Qué esperar de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno. Adam Przeworski, Siglo XXI, 2010

No es ninguna sorpresa, por lo tanto, que después de seguir la liberalización, la transición y la democratización, hayamos descubierto que todavía hay algo que mejorar: la democracia

Por: Víctor Hugo Martínez González

La democracia, ya se sabe, sufre la toxina del desencanto. ¿Qué hacer ante ello? Una respuesta, no nueva, no infrecuente, explica la desazón como una confusión al respecto de problemas imposibles de zanjar por la democracia u otras formas de gobierno.

Salvaguardar la democracia a pesar de sus fallos tiene antecedentes conocidos. Ya en 1942 Joseph Schumpeter aduce la incompatibilidad democrática con términos como “bien común” y “voluntad general”.

El libro La Poliarquía, de Robert Dahl, razona en 1971 la incapacidad de la democracia de conseguir todos los fines deseables. Las célebres “promesas incumplidas de la democracia”, de Bobbio, son del año 1984, y de 1987 el suspicaz capítulo “¿Puede la democracia ser cualquier otra cosa?”, de Sartori.

“Con la consolidación democrática vendrán las desilusiones ante los resultados del cambio de régimen. Puede hasta ir acompañada de una cierta nostalgia por l’ancien regimen… el desencanto es un fenómeno genérico del proceso de consolidación… la democracia no resuelve todos los problemas”; escribía en 1991 Philippe Schmitter.

En este tono de defensa de la democracia, el libro de Adam Przeworski, Qué esperar de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno, racionaliza ésta como un régimen donde el desencanto resulta normal y constitutivo: “el advenimiento de la democracia generó, inevitable y repetidamente, el desencanto… No es ninguna sorpresa, por lo tanto, que después de seguir la liberalización, la transición y la democratización, hayamos descubierto que todavía hay algo que mejorar: la democracia. El nuevo tema pasó a ser la calidad de la democracia” (pp. 27-28).

El problema, considera Przeworski, no es que los análisis de la calidad democrática censuren los límites de la democracia. Pero si la democracia comporta restricciones inteligibles, propagar un desencanto irresoluble es reflejo de una crítica desinformada: “lo que temo es que el desencanto sea tan ingenuo como lo era la esperanza” (p. 28).

Para mejor comprensión de los límites de la democracia y el cómo, Przeworski liga estos confines con la calidad democrática, recordemos trabajos previos de éste. Veamos:

¿Cuáles son las condiciones económicas necesarias para una consolidación de la democracia?… El sistema económico más racional y humano es el que confía la asignación de recursos a unos mercados regulados, mientras el Estado se encarga de garantizar un bienestar material mínimo para todos… La democracia está consolidada cuando, bajo unas condiciones políticas y económicas dadas, un sistema concreto de instituciones se convierte en el único concebible1

Y de otro libro:

Para sustentar la democracia, el Estado debe garantizar la integridad territorial y la seguridad física, mantener las condiciones necesarias para el ejercicio efectivo de la ciudadanía, disponer de ahorros públicos, coordinar la asignación de recursos y corregir la distribución de ingresos… La democracia es un sistema de derechos y responsabilidades, pero las condiciones necesarias para ejercerlos no se generan automáticamente con la mera existencia de las instituciones democráticas: se requiere un Estado viable que haga posible su ejercicio. La cuestión de la relación entre el Estado, la ciudadanía y la democracia es anterior al análisis de la democracia per se.2

Registrar que para Przeworski no hay democracia sin un Estado que la alimente, y que ello, “la relación entre el Estado, la ciudadanía y la democracia” entraña “prerrequisitos sociales y económicos” anteriores a la democracia, resulta crucial para no reducir su tesis de los límites democráticos a un enfoque solo electoral.

Situada tal premisa, vayamos a su reciente libro. La democracia, señala Przeworski, aparece en la segunda mitad del siglo XVIII como una idea revolucionaria que proclama la capacidad del pueblo de gobernarse a sí mismo. Tal autogobierno, junto a la libertad e igualdad, constituirían los ideales fundadores de la democracia.

