Peter Kuper: un ojo al trazo y otro al toletazo

Dentro de las distintas formas de ejerer el periodismo, una de las menos comprendidas es, muy probablemente, la del cartonista

Diario de Oaxaca,
Peter Kuper
Editorial Sexto Piso. México, 2009 

 

 

Por: Édgar Velasco

Dentro de las distintas formas de ejerer el periodismo, una de las menos comprendidas es, muy probablemente, la del cartonista —o monero o dibujante o caricaturista, como sea que se le quiera llamara a éste peculiar ejército armado de lápices, borradores y, más recientemente, tablas digitales, que día con día buscan, desde la ironía, el sarcasmo y el humor, dar su punto de vista sobre el acontecer noticioso.

Y es que, ¿quién en su sano juicio, por ejemplo, querría pagar una carrera universitaria a alguien que pretende pasar su vida haciendo dibujos? ¿Quién confiaría la vida de sus hijas a un sujeto que, sin apellidarse Falcón, Helguera, Hernández o Calderón, ofrece como dote sus monos? ¿A alguien que se hace llamar Jis, Trino o Magú? Suena descabellado.

Y, sin embargo, ahí están los moneros: sabedores de que lo que hacen no son sólo dibujos, sino periodismo gráfico.

“People don't take trips, trips take people”. La frase se puede leer apenas se abre el libro Diario de Oaxaca (Sexto Piso, 2009) autoría de Peter Kuper.

Y, si hubiera que hacerle caso a la cita de John Steinbeck, entonces sería necesario decir que no es providencial que en 2006 Kuper saliera de Estados Unidos ni que eligiera Oaxaca como destino para pasar un año sabático.

Como quisiera Steinbeck, fue el viaje quien eligió al dibujante estadounidense para ponerlo ahí, justo donde, con su ojo de artista y su sentido crítico de periodista gráfico, podía darle una interpretación distinta al conflicto entre los maestros y el gobierno estatal que, por meses, puso en jaque la estabilidad de la capital de ese estado del sureste mexicano.

Fragmento de la novela gráfica "Diario de Oaxaca"

La vida de Kuper (Nueva Jersey, 1958), como la de tantos que cumplen con el perfil descrito en el primer párrafo de este texto, se ha delineado a partir de caricaturas, cartones y monos –que parecen lo mismo, pero no son igual.

El rastro de la obra del dibujante pasa lo mismo por The New York Times que por las revistas Newsweek y Time. En 1979, se lee en su sitio web (www.peterkuper.com), fue cofundador de la revista de arte y política World War 3 Illustrated y desde hace tiempo forma parte de la plantilla de la ya legendaria revista MAD, donde mantiene el cómic Spy vs. Spy. (Quizá sería un abuso añadir que también son célebres sus versiones ilustradas de La Metamorfosis, de Kafka, así como The Jungle, de Upton Sinclair. Más abusivo sería convocar a este texto las autobiografías Stripped y Stop forgetting to remember).

Como se puede ver, Peter Kuper pertenece a ese gremio que se dedica a ese extraño oficio del periodismo gráfico, entendido también como creación artística.

En ese contexto, no es de admirar que, nada más llegando a Oaxaca, haya decidido poner manos a la obra ante el conflicto que, sin buscarlo, se instaló prácticamente fuera de su casa.

Él, que anhelaba tranquilidad, se vio de pronto ante la oportunidad de aplicar la vieja consigna mexicana que ordena “descansar haciendo adobes”. Pero nadie mejor que él para contarlo, a partir del prefacio que abre el libro:

Diario de Oaxaca es el resultado de estar en el lugar adecuado en el momento “equivocado”. Cuando me mudé a Oaxaca con mi esposa e hija no buscaba problemas; todo lo contrario, anhelaba un escape. Escape de los Estados Unidos del gobierno de Bush, escape de mi horario de adicto al trabajo, escape de la cultura consumista y del incesante torrente de historias noticiosas.

Y cuando pensaba que iba a salirse con la suya, Kuper cuenta que vino a caer en una ciudad que estaba “en agonía por una gran huelga de maestros con campamentos y protestas a lo largo de la ciudad. Tan sólo trasladarnos del aeropuerto a nuestro nuevo barrio requirió sortear las barricadas de los huelguistas”.

A partir de ese momento, Kuper pone su granito de arena para contribuir en esa extraña relación de amor-odio que hay entre la política y el arte.

Y es que, nadie lo duda, las sandeces de la vida política se han encargado, sin pretenderlo, de nutrir la creación artística en innumerables ocasiones. Ejemplos abundan, y como botón baste ojear el trabajo de los muralistas postrevolucionarios. Pero volvamos al libro.

Para lograr su cometido, Peter Kuper echa mano de dos herramientas: la palabra y sus ilustraciones. La primera se manifiesta en apuntes que, como lo dice el mismo título del libro, recrean la dinámica de un diario –y aquí es necesario aclarar que no se refiere a un diario entendido como periódico, sino como un cuaderno de notas personales.

Así, las pocas páginas donde Peter hace uso de la palabra sirven como marcos referenciales para al bombardeo de imágenes que integran el volumen. En esos espacios de letras, el autor explica, por ejemplo, cómo fue su llegada a Oaxaca:

Lo primero que se me pregunta por lo general en estos días es, “¿Qué hizo que te decidieras a mudarte de la ciudad de Nueva York a Oaxaca, México?”.

