Urbanización sustentable y olimpismo

Por: Sergio Hernández Márquez

Periodista ambiental

De forma casi natural, vivir en una ciudad mexicana se ha venido traduciendo en la resignación a respirar a cada momento aire de mala calidad, a soportar altos niveles de ruido, de basura, de desorden urbano y de espacios públicos limitados para la convivencia social, proliferando los cotos habitacionales como pequeñas islas dentro del caos cotidiano, con la consecuente fragmentación urbana y social que ha proliferado en urbes como Guadalajara.

Uno de los más importantes elementos que conforman el Derecho a la Ciudad es el de tener acceso a un ambiente sano y sostenible mediante el cual las ciudades deben adoptar medidas preventivas frente a la contaminación y ocupación desordenada del territorio y de las áreas de protección ambiental, incluyendo ahorro energético, gestión y reutilización de residuos, y ampliación y protección de los espacios verdes.

El mismo derecho contempla que las ciudades deben respetar el patrimonio natural, histórico, arquitectónico, cultural y artístico, y promover la recuperación y revitalización de las áreas degradadas y de los equipamientos urbanos.

A pesar de que esto se tiene muy claro al menos desde que México asume como suya la Carta Mundial por el Derecho a la Ciudad, en el año 2004, el camino que se toma va distante de los ideales que se trazaron a nivel mundial y uno de los ejemplos más claros que tenemos en México es el de la Villa Panamericana, en Zapopan, Jalisco, construida al borde del Bosque de La Primavera.

Y es que el desarrollo de villas olímpicas en todo el mundo representa casos de éxito y modelos de reconstrucción social a partir de una urbanización sustentable y empática con los diferentes estratos sociales y medioambientales que la rodean. Uno de los casos más conocidos es el de Barcelona 1992.

Más allá del caso de la Villa Panamericana de Jalisco, también existen complejos deportivos sin planeación y con mucha ambición económica, sin gestión democrática de la ciudad donde los habitantes participen en la elaboración, definición y fiscalización de los recursos, como fue el del estadio de futbol de los Rayados de Monterrey, sobre un predio público llamado La Pastora.

Construir así deja en el olvido la directriz de que en las ciudades se debe priorizar el fortalecimiento, transparencia, eficacia y autonomía de las administraciones públicas locales, sin violaciones consecuentes al derecho que tienen los habitantes de la ciudad a un ambiente sano.

Resulta paradójico como un evento que en sus principios fundamentales fomenta la armonía y la unión entre los pueblos, como son los Juegos Olímpicos o los Panamericanos, derive en violaciones elementales al derecho a la ciudad no sólo de la generación presente sino de las futuras.

Esta ausencia de políticas de urbanización sustentable deja pendiente un panorama en el que se deben reconfigurar las formas de hacer valer la participación sobre nuestro espacio público, nuestras áreas naturales, nuestras áreas de convivencia y asumir que tenemos una memoria colectiva que hacer presente cada vez que un proyecto de esta naturaleza intente de nueva cuenta vulnerar el derecho a gozar plenamente la ciudad.