¿Qué tal anda usted de capital social?

¿Existe un límite en el apoyo que podemos dar o recibir de familiares, vecinos y amigos? ¿Hace diferencia el tener pocos o muchos familiares, amigos o buenos vecinos?

Capital social: una espada de dos filos. Estudio sobre capital social en Atemajac de Brizuela, Jalisco.
David Foust Rodríguez
Universidad de Guadalajara, 2009

Por: Felipe Alatorre Rodríguez

¿En algún momento ha necesitado usted del apoyo de un familiar, de un vecino o de su red de amigos? ¿Ha brindado ayuda a alguno de ellos? ¿Qué tan importante fue el apoyo que le brindaron o brindó para salir de alguna circunstancia complicada?

Tal vez usted coincida conmigo en que difícilmente encontraremos a alguna persona que no haya tenido la experiencia de apoyar o ser auxiliado. ¿Quién no guarda un sentimiento de gratitud con aquel conocido o familiar que nos brindó su ayuda en un momento económico difícil, o cuando nos chocaron el carro, más aún cuando se nos presentó un serio problema de salud?

No obstante, en ocasiones el conseguir o dar el apoyo no fue fácil, no porque no se quisiera sino por que las circunstancias ¡simplemente no permitían hacerlo!

Esta última cuestión lleva a preguntarnos ¿existe un límite en el apoyo que podemos dar o recibir de familiares, vecinos y amigos? ¿Hace diferencia el tener pocos o muchos familiares, amigos o buenos vecinos? ¿La posibilidad del dar/recibir varía si en nuestro círculo de conocidos, por ejemplo, hay quienes cuentan con estudios universitarios, son médicos, trabajan en alguna dependencia pública, tienen un empleo e ingresos fijos, o un auto?

Si sus respuestas a las anteriores cuestiones fueron afirmativas, tal vez le interese conocer el trabajo de investigación realizado por David Foust Rodríguez respecto del capital social en Atemajac de Brizuela, Jalisco, una pequeña localidad enclavada en la sierra de Tapalpa, en el sur de Jalisco.

El libro de David Foust en un minucioso trabajo realizado en el periodo 2002-2007, cuyo objetivo fue comprender la composición, estructura y funcionamiento del tramado social en el poblado de Atemajac, y la forma como en éste existen y fluyen (o no) una serie de recursos que, con sus límites, permiten resolver o sobrellevar muchas de las circunstancias que todos enfrentamos cotidianamente.

A este tramado es a lo que se denomina capital social, mismo que una de las diversas corrientes de estudio en este campo –representada por Putnam– define como aquel conjunto compuesto por las normas, la confianza y las redes y que hacen posible o facilitan la cooperación.

La obra de Foust no es producto del insomnio o del puro gusto por investigar. Su trabajo tiene como trasfondo el constatar el reto que implica trabajar en la línea de transformar un imaginario y un patrón de comportamiento social que lleva al mantenimiento de la situación de pobreza y exclusión, que es el caso de Atemajac de Brizuela, una población como muchas en el país.

Me explico: Foust fue parte de un equipo de promotores sociales que trabajó en el poblado referido durante varios años formando cooperativas; además fungió como asesor del gobierno municipal en el periodo 2004-2006.

Uno de los logros más significativos referidos por él es la conformación de nueve cooperativas que en 2007 involucraron a cerca de cien personas, en su gran mayoría mujeres, mismas que producían fustes, sillas para montar, artesanías, dulces, quesos, miel, bufandas, ladrillos y muebles de madera.

Desde la perspectiva de Foust, los resultados del trabajo realizado no se corresponden con el esfuerzo realizado, circunstancia que le generó diversas inquietudes que, abordadas desde la lógica de la investigación, generaron el libro que nos ocupa.

Entrando en detalles de la indagación por Foust, toca señalar que él se planteó dos cuestiones centrales: evaluar si en Atemajac el capital social potencia la capacidad de los hogares pobres para desarrollar estrategias para mejorar sus condiciones de vida (lo que en el argot académico se define como promoción social); y si las asociaciones locales tienen algún impacto en lo anterior.

Adicionalmente, nuestro autor se planteó investigar tres aspectos: primero, ofrecer elementos para la discusión del rol del capital social en las estrategias domésticas de localidades marginadas; segundo, aportar información respecto de si el capital social tiene –como algunos autores afirman– carácter de bien público (es decir, que es algo que está ahí y al que se puede acceder sin mayores limitaciones); y tercero, analizar la pertinencia de la inserción del capital social en las políticas de combate a la pobreza y promoción del desarrollo.

Para realizar la tarea antes descrita, Foust optó nada más ni nada menos por adoptar la metodología utilizada por el Banco Mundial (BM) para estudiar el capital social en tres países pobres (Bolivia, Burkina Faso e Indonesia); nos referimos al Local Level Institutions Study (LLIS, por sus siglas en inglés).

