Mi reino es de este mundo

El reino // Emmanuel Carrére, Anagrama, 2015

Por: Paola Tinoco

Uno de los escritores más influyentes de Europa en años recientes es Emmanuel Carrère, un tipo relajado, sin poses de intelectual y creyente en las novelas de no ficción más que en el cristianismo, tema de su más reciente novela, El reino.


Este libro es un híbrido entre periodismo de investigación, ensayo, un poco de ficción y memorias, donde elabora una minuciosa revisión del cristianismo desde el contenido de sus evangelios hasta la relación de los creyentes con la fe en tiempos modernos.  Su interés en este tema, según deja ver, es el mensaje de transgresión y cuán desmesurada puede ser la fe.


Desde su aparición en francés, este libro ha causado revuelo y ha conseguido ventas superiores a los cien mil ejemplares además de obtener numerosos premios, entre ellos el Le Monde.  Mucho reconocimiento, excepto el prestigiado Goncourt, otorgado por la crítica y los libreros. Se esperaba que El reino fuera el ganador o como mínimo, figurara en la short list, pero Bernard Pivot, presidente del jurado, escribió una crítica feroz acerca de la novela y dejó clara su postura:  es (a su juicio) un libro de mal gusto que incluye varias páginas pornográficas sin justificación en un texto sobre Dios como si se tratara de un mero divertimento. Un argumento contradictorio de un jurado en Francia, el país del Marqués de Sade. Sin embargo, la voz narrativa de Carrére va más allá de eso y se oye desde hace ya varios libros: De vidas ajenas, Una semana en la nieve, que fue llevada al cine igual que El bigote. Una novela rusa, historia autobiográfica donde narra episodios de la vida de su familia por parte de la madre, momentos vergonzantes (incluida la transcripción de una carta pornográfica dirigida a una de sus novias) y Limónov, ese polémico outsider ruso de quién escribió una magnífica biografía novelada e hizo que Carrére fuera más visible en América Latina. 


El lector no tendrá problemas para encontrar en San Lucas (en El reino) al propio autor, o para hallar, probablemente, una serie de dudas respecto a su vida religiosa, que no había verbalizado hasta adentrarse en el reino de este gran escritor. 


Al respecto, el mismo Carrère declaraba al diario El País: “al leer el Evangelio según San Lucas, intuyo a un escritor detrás del texto. No me sucede con Marcos o Matías, que están más descosidos, pero con Lucas sí intuyo una personalidad de escritor. La propia redacción de los evangelios se enmarca prácticamente en la multiplicidad de puntos de vista de la literatura moderna. Es algo por lo que la Iglesia merece ser ensalzada: en lugar de ceder a la tentación de reducir las distintas versiones a una sola, esa Iglesia primitiva prefirió mantener las cuatro principales. Supongo que fue por honestidad, pero también por intuición literaria: cuatro voces sobre una misma historia suman más que una sola”.


No deje de leerlo y juzgue usted si el jurado del premio Goncourt tuvo razón en llamar pornográficos aquellos fragmentos que fueron suficientes para minimizar el talento de Emmanuel Carrére.

 


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