1959: La tregua y otros paréntesis

La democracia realmente existente-insistente lo confirma. Primero, se lamentaba su ausencia; luego, se alertó sobre sus “excesos”; más tarde, se la desposó con el mercado, y ahora, se discute su diversidad

Por: José Luis Exeni Rodríguez

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, advirtió Augusto Monterroso en 1959. Medio siglo después, más solitario pero igual de torpe y arrogante, el dinosaurio aún está allí. Y el dinosaurio no es Dios. Ni el Leviatán.

Tampoco la calle con/sin árboles. No es una oficina o un partido político. El dinosaurio, señoras y señores de este milenio con folios, es el viejo-renovado golpe de Estado.

¿Pero acaso no estaba enterrado – ¡ah, feo dinosaurio!– en el cementerio de las osamentas de la transición? ¿Se trató entonces de un veranillo, digamos una ficción, sólo un paréntesis? Cuando el pasado domingo 28 de junio de 2009 despertamos (todos somos Honduras), el dinosaurio todavía estaba allí…

 “Veinte años no es nada”, asegura el tango con fiebre por volver. ¿Y cincuenta años? Eso depende. En el intenso/corto siglo XX –veamos nuestra indo-América-latina como vital testimonio– cinco decenios pueden hacer la diferencia; más aún tratándose del régimen político, en sociedades y Estados que buscan transformarse en medio de tensiones irresolutas de la historia larga. La democracia realmente existente-insistente lo confirma.

Primero, se lamentaba su ausencia; luego, se alertó sobre sus “excesos”; más tarde, se la desposó con el mercado, y ahora, se discute su diversidad. Pero de pronto, como fantasma, democracia de alta/baja intensidad, nos topamos con sus (tenaces) rajaduras.

Pero no pretendo discurrir aquísobre la forma-grado de gobierno y sus inconclusas “consolidaciones”. Me ocuparé de algo más entrañable: el año 1959 y sus treguas. Una tregua en especial, con mayúscula, que se hizo letra entre enero y mayo de aquel año, desde el Sur, poco después del triunfo de la revolución cubana.

Hablo de La tregua, fecunda novela del escritor uruguayo Mario Benedetti. Una tregua con rutina, pero sin concesiones. Con café, pero sin amigos. Con jubilación, pero sin ocio. Con amor-cielo, en fin, pero sin Dios. Corría el año 1959. Tiempo de mudanzas.

¿Cuál es el espíritu de la época, si acaso, retratado en las páginas de La tregua? ¿Cómo habremos de divisarlo, en la cercanía del alma y la distancia del cuerpo, con sentidos-sentimientos del año 2009? Veamos.

Proemio

Martín Santomé, cincuentón a punto de jubilarse, viudo con tres hijos, registra en su diario personal la gris rutina que lleva entre la oficina y un maltrecho hogar. De pronto, como vendaval, aparece Laura Avellaneda, muchacha de 24 años, nueva funcionaria.

Y haciéndole guerrilla al corazón y otros azares, hombre y mujer, Martín y Laura, libres de edades y ataduras, se buscan, se agitan, se enamoran. Abren un paréntesis vital, con felicidad incluida, hasta que la muerte precoz, esa “señora del luto infinito” (Pessoa dixit), los separa. Fin de la tregua. Retorno al oscuro destino.

Corte de caja 1: El rito

Es como una ceremonia cotidiana: el ámbito del trabajo. Asegura Benedetti que su país, Uruguay, “es la única oficina en el mundo que había adquirido la categoría de República”. Y es que el empleo público, en esos tiempos, era sinónimo no sólo de prestigio (en especial para la nutrida clase media), sino de seguridad. “Despedir [a un funcionario] era casi imposible”.

Hasta que llegaron los militares y todo eso –estabilidad laboral y anexos– “se fue al demonio”. Santomé expresa bien aquella ritualidad de la oficina, siempre igual, con sus jerarquías y desempeños. Su convivencia (“el trabajo amordaza la confianza”). Sus atisbos de desempleo y de (in)movilidad social.