La intención de Foust fue el tener elementos de comparación entre lo que arroja el estudio antes citado, con lo que sucede en Atemajac.

Llegado a este punto, se antoja preguntarse: ¿Por qué Foust decide resolver sus inquietudes por la vía descrita que a primera vista no es nada sencilla?, ¿quiere Foust promover cooperativas en Bolivia? ¿sospecha el autor que hay gato encerrado en el estudio del BM?, ¿tiene dudas de si realmente sirve para algo el tal capital social?

La respuesta a algunas de las preguntas anteriores está en parte en lo que nuestro autor vivió durante su experiencia con las cooperativas de Atemajac, misma que lo llevó a interactuar con los programas de la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) dirigidas al combate a la pobreza.

Una primera cuestión que llama la atención de Foust y que lo lleva a definir el rumbo de su investigación es el constatar que ¡el fortalecer el mentado capital social es una de las apuestas fundamentales de SEDESOL para resolver el problema de la pobreza!

Un segundo elemento que lleva a Foust por la ruta descrita es el constatar (¡oh sorpresa!) la gran afinidad que existe entre los planteamientos y apuestas del BM y la SEDESOL.

Ante ello Foust parece preguntarse, en su afán de entender lo que vivió en Atemajac: ¿toca indagar sobre la forma cómo el BM y la SEDESOL entienden el concepto de capital social?, ¿será relevante investigar la manera como la SEDESOL traduce la noción de capital social en programas de combate a la pobreza?, ¿es posible usar la metodología del LLIS para ubicar los alcances del capital social en Atemajac y así poder comparar sus hallazgos con lo encontrado en los tres países pobres que fueron analizados del por el BM?

Foust no tuvo la fortaleza para no caer en la tentación generada por las anteriores preguntas… y ¡qué bueno!; ello derivó en que hoy podamos conocer su, desde mi punto de vista, valiosa aportación.

En las siguientes líneas trataré de sintetizar la forma como nuestro autor llevó adelante su aventura, no sin antes compartir algunas de las reflexiones y preguntas que se hizo Foust y que muestran el perfil del trabajo realizado.

Poderse apoyar en un familiar o un vecino en un momento de necesidad económica es un recurso importante para los hogares pobres.

Pertenecer a algún grupo o asociación local, también lo es. Pero, ¿qué tanto se puede generalizar esta afirmación?, ¿qué tan sistemático es este beneficio, llamado “capital” social por influencia del sistema económico?, ¿quiénes ganan y quiénes pierden en una localidad marginada cuando los grupos y las asociaciones son capturados por las redes de las élites locales?

El texto deja ver con claridad la pista que sigue Foust es su trabajo: ¿el hecho de centrar las políticas públicas de control de la pobreza en la noción de capital social no será sólo una cortina de humo del BM? ¿el uso de la noción de capital social no es un intento de poner en juego soluciones de bajo costo a los problemas sociales?

Las anteriores cuestiones llevan a otra, más profunda, expuesta reiteradamente por una corriente de investigadores y que tiene implicaciones importantes para las acciones de combate a la pobreza: es posible que se esté sobrevalorando el capital social –como lo hacen el BM y la SEDESOL– frente a otros factores como el capital humano, el capital físico, la dinámica sociodemográfica, etcétera, que también influyen en el desarrollo de las localidades marginadas.

Para avanzar en su indagación, en el primer capítulo Foust expone los objetivos, las preguntas e hipótesis de la investigación y su estrategia metodológica, recalcando que busca que su estudio pueda ser comparable con el del BM. De una manera profunda y amena, se adentra en el debate existente en torno a los conceptos de capital social y desarrollo.

Su intención es doble: identificar los huecos teóricos del estudio del BM y operacionalizar los conceptos utilizados en su investigación.

Retomo algunos enunciados incluidos en esta parte del texto que me parecen clarificadoras: los críticos de la noción de capital social a la Putnam, como DeFilippis, Katzam, Portes y otros autores, plantean argumentos como los siguientes: “a los pobres no les hace falta capital social” sino todo lo contrario, y que “lo que no tienen es capital”; “lo que permite que algunas personas sean ricas no es la vinculación, sino el aislamiento y la exclusión” (esto último me remitió al caso de la familia de los banqueros Rothschield, cuyos miembros celebraban matrimonios entre familiares para no dividir su capital).

Otro párrafo, por demás contundente, señala que es poco probable que los pobres, poniendo en circulación los recursos existentes en sus redes, puedan implementar estrategias de promoción o movilidad social.

Foust señala que el fuerte debate en torno al concepto de capital social ha llevado a cierto consenso y que la acepción que va tomando fuerza es la que lo define como “la habilidad de los actores de asegurarse beneficios a través de la membresía en redes sociales y otras estructuras sociales”, noción que recientemente ha sido retomada por el BM, pero sin atender las advertencias de Portes uno de los críticos más agudos de la noción acuñada por Putnam.

