La complejidad de las ciencias sociales en la sociedad de la información y la economía del conocimiento

Los debates que terminan desconfiando o abominando de las nuevas tecnologías, con infundado prejuicio, arrancan desde este enfoque que confunde el impacto tecnocientífico con el capitalismo neoliberal

"La complejidad de las ciencias sociales en la sociedad de la información y la economía del conocimiento".
Carlos E. Massé Narváez (coordinador).
El Colegio Mexiquense, A.C., Toluca 2005.
 
Por: Martín Mora
 
Este libro reúne colaboraciones que giran en torno a las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad. En concreto, con el ámbito de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), sus impactos en las ciencias sociales iberoamericanas, sus aportaciones teóricas y metodológicas para el estudio de la sociedad informacional.
 
Es una obra que se estructura de manera heterogénea, pero que gravita en torno al papel que las nuevas tecnologías juegan en el entramado social, económico y cultural latinoamericano. Esta es su huella de identidad y su novedad.
 
El libro se construye a partir de dos grandes apartados: uno que documenta la enorme transformación teórica que ocurre con las innovaciones tecnocientíficas y ciberculturales; y el otro en que se presentan estudios de caso que aportan el corolario puntual de este trastocamiento.
 
En la primera parte aparecen textos diversos: “Nota para un enfoque filosófico materialista de la globalización”, de Pablo Huerga; “Las ciencias sociales: entre la imaginación y la utopia”, de Gabriel Gutiérrez; “La teoría de la información en la diversidad disciplinaria”, de Carlos Massé; “El fenómeno “cibersocial”: reflexiones culturales desde la posdisciplinariedad”, de José Palacios; “La sociedad del conocimiento: entre la realidad de las máquinas y la virtualidad social”, de José Luis Anta; “La digitalización de la univerisidad en el capitalismo contemporáneo”, de René Pedroza; y “Acceso y uso de la Internet: entre la desigualdad y la polarización”, de Nelson Arteaga.
 
En la segunda parte: “Las formas de organización, los procesos de calidad y los trabajadores del conocimiento en la industria del software”, de Prudencio Mochi; “Influencia de las tic en los mecanismos de producción de la ciencia: un estudio exploratorio de caso”, de Julia Buta y Gabriela Sued; “Los cambios tecnológicos y las negociaciones internacionales en materia de protección a la creatividad”, de Fernando Alfonso Rivas; y “Las comunidades virtuales de migrantes en los Estados Unidos, su impacto y su vinculación con el lugar de origen. El caso de San Martín de Bolaños, México”, de Miriam Cárdenas.
 
En efecto, la primera parte introduce la discusión acerca de las transformaciones teóricas que están dándose en las ciencias sociales y humanas, y que conviene agendar dentro del campo académico.
 
Viene a cuento la pregunta que plantea en la introducción el coordinador del libro: “¿Se estaría haciendo ciencias sociales a partir de la red como hecho social, o se está pasando a hacer una cibersociología donde la realidad de estudio de la que se parte es también el punto donde se pretende llegar?”
 
Desde mi punto de vista como lector y como investigador en estos temas, creo que la pregunta parece confundir que el impacto de las tic no radica en los temas de estudio (la red) sino que significa la fundación de nuevas maneras de pensar lo social y que una lectura desde el pensamiento moderno, taxonómico y disciplinario, ofrece esta visión esencialista, pero que el quid de la cuestión radica en cambiar de modo de pensar lo que simplificadamente se da en llamar la “sociedad informacional”.
 
Por ello, los trabajos contenidos en la primera parte insisten en problematizar viejas categorías que son un lugar común, bastante improductivo: la globalización neoliberal; la brecha digital; “las relaciones entre inforrícos (SIC) e infopobres”; la hegemonía y la colonización cultural; el poscapitalismo; la idea de ciudadanía y lo político.
 
En suma, estas categorías no son el punto de partida ni el telón de fondo de las aportaciones, sino que son, desde mi perspectiva, las que están en cuestión y que conviene desmadejar en beneficio de una nueva manera de pensar lo social.
 
Así, el trabajo de Pablo Huerga (publicado también en dos revistas electrónicas distintas) es susceptible de caer en el enredo: es poco empático recurrir a la observación de las nuevas tecnologías desde un mirador centrado en las viejas categorías del materialismo filosófico.
 
Sin entrar en detalles, puede señalarse que una enorme porción de los debates que terminan desconfiando o abominando de las nuevas tecnologías, con infundado prejuicio, arrancan desde este enfoque que confunde el impacto tecnocientífico con el capitalismo neoliberal, cualquier cosa que eso signifique.
 
Insisten machaconamente en el determinismo tecnológico y sus peligrosos cantos de sirena, desde un encuadre marxista que, hay que decirlo, suena un tanto envejecido.
 
Por su parte, Gabriel Pantoja ofrece un interesante panorama de la manera en que las ciencias sociales han remodelado sus estatutos a partir de la tecnociencia.
 
