de hombres de unos se alimentan:
Los otros su alma dan a que se nutran
Y perfumen su diente los glotones,
Tal como el hierro frío en las entrañas
De la virgen que mata se calienta.

“BANQUETE DE TIRANOS”, JOSÉ MARTÍ.

No es casual que en el año de 1979 el legendario grupo inglés Pink Floyd sorprendiera al mundo con el álbum doble, The Wall. Mezcla de catarsis personal, metáfora del totalitarismo y crítica radical de la sociedad hiperindustrial vestida de Dama de Hierro, La pared –en clave nahuatlaca– refleja no solamente otro momento brillantísimo de ese par de lunáticos-genialesnarcisistas, rejijosdesuputísimamadre, llamados Roger Waters y David Gilmour (sin olvidar, but of course, al maestro de los teclados y las atmósferas pachecas: el ahora difunto y poco reconocido Rick Wright), sino también condensa el espíritu de una época en la cual los tiranos ya no tienen lugar en el banquete de la historia.

Mil novecientos setenta y nueve, que marca el principio del siglo XV de la Hégira, del calendario islámico, fue también el año del ocaso de los glotones sádicos, perversos e insaciables.

Sin querer queriendo, como diría ese embajador involuntario llamado “El Chavo”, los Floyd lograron descifrar, con la bella imagen sonora de los archiconocidos ladrillos en la pared (“I don’t need no arms around me/ And I don’t need no drugs to calm me/ I have seen the writing on the wall/ Don’t think I need anything at all/ No, don’t think I need anything at all/ All in all it was all just bricks in the wall/ All in all you were all bricks in the wall”.Another Brick in the Wall, Part III), que la obediencia absoluta a la figura todopoderosa del Caudillo-Líder-Rey-Mesías descansa no solamente en los recursos de fuerza, control y dominación de los que, evidentemente, disponen estos siniestros personajes, sino también en el encantamiento que produce el sólo nombre de uno en millones de hombres y mujeres.

De ahí que, si al final de la larga noche queremos derribar todos los ladrillos de la pared, hay que empezar por derruir nuestros propios ladrillos mentales (“Tear down the wall!/ Tear down the wall!/ Tear down the wall!”, The Trial). No hay tirano que resista, proclama Etienne de la Boétie en el ya clásico Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra uno, el deseo de libertad y autonomía de un pueblo.

El catálogo de los tiranos que caminaron desnudos en el último de los setenta numerales es amplio y diverso. Las razones por las cuales cayeron los dictadores sanguinarios fueron en cada caso distintas, pero la coincidencia temporal no es más que una de esas ironías que habitualmente nos juega la historia.

El primer episodio ocurrió en el Medio Oriente. Mohammad Reza Pahlevi, Sha de Irán de 1941 a 1979, abandonó el país en enero y, tras el regreso del ayatolá Jomeini, el régimen del Sha fue derribado y destituido en febrero por la República Islámica.

La revolución iraní había triunfado. Con la ayuda militar de los Estados Unidos, y apoyándose en una poderosa policía política (la Organización de Seguridad e Información de Irán, SAVAK), el Sha de Irán había encabezado un longevo gobierno que reprimió a los opositores, disolvió los partidos políticos y decretó la formación de un único partido: Resurgimiento de Irán.

Reza Pahlevi buscaba la urgente modernización de su país, al tiempo que saciaba su inagotable instinto de rapiña. El segundo capítulo ocurrió en el Continente Negro.

El pintoresco Idi Amín Dadá, sangriento dictador constitucional de Uganda, ex boxeador e impúdico payaso, fue derrocado en abril de 1979 tras una guerra cruel llevada a cabo por el Frente Nacional de Liberación de Uganda (FNLU) y sus aliados de Tanzania. Desde el lejano enero de 1971, el general Idi Amín (magistralmente caracterizado por el actor Forest Whitaker, en el filme El último Rey de Escocia) había derrocado al gobierno constitucional del presidente Milton Obote mediante un golpe de Estado, apoyado inicialmente por Israel y posteriormente por Inglaterra, y había asumido de facto la jefatura de Estado de Uganda. Con el apoyo del ejército, Amín Dadá estableció un régimen de terror y una política genocida que llevó a la muerte a más de trescientos mil ugandeses, principalmente de las etnias lango y acholis.

Se hizo famoso en el mundo, entre otras cosas, por sus excentricidades (tuvo, al menos, cinco esposas reconocidas, aunque la cantidad real de mujeres siempre fue silenciada por los organismos oficiales ugandeses) y su crueldad. El tercer episodio de estas historias de infamia tuvo como escenario América Latina.

En julio de 1979, el general Anastasio Somoza Debayle, jefe de la Guardia Nacional y presidente de la República de Nicaragua, fue derrocado del poder y huyó del país tras una victoriosa revolución popular encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

Tachito, como se le conocía familiarmente al sanguinario dictador, era el último de los integrantes de una dinastía que había gobernado dictatorialmente a Nicaragua, con el consentimiento y apoyo de los Estados Unidos, desde el año de 1937.

La familia Somoza se distinguía no solamente por haber asesinado a sus opositores (el patriota Augusto Sandino, el más importante de ellos) sino, sobre todo, por haber amasado desde el poder una considerable fortuna: más del 50 por ciento de las tierras cultivables del país.

Pero 1979 no debe ser recordado exclusivamente como el año de los tiranos destronados. Flacofavor haríamos a la memoria del final de undecenio marcado por acontecimientos variopintossi nos concentráramos en los déspotas.

Otros personajes, más entrañables, más sentidosy cercanos y, por supuesto, menos siniestros,pasaron este año al mundo desconocidode los muertos.

Entre los más importantes destacan:Charles Mingus, figura emblemática deljazz, que muere a los 56 años de edad; John Simon Ritchie, Sid Vicius, célebre vocalista dela banda punketa Sex Pistols, quien fallece bajo los efectos de una sobredosis de heroína; Herbert Marcuse, autor del multicitado libro El hombre unidimensional, que fenece a los 81años de edad; Nikos Poulantzas, renovadorde la teoría marxista, quien se quita la vida alos 43 años; y Don Pedro Domecq y Rivero, marqués de la honorable familia Domecq, quemuere a los 86 años de edad.

Gracias, querido marqués, por dotarnos de ese magistral elixir  plebeyo que alimentó el espíritu de tantos y tantos rufianes, chichados y malandrines. Su contribución a las mejores causas de la humanidad será recordada por los siglos de los siglos (amén). 

Citas
  1. “No necesito brazos que me rodeen/ No necesito drogas para calmarme, / He visto lo que hay escrito en el muro/ No penséis que necesito nada/ No, no creas que voy a necesitar nada en absoluto/ Después de todo, no era todo más que ladrillos en el muro/ Después de todo, todos vosotros no erais más que ladrillos en el muro” (Otro ladrillo en el muro, parte III).

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