Autogobierno, libertad e igualdad no son, empero, promesas saldadas, ni la democracia actual es lo que se soñaba que era. ¿Cómo entender el desfase entre hermosos ideales y torpes realizaciones? La respuesta de Przeworski residirá en desmitificar tanto los ideales como el desencanto de su no concreción. Defender la democracia, plantea éste, requiere tal desmitificación.

“El ideal que justificó la fundación de las instituciones representativas y su gradual evolución hacia la democracia era lógicamente incoherente y prácticamente irrealizable” (p. 45). En apoyo a esta hipótesis, habría varios argumentos.

  1. El ideal de autogobierno imaginado por Rousseau, “las personas son libres porque cuando el pueblo gobierna nadie obedece más que a sí mismo”, acusa contradicciones insolubles. De hecho, “solo es lógicamente coherente si todos están de acuerdo sobre el orden legal en que todos quieren vivir” (p. 48). Pero esta noción orgánica (el pueblo –en singular– como cuerpo unido naturalmente) es imposible de traducir en un sistema institucional en el que las personas –en plural– se gobiernen a sí mismas (pp. 48-60). El sentido original del autogobierno (si todos desean lo mismo, todos serán representados simultáneamente por alguien) es ajeno, además, a los conflictos y divisiones sociales.
  2. El trío de autogobierno, igualdad y libertad es más fácil de reunir a nivel normativo que de aplicar a instituciones específicas. Libertad e igualdad, es conocido, son valores cuyo concierto reclama la disminución de alguno.
  3. La democracia y sus ideales no fueron obra de demócratas genuinos: “los fundadores de las instituciones representativas andaban a tientas, buscando inspiración en experiencias remotas, inventando argumentos retorcidos, enmascarando ambiciones personales bajo apariencia de ideas abstractas” (p. 45). La paradoja alcanza la ironía: “los fundadores de la democracia hablaban de autogobierno, igualdad y libertad, pero establecieron instituciones que excluían a grandes fragmentos de la población y protegían el status quo contra la voluntad popular (p. 46).

Si por la impureza de sus ideales prístinos, la democracia, pero tampoco ningún otro orden político, puede ser un concierto rebosante de autogobierno, libertad e igualdad, su defensa radica en comprenderla bajo “una concepción más débil de autogobierno”; “una segunda mejor opción”, si bien limitada por el hecho de que algunos ciudadanos (portadores de intereses heterogéneos) deberán vivir parte del tiempo bajo leyes que no son de su agrado, valiosa e insuperable por ser el sistema de toma de decisiones colectivas que mejor refleja las preferencias individuales y deja a una gran cantidad de personas lo más libres que sea posible (pp. 74-75).

Desmitificarlos ideales que la alumbraron, es solo la primera parte de la defensa de la democracia que Przeworski realiza. La calidad de ella, añade el politólogo polaco, radica también en racionalizar cuatro límites inherentes al gobierno democrático, descritos enseguida:

