1969: Tristana y las otras

¿Qué sentido tendría filmar en 1969 una novela escrita poco menos de un siglo antes (1892)?

Por: Patricio Rubio Ortiz

Estuve muy contento con la invitación de Víctor Martínez para colaborar en este número. También cuando sugirió la posibilidad de escribir sobre algún filme de Buñuel, pero mi alegría vino a menos cuando acordamos que el texto trataría de Tristana. La razón es muy sencilla: no me gusta.

Si bien no compite con las películas de luchadores por el primer lugar de la peor película de la historia, está lejos de alcanzar el brillo de otras obras de Buñuel. Aclaro esto porque apenas voy a escribir de la película –además, quién es uno para andar hablando de cine–, y más bien me concentro en un par de ideas que surgieron al verla.

Lo primero que llama la atención es que Buñuel regresa a Benito Pérez Galdós, y hasta ese momento uno alberga esperanzas (antes, Nazarín) para rehacerlo. De otra manera, ¿qué sentido tendría filmar en 1969 una novela escrita poco menos de un siglo antes (1892)?

Ya entonces claramente se trataba de mundos distintos. Incluso en España, a pesar de la lujuria antimoderna del franquismo, tenían lugar claros fenómenos modernizadores en la sociedad.

La Tristana de Luis buñuel es distinta a la de Galdós. La del último está cercada por las normas y armaduras sociales. Tiene un horizonte corto y previsible. La de Buñuel también es fustigada por numerosas adversidades, pero muestra una transformación radical: ella decide.

A pesar de la fragilidad de su situación en el mundo, es capaz de tomar decisiones sustantivas. En la película, Tristana no parece ser seducida, sino que consiente la relación con Don Lope, su protector-victimario-víctima. Al final, deliberadamente contribuye a su deceso. Se constituye en último tribunal y es juez de vida y muerte sobre el otro.

No veo en Buñuel un feminista radical ni mucho menos. Alguien con sentido común y aptitud para percibir la injusticia donde quiera que se alojara, sí. Un olfato privilegiado para percatarse de lo podrido, ahí donde otros se solazan con los olores de jazmines inexistentes.

Y no era para algo menos. Incluso hoy, a pesar de la longevidad de la asimetría en las relaciones entre hombres y mujeres, así como de la resistencia a ella, el páramo sigue siendo desolador. Han existido importantes esfuerzos y avances, ni duda cabe. Bien y bueno.

Sin embargo, cuando uno se aproxima a los datos con relación al acceso a la educación, al empleo, a salarios justos, a la vida sin violencia, etcétera, sólo pueden sentirse satisfechos quienes son sujetos de un certificado de insanía y los que hacen y pronuncian los informes de gobierno.

Un fracaso civilizatorio. Aprecio mucho que haya mayor visibilidad sobre estos temas que en el pasado. A veces. Pero al paso que vamos en los resultados, creo que antes que lograr condiciones justas de vida para las mujeres, la selección de fútbol va a ganar un mundial (según cálculos optimistas, en el 3070).

¿Por qué nos demoramos tanto? Si bien los mexicanos tenemos la costumbre de llegar tarde a todos lados, ¿por qué insistimos todavía hoy en violentar a nuestras madres, compañeras e hijas de forma tan ciega y brutal?

Las mujeres que se hacen cargo económicamente de los hogares; las que obtienen títulos universitarios; las que deciden no contraer matrimonio y construir su vida sentimental y sexual de otro modo; las que en edad reproductiva utilizan métodos de anticoncepción, son muchas más que las que pensamos hace unos cuantos decenios.

Es difícil negar las evidencias que en este sentido nos muestran los datos de la realidad. Hay claros efectos del proceso de modernización en nuestro país, pero temo que hay un vacío importante en la narrativa y en las acciones de los gobiernos para impulsar relaciones sociales más razonables para todos.

Una historia. Decenios después de la revolución francesa, el sitio social destinado a las mujeres tenía que ver con la reproducción de la vida en el hogar y también con el rol de formadoras de los patriotas del mañana. Soberanas del ámbito privado. Sin voz en el proceso público.

Ranciére refiere que Jeanne Deroin decidió romper con esa situación y se postuló a elecciones –la primera, tal vez– a pesar de no contar con la aprobación legal para hacerlo.

Más allá del resultado electoral, el ejemplo ilustra la capacidad de las personas para no aceptar los roles que otros les asignan; la voluntad para escapar a un siempre interesado hábito clasificatorio, que insiste en decirnos qué es lo que tenemos que hacer y cuál es la manera en la que debemos comportarnos.

En la conducta de Tristana hacia sus compañeros de juego, su amante, lo mismo que frente a Don Lope, es posible percibir acciones que trastocan las expectativas sobre su comportamiento.

Claro, al final, los arquetipos y las cuadrículas que nos construimos y que los otros construyen para nosotros, no dan cuenta de nuestra complejidad ni por asomo. La afirmación de la genuina individualidad y el reconocimiento de nuestro ser problemático descubren la mascarada. Eso comparten Deroin y Tristana.

Regreso a mi argumento. No veo claridad en la manera en la que el gobierno federal y la mayoría de los estatales conciben la relación con las mujeres del país.

Llevamos nueve años de administraciones de Acción Nacional en el ámbito federal, y no advierto una diferencia sustantiva en el diagnóstico y en el tratamiento de los problemas particulares de las mujeres mexicanas, que son los de todos.

En qué momento nos concentramos en los votos y dejamos de lado los derechos de los ciudadanos. Nuestra idea de cambio político se concentró abrumadoramente en construir partidos obscenamente consentidos, mientras que otros temas se fueron dejando de lado y hoy no estamos mejor que hace nueve años.

Se me dirá con tono doctoral, “eso no es culpa del diseño sino de las personas encargadas de hacerlo funcionar”. Está bien, me rindo antes de dar batalla.

Pero mi punto es que en términos de la ocupación del espacio público y de los recursos públicos tenemos una confiscación por parte de los políticos tradicionales (que han demostrado ser los únicos que tenemos), que en los hechos ha alejado las soluciones de las personas comunes y corrientes. Eso suspende la velocidad con que la modernización transforma el ánimo y el espíritu de las sociedades.

Está claro: también hay modernizaciones conservadoras. Pero la nuestra no tiene por qué ser de esa manera. Así como hay un inocultable peso cultural sobre las mujeres de Pérez Galdós, que las oprime y las sojuzga, también podemos encontrar una profunda desatención y una vasta irresponsabilidad, (aunque admito, decir que los políticos mexicanos son irresponsables es pleonasmo) no sólo de éstos, sino de buena parte de la sociedad que cotidianamente mira hacia otro lado, como si la solución sólo tuviera que venir de palacio; como si las sociedades no fueran cada vez menos libres en la medida en la que interrumpen sus esfuerzos emancipatorios; como si no fuera dramático que los dolores de Tristana no se alojen en un museo de arqueología y, en lugar de ello, un siglo después observemos que el costumbrismo goza de cabal salud entre nosotros.


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