Corte de caja 2: La resignación

¿Cómo se percibe la situación política, y sus andares, desde la rutinaria vida en una oficina? Con pasividad, resignación e indiferencia. En el país de La tregua, “los rebeldes han pasado a ser semi-rebeldes”. ¿Y los semi-rebeldes? Están resignados. Falta pasión, sobran lamentos.

El orden empieza a mostrar fisuras, pero en el ambiente hay apatía y “carencia de impulso social”. “No se puede hacer nada”, dice la gente. Y la autodefensa –“cobarde y malsana”– no basta. La objetividad tampoco (“es inofensiva, no sirve para cambiar el mundo”).

Y así, cabalgando en esa sordera social del globo democrático, vendrán pronto la dictadura, los desaparecidos, el exilio…

Corte de caja 3: Los latidos

Vea usted este curioso ejercicio de contabilidad: Sentado junto a la ventana, en un café, durante una hora y cuarto, Martín observa-registra treinta y cinco “mujeres de interés”.

¿Qué le gusta más de cada una? De dos, la cara; el pelo, cuatro; de seis mujeres, el busto; las piernas, ocho; y de quince, los traseros. “Amplia victoria de los traseros”, anota en su diario. Pero en el ámbito de la familia no cuentan los traseros sino la tradición y, claro, las estrictas normas.

En especial para el matrimonio y las mujeres. “Fíjense en las familias de antes. Ahí sí había moral”, lamenta una vieja “de cara cuadrada”. El amor y sus (in)fidelidades están rodeados de prejuicios. Y los derechos sexuales son, todavía, una lejana tentación.

Corte de caja 4: El barrio

Montevideo era "verde y con tranvías", recuerda Benedetti con nostalgia. La cultura del café expresa tales (des)alientos cotidianos con/sin lucha de clases. Los periódicos están ahí, diariocracia con truco-engaño colectivo, alimentándose “de la misma mentira”. ¿Y la ciudad?

Ciudades, más bien, una en horas de oficina, otra a la salida. Y una asaz distinta, claro, los domingos. Hay ilusión de progreso, ligeros anticipos de asco (“ahora también da coima el que quiere conseguir algo lícito, y esto quiere decir relajo total”), rígidos ideales. Pero también hay escepticismo.

¿Todo está mejor o peor que hace cinco años?, le preguntan a Santomé. “Peor”, responde sin atajos. Es el orden social.

Corte de caja 5: La incomunicación

Ah, el "factor Dios". Creer o no creer. En La tregua, Dios existe (o al menos lo intenta).Existe y dictamina, concede. Pero es una lejanasoledad (“no puedo figurarme a Dioscomo una gran Sociedad Anónima”). O peor:un “sádico omnímodo”, que tanto da comoquita oportunidades.

Abre paréntesis, los cierra(“no era la felicidad, era sólo una tregua”). Es un Dios, por aquellos años, como la religión y sus usos, abocados a controlar el pecado. El Estado podrá ser laico, ya, pero los dioses, en la tierra, inaccesibles, ejercitan la crueldad. “Ahora las relaciones entre Dios y yo se han enfriado”, confiesa Martín en su diario. Y voltea la vista. “¿Y si el mar fuera Dios?”. Preguntas.

Epílogo

El espiritu 1959. Era la primera vez –en palabras de Benedetti– que el socialismo y el marxismo hablaban en español. Y eso, además de ser muy atractivo, ayudaba a entender, daba esperanzas. Pero el dinosaurio, como el imperialismo, todavía estaba allí. Y se pondrá uniforme militar, en los setenta, golpe avisa, casi en toda la región.

“Todo verdor perecerá”. Luego vendrán las transiciones, ora impuestas, ora pactadas. Y el nuevo orden: democracia liberal, economía de mercado, con sus credos globalizados y sus crisis. Más tarde, siglo XXI (también) cambalache, el giro a las izquierdas… ¿Y las treguas? Siempre intensas. Jodidas y radiantes. Siempre dignas. Hay esperanza. “Todo verdor renacerá”.