Se trata de un trabajo denso, filosóficamente pertinente, aunque insista en los peligros de la internet: los virus, los hackers, etcétera, a nuestro juicio con demasiada alarma, porque sigue confundiendo el hackerismo con la piratería, uno de los errores mediáticos más repetido.
 
El trabajo de José Palacios insiste en la precaución para no cantar las excelencias de la transformación tecnológica sin ponderar los efectos indeseables que comportan: su “…carácter autorreferencial y posmoderno”.
 
Aunque no comparto muchos de sus enfoques autorales, tengo la impresión de que es necesaria la crítica de lo tecnocientífico, habida cuenta de que sus acólitos desbordan un optimismo y una novedad que no se corresponde con la realidad.
 
En concreto, y porque conozco el terreno, sé que los investigadores españoles que orbitan en el tema de la internet a veces son extraordinariamente ingenuos (e incluso fetichistas), precisamente porque han olvidado un linaje de autores que desde las teorías de la complejidad ya planteaban décadas atrás estos mismos temas.
 
Tiene razón Pedroza al enfatizar en su colaboración que “…las tic, en el modelo de universidad tradicional y de universidad virtual no producen pedagogía en sí mismas...” y que “…son un medio, pero no un fin pedagógico” (203), y viene a colación ante la desmedida fe que se concede a los modelos virtuales o no presenciales de educación como una alternativa novedosa que se nutre, y aquí está la trampa y el error, en un estilo presencial, vertical, “de monasterio”, como señala Himanen en su estudio sobre la ética del hacker.
 
En este sentido, la crítica de las supuestas novedades de las nuevas tecnologías sí viene a cuento y la comparto, de manera similar a como Arteaga plantea en su colaboración el papel de la internet en la sofisticación de los mecanismos de exclusión social: hay que cuestionar el carácter supuestamente democrático que genera la internet porque todos sabemos que las tecnologías no liberan ni enajenan por sí misma, sino que son instrumentos dependientes de la agencia humana.
 
Debo confesar que me he sentido más identificado con algunos textos de este libro. En concreto con: 1) el trabajo de José Luis Anta, por su uso de autores extraordinarios y poco conocidos en nuestro continente, como Michel Serres, Paul Virilio, Donna Haraway.
 
La teoría vinculada a las nociones de red, actantes, políticas de la velocidad, cyborgs o parásitos, es la que me parece mejor sintonizada con los alcances del fenómeno cibercultural y de la sociedad del conocimiento.
 
Repito, simpatizo más con estos autores porque yo mismo lo utilizo en investigación y en publicaciones que he realizado solo o en coautoría (Cyborgs y extituciones: nuevas formas para lo social, cucsh- u de g, Guadalajara 2004); 2) con la investigación que presentan en este libro Julia Buta y Gabriela Sued, analizando desde la teoría del actor-red y la antropología simétrica, a un grupo de investigación instalado en la Argentina.
 
De la mano de Michel Callon, Bruno Latour, Karin Knorr-Cetina, realizan un estupendo estudio sobre los procesos de creación de conocimiento desde el punto de vista de los estudios sociales de la ciencia, el software libre y la ética hacker; 3) con el estudio que hace Miriam Torres sobre la comunidad virtual generada con la página web de San Martín de Bolaños, Jalisco, y en donde los habitantes de esa ciudad continúan en comunicación, agencia política y creación de ciudadanía, junto con los emigrados hacia los Estados Unidos.
 
Este texto me resulta especialmente sugerente por diversas razones: se inscribe de manera directa en nuestro medio; apunta el dedo hacia un área muy provechosa del impacto tecnocientífico que investigamos muy pocos académicos (demasiado pocos) de la Universidad de Guadalajara; ofrece pautas para hacer estudios etnográficos sobre las comunidades virtuales, y abona el terreno de las ciencias sociales emergentes.
 
Por razones de tiempo y pertinencia, y con una amplísima recomendación para su lectura, resalto tres cuestiones que se desprenden del estudio de Torres:
 
a) El debate sobre el voto de los mexicanos en el extranjero; su puesta en marcha por primera vez; su enorme costo económico frente a lo útil que sería utilizar fórmulas informacionales (voto electrónico, tarjeta de identidad digital, plataformas electrónicas en lugar del correo tradicional: en suma, gobierno en línea)
 
b) El extraordinario papel que podrían jugar los centros universitarios regionales de nuestra universidad como catalizadores de la revolución digital y del modelo de trabajo comunitario en red
 
c) La urgencia para que la Universidad de Guadalajara incorpore a todos los investigadores en estos temas en un proyecto común que permita sustentar y proponer una vigorosa tradición en estudios sociales de la ciencia y la tecnología, como punta de lanza en el continente.
 
Como podrá notarse a partir de mis impresiones como lector, este libro es una extraordinaria aportación al debate académico. Con algunos deslices y erratas en la edición (iberoamerica, inforrícos, Braudillard, Castel por Castells...); con propuestas que merecen un debate a profundidad; con colaboraciones que nos conectan con los estudios que se realizan en España y con sólidas aportaciones desde nuestro continente, este libro hace honor a su título y celebra la enorme complejidad de las ciencias sociales en la sociedad del conocimiento.
 

Publicado por: