La desigualdad como brecha democrática

Por: Diana Vera Álvarez
Maestra en Políticas Públicas. Especialista en Transparencia y Gobierno Abierto.

Título del libro: Ciudadanos a las urnas.
Autor: Thomas Piketty.
Editorial: Siglo XXI.
Año de publicación: 2017.

Referir el estado de la democracia en México implica también un repaso del sistema político del país y de sus instituciones, de la idiosincrasia de su clase media, del bienestar social de sus habitantes y de las brechas o grandes distancias entre la distribución de riqueza y felicidad entre sus habitantes. De esta manera, una mirada positivista tampoco debe distar de un sentido autocrítico. Y, precisamente, desde esa perspectiva afilada y realista pero no menos esperanzada en la ciudadanía y en la democracia, es como Thomas Piketty, el reconocido economista francés, especialista en desigualdad social, plantea una diversidad de reflexiones publicadas mensualmente a manera de columnas de opinión en los diarios Libération y Le Monde entre 2014 y 2017, y que tuvo a bien antologar en su libro ¡Ciudadanos, a las urnas! Crónicas del mundo actual, que, si bien, aún está muy lejos de alcanzar los 2.5 millones de ejemplares que vendió su emblemático libro El Capital en el Siglo XXI (2013), sí tiene mucho qué decirnos y, sobre todo, cuestionarnos, a sus lectores latinoamericanos, a partir de los temas, análisis y conclusiones arrojadas en esta nueva entrega.

En ¡Ciudadanos, a las urnas!..., Thomas Piketty traza un mapa temático centrado en tres grandes ejes: a) Europa y sus lecciones de desarrollo de posguerras, b) Francia y la urgencia de reducir la hipocresía de las desigualdades y c) el resto del mundo ante el fenómeno de una nueva globalización en donde las desigualdades difundidas por el actual capitalismo global y desregulado “no tienen mucho qué ver con el ideal del mérito y eficacia descripto por quienes son los ganadores de este sistema”.

En este sentido, y confrontados en las ideas de Piketty en dicha tercera parte, es que, a partir de nuestro contexto mexicano frente a una nueva etapa de alternancia en el Ejecutivo y en las Cámaras tras el reciente proceso electoral, ¿qué podemos decir acerca de una nación como México, donde, según la ONG Artículo 19, tenemos la mayor tasa de asesinatos de periodistas en Latinoamérica (105 muertes desde el año 2000 a la fecha)?, ¿de este país, donde, en términos de nivel de confianza entre los ciudadanos, las seis peores instituciones son los partidos, los sindicatos, los diputados y policía, la Presidencia y los senadores?, ¿de una sociedad que, según el CONEVAL (2018) entre sus más de 120 millones de habitantes 44% de su gente vive en condición de pobreza y a 8% en pobreza extrema?, ¿de un sistema electoral cuya partidocracia está en crisis al menos desde 2006 –cuando la investidura presidencial fue otorgada entre jaloneos, gritos y empujones– y la corrupción, en lugar de erradicarse, se ha sistematizado?

Para Piketty, el tema de la desigualdad es capitular para alcanzar una adecuada regulación de las fuerzas económicas y financieras, para el ascenso de las desigualdades fuera de la amenazante exacerbación de las crispaciones identitarias (¿caravana migrante?) y los repliegues nacionales, tanto en los países ricos como en los pobres y emergentes. Por ello, es preciso dejar de vernos el ombligo y atender a una mirada más global sin desafiar nuestras propias necesidades. El mismo Thomas Piketty señala, al respecto de la desigualdad moderna que “combina elementos viejos –hechos de relaciones de dominación brutal y de discriminaciones raciales y sociales– con elementos más nuevos, que a veces desembocan en formas de sacralización de la propiedad privada y de estigmatización de los perdedores aún más extremas que en las etapas de globalización previas”, reflexión que se entiende más allá de vencedores y vencidos en las urnas, más allá de las doctrinas partidistas (¿existen?) en el México actual, en medio de un contexto en que, según Piketty, “los avances del conocimiento y de la tecnología, así como la diversidad y la inventiva de las creaciones culturales, podrían permitir un progreso social sin precedentes”.

De igual manera, los primeros dos ejes temáticos de ¡Ciudadanos, a las urnas!..., reúnen textos que ponen nuestras barbas a remojar tras el análisis de fenómenos complejos y poco dimensionados de manera colectiva, como el Brexit, la deuda pública europea, la migración, el populismo, las desigualdades europeas y las reformas laborales. En estos apartados, Piketty decanta una mirada que apunta a la renovación de las instituciones y al empoderamiento ciudadano como única vía para la disminución de las desigualdades y el fortalecimiento de la vida democrática, es decir, “una reformulación democrática de las instituciones permitiría generar avances en la solidaridad e implementar las mejores estrategias de desarrollo”.

Y sí, tal como señala este economista, si bien la democracia no resuelve todos nuestros conflictos sociales, al contrastar sus reflexiones, en México tenemos una democracia germinal en la que, pese a sus claroscuros, disponemos de partidos políticos diversos, elecciones cada vez más competidas, representación plural, un Ejecutivo acotado por las demás fuerzas políticas y los otros dos poderes, en comparación con nosotros mismos, hace, por lo menos, cincuenta años. Sí, la democracia nos pesa y mucho, pero sin estos indicios nos pesaría más.

Finalmente, Piketty también retrata el fenómeno de Trump y su ascensión al poder como un reducto social ante el estallido de las desigualdades económicas y territoriales de EUA, así como de la incapacidad de sus gobiernos previos (durante décadas) para afrontarlos; de igual forma, el economista galo aborda la contaminación mundial como el nuevo foco rojo económico y la (ir)responsabilidad de las potencias mundiales para asumirlo; así como otras miradas a las desigualdades de mercados emergentes, consolidados o en crisis como Hong Kong, India, Brasil, Sudáfrica, además de desmenuzar otras aristas acuciantes como el terrorismo, el populismo y el débil papel de los medios de comunicación porque están en manos no de los millenials ni de sus redes sociales, sino de grandes corporativos o magnates que ven a los medios no como un cuarto poder, sino como un poder de inversión y expansión de sus divisiones comerciales.

Por ello, la lectura de ¡Ciudadanos, a las urnas!..., implica una introspección ineludible como latinoamericanos y, más específicamente, como mexicanos, ya que, al final del día, nos asoma a un espejo de una democracia instalada en un desencanto de lo político, en donde lo más apremiante es la base ciudadana, aquella en la que debemos trabajar y colaborar para no tener peores gobiernos, donde dejemos de ocupar los lugares más altos en pobreza, corrupción, educación, salud y demás derechos que permiten que a un país crecer y que se le reconozca como ejemplo. Donde, en palabras de Piketty, la democracia repose “sobre la confrontación permanente de ideas, el rechazo a certidumbres prefabricadas, y la renovada decisión de, sin concesiones, poner en entredicho instancias de poder y dominación”.

 

 


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