Ni una palabra más

La gente lee, sin duda, en una actitud mecánica todas las palabras que surgen ante sus ojos: nombres de tlapalerías, anuncios publicitarios en camiones urbanos, panorámicos y volantes de impresión

Por: Antonio Ramos Revillas

Cada 23 de abril, día internacional del libro, 12 de noviembre, día del cartero o del libro en México, mi propuesta es que no leamos ni siquiera el nombre de la carnicería a la vuelta de casa, que nuestros ojos no se posen sobre ninguna letra o vocal con acento o sin él.

En un mundo tan diversificado digitalmente esta decisión podría parecer una bandera blanca antes de tiempo, pero es que en realidad hace años que dejamos esos estandartes atrás.

La gente lee, sin duda, en una actitud mecánica todas las palabras que surgen ante sus ojos: nombres de tlapalerías, anuncios publicitarios en camiones urbanos, panorámicos y volantes de impresión. Por algo la cadena de librerías Gandhi ha gastado mucho en sus grandes campañas en sitios inesperados: porque la gente siempre lee. No importa qué se esté haciendo, las letras nos atraen como a las palomillas que rodean a un foco.

En cierta ocasión, en un taller, hice pasar varias imágenes entre las que siempre se colaba al menos una palabra en la composición. Al final, en un rápido cuestionario de dos minutos, les pedí a los asistentes que escribieran todas las palabras que recordaban. La mayoría mencionó arriba de 60 por ciento.

Si tenemos tal capacidad de retención de palabras, que nos simbolizan, ¿por qué entonces se dificulta tanto emprender proyectos de lectores? Me parece que tiene que ver con la forma en que se transmite el aprendizaje del español, pero también con el valor consensuado, de que lo que importa al leer es sólo analizar el mensaje y no tanto disfrutarlo.

Pero el que estemos tan atados a la cultura escrita, incluso como en un acto residual cuando todos dicen que hay que leer, es un indicador de la necesidad apremiante de comunicarnos: de que las historias pueden estar incluso en el nombre de una carnicería que se llama "La Luz", lo que me recuerda una plaza a la que fui hace tiempo y, tal vez, otras carnicerías que tienen el mismo nombre.

Las palabras se encadenan a nosotros mismos. Por eso, propongo que el 23 de abril o el 12 de noviembre nadie lea ni una méndiga "ñ", porque si no aprendemos a resignificar lo mínimo, ¿cómo deseamos que alguien lea: “Todo parece indicar que ya di con la tumba/ en donde una marmota ¿será mi compañía”?

Nuestra sociedad no necesita campañas de lectura: necesita campañas de revalorización y re-significación de nosotros con el entorno y con las palabras como vehículo.

 


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