Considero necesario apuntar aquí, a riesgo de extenderme, que Foust incorpora las aportaciones de Portes en su trabajo, lo que hace aún más rico el ejercicio.

Se plantea: distinguir las estrategias domésticas de sobrevivencia y las de promoción social, y el impacto del capital social en cada una de ellas; estudiar las prácticas de acceso, restricción y exclusión de las asociaciones locales; establecer quiénes son los “dueños” del capital social, y por tanto, los mayores beneficiarios de las asociaciones locales; diferenciar el impacto de estas últimas en los hogares, incluyendo la dimensión de los bienes socioemocionales (confianza, autoestima, empoderamiento, conciencia de derechos; comparar los beneficios obtenidos por los hogares por su pertenencia a las distintas asociaciones locales; y rastrear la evolución reciente de las asociaciones locales con mayor impacto en los hogares).

En los capítulos dos y tres Foust da cuenta de la realidad de Atemajac de Brizuela, enmarcándola en el contexto socioeconómico y sociopolítico de América Latina, del país y de la región sur de Jalisco, y aporta una detallada valoración del rol jugado por el capital social en las estrategias domésticas, tanto de sobrevivencia como de promoción social.

En el primer caso (conforme lo plantean Filgueira y  Katzman) ubica la forma como las estrategias domésticas en Atemajac, como en otras partes, son influenciadas por su interacción con las “estructuras de oportunidades ofrecidas por el Estado, el mercado y la comunidad”; ello queda claro cuando el autor analiza a detalle el rol que jugó el capital social en las estrategias domésticas en la comunidad señalada en el periodo 2002-2007.

Para ello realiza una encuesta dirigida, por ejemplo, a dar cuenta del tipo de activos existentes y la oferta de crédito productivo.

El capítulo cuarto es crucial en la investigación: profundiza en el impacto que ha tenido en la comunidad la disputa entre el grupo caciquil de Atemajac y los grupos promovidos por la Iglesia católica local en los últimos 25 años (esto es el periodo que va de 1982 a 2007).

Analiza el rol de los “ricos” y las estrategias desarrolladas por los grupos cercanos a la Iglesia para intentar contrarrestar a los primeros, con resultados pobres en lo económico, pero significativos en lo político y religioso. Algunas de las joyas que contiene el capítulo en comento y que no debe perderse el lector son:

a) La manera como el grupo caciquil –dado su capital social– resulta (qué novedad!) ¡el más beneficiado de los programas gubernamentales de combate a la pobreza!

b) La forma como la acción concertada de los grupos cercanos a la Iglesia logró, por una parte, arrebatar al grupo caciquil el control de las fiestas religiosas y –con ello una de sus importantes fuentes de ingresos– y luego, aunque temporalmente, el poder municipal.

En el capítulo quinto y último Foust se concentra en el análisis del papel del capital social en las estrategias de combate a la pobreza y la promoción del desarrollo en localidades marginadas, tanto en la línea de comparar sus resultados con los del BM, como las que el propio autor se planteó atendiendo las críticas planteadas al concepto de capital social. En ambos casos el autor contrasta sus resultados con las preguntas iniciales e hipótesis de la investigación.

Es imposible, por motivos de espacio dar cuenta de todas y cada una de las conclusiones que arroja el estudio de Foust. Para efectos de dar una idea de éstas entresaco algunas: no es posible verificar el impacto del capital social en los ingresos de los hogares, a no ser que se incorporen otras variables como, por ejemplo, el número de asociaciones en que se participa y sobre todo quiénes son los dueños de estas últimas (aspecto que se traduce que las diferentes asociaciones locales no necesariamente aportan los mismos beneficios para sus socios); que, al contrario de lo que muestra el estudio del BM, en el caso de los hogares pobres, el impacto de la variable membresía fue menor; que si bien en términos económicos es irrelevante pertenecer a los grupos cercanos a la Iglesia, no lo es en el plano de disputar las instancias de poder en la comunidad.

En otro de los planos se concluye, reforzando los argumentos de algunos autores, que el combate a la pobreza implica, además de capital social, necesidad de capital, reformas institucionales y políticas de redistribución del ingreso, todo lo cual necesariamente involucra un rol más activo del Estado.

En esta última línea el autor subraya la necesidad de hilar fino tratándose de estudios de capital social en la medida que el peso de la variable poder marca una diferencia importante en los resultados. Los aspectos hasta aquí referidos son cruciales tratándose de las políticas de combate a la pobreza.

Llegado a este punto, sólo resta invitar a leer el libro reseñado que, como salta a la vista, no tiene desperdicio; ya que, por una parte, permite conocer, desde lo que sucede en una pequeña comunidad, buena parte de las razones por las que nuestro país no logra ser un mejor lugar para vivir y, por otra, nos lleva a desconfiar, como refiere la cita de Foust sobre Portes “del súbito auge de la teoría del capital social”.