Esto me trae a la mente un diálogo de la película Casablanca:

Capitán Louis Renault:

— ¿Qué demonios te trajo a Casablanca?

Rick Blaine:

—Mi salud. Vine a Casablanca por las aguas.

— ¿Las aguas? ¿Qué aguas? ¡Estamos en el desierto!

—Me informaron mal.

[...] No venimos en busca de una situación explosiva, pero aún así nos topamos con ella [...] 

Plantea, desde esa privilegiada tribuna qué significa no pertenecer a ninguno de los dos bandos, una visión del conflicto. Sin embargo, el hecho de que no esté adscrito ni a los maestros ni al gobierno no quiere decir que no tome partido. O

bvia decirlo, considerando sus antecedentes, que su balanza se inclina del lado de los inconformes. En sus apuntes cuenta cómo fue vivir en la capital oaxaqueña durante los aciagos días del conflicto.

La página del 20 de noviembre de 2006 consigna cómo, mientras Kuper buscaba rutas alternas para librar la zona del conflicto y recoger a su hija, en el centro de Oaxaca un encontronazo dejó como saldo tres muertos oaxaqueños y, quizá el caso más sonado, al camarógrafo Brad Will.

Como buen diario personal, las anotaciones de Peter no se constriñen al conflicto social –“No quiero sonar como disco rayado que repite las tribulaciones de la ciudad de Oaxaca”, consigna en su apunte de enero de 2007.

Así pues, las páginas dan cuenta también de su fascinación por los insectos, de sus recorridos a los centros arqueológicos de la zona, de su visita al santuario de las mariposas monarca en Michoacán, de sus viajes introspectivos en la playa. Reflexiona sobre el arte callejero –léase grafitis, esténciles, stickers y demás– que acompaña a las revueltas sociales.

Pero también trabaja sobre los aromas y colores que pintan Oaxaca. Critica a Ulises Ruiz, a quien califica como aquel “que desató el desastre entero” y lo acusa de que “ha pasado los últimos tres años llenando sus bolsillos (y le faltan otros tres), 1 mientras que Oaxaca sigue ocupando el segundo lugar, justo detrás de Chiapas, como el estado más pobre de México”. En resumen: Kuper ofrece un diario con todas las de la ley.

Pero el plato fuerte no está en sus apuntes. Está, como debe ser, en sus dibujos. Acaso por no estar bajo el yugo de entregar material a contrarreloj o porque Oaxaca con todas sus situaciones, fue un verdadero detonante creativo, el caso es que Kuper ofrece un catálogo de imágenes que invitan a ser visitadas una y otra vez.

En las páginas el artista estadounidense echa mano de dibujos, collages, fotografías, lápices de colores, acuarelas y montajes para dar salida a las imágenes que llenan su día a día en el sureste mexicano.

El mosaico creado por Peter da espacio lo mismo a una ilustración de un comando de granaderos encarados por una mujer, que al célebre y milenario árbol de tule; lo mismo presenta esténciles que recrean la efigie de Ulises Ruiz (a.k.a. URO) que dibujos de camiones incendiados o barricadas y retenes. Pero, se reitera, no es sólo eso.

Kuper también ofrece una variedad de ilustraciones que buscan recrear en el papel la riqueza de uno de los estados más coloridos del país. Escorpiones, alacranes, escarabajos y mariposas aparecen por aquí y por allá, con pretexto o sin él, reivindicando su paralela vocación entomológica.

Con ilustraciones parcas que llenan una página, con bombardeos visuales que rayan en el barroco, aquí viñetas y allá fotomontajes. Con todo eso desfoga su ansia creativa. Describir el libro de Kuper es una misión tan ardua como imposible.

Al intentarlo, se cae en cuenta de por qué es mejor ser dibujante: para expresar con imágenes todo aquello que es imposible detallar con palabras.

Limitar los alcances de Diario de Oaxaca al conflicto entre maestros y autoridades sería hacerle una terrible injusticia al trabajo de Kuper. Sin embargo, también lo sería dejar de lado la visión de un artista comprometido con su labor, con su ideología y su capacidad de adaptarse a una situación que, sin ser buscada, prácticamente se instaló en la sala de su casa.

Pudiendo encerrarse en el jardín trasero a dibujar insectos, el estadounidense tomó cartas en el asunto para ofrecernos las páginas de un diario que invita a ser visto repetidas veces con el objetivo de descifrar –o al menos intentarlo– cada una de las ilustraciones y viñetas que le dan forma.

Al ver el trabajo de Peter Kuper (y el de tantos otros dibujantes) quizá sea más fácil hacerse a la idea y pagar esa carrera universitaria o confiar las hijas a los integrantes de ese extraño ejército que se afana, con buenos argumentos, por reivindicar el oficio del periodismo gráfico.

Un oficio que, hay que decirlo, se encarga de ponerle sabor a las notas que en estos días nefastos llenan los periódicos con ejecuciones, crisis económicas y guerras intestinas entre gobiernos y cárteles.

 
Citas
  1. Esos tres años a los que se refiere Kuper se acaban en diciembre de 2010.

 


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