  • Incapacidad de generar capacidad socioeconómica La igualdad democrática implica: a) que todos los miembros tengan efectivamente la misma oportunidad de participar, y b) si participan, sus preferencias tengan todas igual peso. La igualdad democrática es impotente ante las desigualdades socioeconómicas; opera solo en términos políticos; es igualdad ante la ley: es el trato anónimo de ésta a todos los ciudadanos porque aquellos son imposibles de distinguir (pp. 122-123). La búsqueda de igualdad socioeconómica, estudios comparativos lo indican, tiene límites. “Simplemente, cierto grado de desigualdad económica es inevitable” (p. 155).
  • Incapacidad de hacer sentir a la gente que su participación política es efectiva. Cierta nostalgia por la participación efectiva, sumada a una falta de comprensión del mecanismo electoral, atormenta a las democracias modernas. Nadie en forma individual, si de democracia hablamos, puede hacer que una alternativa en particular sea la elegida: “el autogobierno se logra no cuando cada votante tiene influencia causal en el resultado final, sino cuando la elección colectiva… maximiza el número de personas que viven bajo leyes que les gustan aún cuando ningún individuo pueda considerar esas leyes como resultado de su elección” (pp. 161,181).     
  • Incapacidad de asegurar que los gobiernos hagan lo que se supone que deben hacer y no hagan lo que no se les ha mandado hacer. ¿De qué hablamos cuando hablamos de representación política? El clásico de Hannah Pitkin (El Concepto de representación política) distingue cinco significados del término. Como ella, Przeworski se inclina por el de la responsividad. Que los gobernantes, dice este principio, sean responsables ante los gobernados y a ellos rindan cuentas de sus actos. Pero la responsividad no implica que los gobiernos sean agentes perfectos. Los costos de agentividad son propios de la democracia. Ya porque los gobernados deban dar a los gobiernos cierto margen para su acción, las preferencias de los votantes puedan modificarse, los objetivos de los partidos cambiar o los gobiernos tengan intereses propios, la responsividad no alcanza a ser absoluta.
  • Incapacidad de equilibrar orden con no interferencia ¿Existe un orden en el que todos sean libres? Esta pregunta requiere para Przeworski dos definiciones: “el orden implica coacción: a algunos se les impide que hagan lo que quieran y a otros se les obliga a hacer lo que no quieren” (p. 57). La segunda es el abc del liberalismo: “la libertad no es ni la libertad natural ni el derecho a actuar contra las leyes. Es la seguridad de vivir bajo leyes” (p. 241). Si a ello sumamos el sentido moderno y negativo bajo el que los contemporáneos entendemos la libertad (que ningún hombre o gobierno interfiera con mi actividad y disfrute privados), el impasse, que la democracia intensifica pero no resuelve, está servido. Interferir en las vidas privadas lo menos posible y garantizar lo máximo posible la seguridad, es, sin que ninguna forma de gobierno pueda remediarlo, otro equilibro inestable dentro de la democracia.

Los límites de la democracia, su imposibilidad de realizar simultáneamente los valores que le son capitales, concluye Przeworski, no son otros que “los límites de la política en la conformación y transformación de las sociedades.

Esto es simplemente un hecho de la vida” (p. 53). Ninguno de estos desencantos, empero, son suficientes para desconocer que el progreso es real: “creo que lo que ha ocurrido en los últimos doscientos años es que hemos hecho ese ideal más coherente y honesto” (p. 25).

“Hay diferentes maneras de pensar sobre la calidad de la democracia” (p. 28). La de Przeworski, vimos hasta aquí, persigue una estrategia disuasoria de expectativas irracionales y eventuales desengaños que nublen las reformas factibles.

Rica en matices, incorporando en ella las disyuntivas que caracterizan a la democracia, su definición racionaliza sueños y límites del autogobierno: “la democracia no es sino un marco dentro del cual un grupo de personas más o menos iguales, más o menos eficientes y más o menos libres puede luchar en forma pacífica por mejorar el mundo de acuerdo con sus diferentes visiones, valores e intereses” (p. 53).

Como un libro destinado a escrutar la democracia en presencia de las condiciones que la viabilizan, ¿Qué esperar de la democracia? no descubre, cuanto recalca, las ausencias determinantes que desfiguran las democracias latinoamericanas: estatalidad suficiente para corregir asimetrías de poder y recursos; ciudadanía sustantiva para ejercer los derechos sociales; prerrequisitos políticos, sociales y económicos, sin los cuales, es Przeworski quien lo fija, “la diferencia entre muchas democracias latinoamericanas y las europeas, más igualitarias, es enorme” (p. 56).

Citas

  1. La cita es de Adam Przeworski, Democracia y mercado: reformas políticas y económicas en la Europa del Este y América Latina, Cambridge University Press, Cambridge, 1995, pp. XI, XIII y 42. Las bastardillas son mías.
  2. Democracia sustentable, Buenos Aires, Paidós, 1998, pp. 35-36. Las bastardillas son otra vez mías.