Informe contra mí mismo

El olvido es una sábana volátil como el vaho, es el polvo que cubre las añoranzas y las congojas

Por: José de Jesús Gómez Valle

La memoria es menos capriochosa que el olvido. Es un crisol de recuerdos, de aventuras, de desventuras. ¿De qué manera podemos abstraernos de lo que nos hace vivir, de lo que nos hace soñar, de lo que nos ha hecho llorar?

El olvido es una sábana volátil como el vaho, es el polvo que cubre las añoranzas y las congojas, pero es sano de vez en vez sacudir para que ese polvo no se torne corteza inamovible.

Ante esta disyuntiva se enfrenta siempre el literato, el creador. La creación, por fortuna, es un ejercicio voluntario, personal y, por supuesto, subjetivo. Pero la creación, en el proceloso océano de las diferencias, se aferra a la balsa de los recuerdos, de la memoria, aunque a veces duela y sea verdad.

Informe contra mí mismo es un libro a favor de lo que amo: mi familia, los amigos, la isla entera. No me propuse una memoria de la historia sino una primera historia de mi memoria. Preciso: la emocionante memoria de los míos.

Sobre la experiencia de la revolución cubana se ha debatido casi siempre en defensa de posiciones extremas. A quemarropa. La razón dicta. La pasión ciega. Sólo la emoción conmueve, porque la emoción es a fin de cuentas, la única razón de la pasión […] Lo único imperdonable es el olvido.

Tarde o temprano, los cubanos nos volveremos a encontrar, bajo la sombra isleña de una nube. Hay que estar atentos: el toque de una clave se escucha de lejos.

Las líneas anteriores se encuentran en el libro que Eliseo Alberto (Arroyo Naranjo, La Habana 1951) escribió como un necesario ejercicio de desahogo para expulsar, de lo más profundo de sus entrañas, el desasosiego que le causaba la solicitud que le hicieran oficiales del ejército cubano para que informara sobre las actividades que se desarrollaban en su casa.

Informar era, en esta ocasión, la misión que se le encomendaba al entonces teniente de reserva y militar activo “desde cualquier trinchera”.

Agentes del apartado cubano de iteligencia –si se le puede llamar de esa manera– le ordenaron mantenerlos informados de todo contacto con visitantes extranjeros, independientemente de posturas políticas: “Estamos en guerra contra el imperialismo yanqui […] La guerra es la guerra.

Necesitamos que nos mantengas al tanto de lo que se habla en tu casa. Nunca se sabe dónde va saltar la liebre. Es cosa de rutina. No te prohibimos relaciones con extranjeros, como está ordenado, pero pedimos tu colaboración en esta tarea”. Esas fueron las palabras que a Eliseo Alberto lo llenaron de pavor, como él mismo lo confiesa.

La estructura de Informe contra mí mismo es versátil, flexible, como debe ser cuando se escribe desde el corazón y sin mezquindades. Como una especie de presentación de lo que vendrá más adelante en la obra, en su prólogo van y vienen la emociones, como van y vienen los sentimientos de odio-amor entre los cubanos de la isla y los cubanos en el exilio; sincretismo de recuerdos y nostalgias.

Ya deslizados en el vaivén de las conmociones de intenso carácter, los lectores no podemos detenernos en los siguientes once capítulos y un epílogo (agregado en 2002) que completan las 357 páginas del libro.

A lo largo de la obra conviven y se disputan un lugar en ella la fenomenología, el género epistolar, la prosa contundente y, por supuesto, la poesía. No podría ser de otra manera: la pluma profunda y pródiga del autor de Caracol Beach (que le valió el Premio Alfaguara de Novela, en 1998), no otorga ni pide concesiones si de narrar la compleja realidad cubana se trata.

El valor literario de Informe contra mí mismo es el informe en sí. Más allá del aspecto formal, el contenido no tiene desperdicio, ni un párrafo, ni una línea, ni una coma están de más.

En sus páginas podemos encontrar un desfile de los grandes literatos cubanos, reconocidos, ignorados o perseguidos por el sistema: pasan lista de presente, Lezama Lima, Heberto Padilla, Nicolás Guillén, Reinaldo Arenas, Antonio Conte, Josefina de Diego, Julio Antonio Casanovas, Cintio Vitier, Eliseo Diego, entre otros; así como los poetas insignia de la excelente poesía cubana: Rolando Escardó, Luis Rogelio Nogueras y Raúl Hernández Novás, que cambiaron su vida por la perpetuidad en la literatura, porque “La Muerte no es tan rara nada: le gustan los poetas, la poesía y la juventud, como a las viejas putas de abolengo”, escribiría Eliseo Alberto al recordarlos.

Además de grandes artistas cubanos, que tenían de cierta manera alguna relación de amistad con la familia de Lichi (apodo de Eliseo Alberto) y del recuerdo de sus amigos y de sus lugares de infancia, en su libro el autor, sin negar una postura ideológica, de la cual difícilmente se puede sustraer un intelectual, plantea una hipótesis de lo que a su entender aniquiló los ideales sobre los que se sustentaba la revolución cubana: el asesinato de Ernesto Che Guevara en Bolivia; la ofensiva revolucionaria de 1968; el fracaso de la zafra de los diez millones de toneladas en 1970, y el Primer Congreso de Educación y Cultura, que únicamente burocratizó y le dio un carácter “oficialista” a la cultura. Fueron “los cuatro infartos que anunciaron el colapso de la utopía rebelde”.

Eliseo Alberto detalla cómo estos "cuatro infartos" fueron el principio del ensanchamiento de una brecha que se sigue dilatando, hasta la actualidad, entre un sistema político caduco y un pueblo inocente que paga con lágrimas de sangre el destino de haber nacido en la isla caribeña.

La parte política de Informe contra mí mismo es una abierta crítica tanto a la obsoleta dictadura como a la prepotencia imperial, que con un absurdo embargo económico le da una justificación nada despreciable al régimen cubano para que se siga perpetuando en el poder. Un régimen personalizado en un principio por el caudillo carismático y héroe de la revolución Fidel Castro, y posteriormente por su hermano Raúl.

La mutación de un régimen heróico en uno tiránico pasó por la paranoia de ver en cualquier persona a un “enemigo de la causa”. El puritanismo y la intolerancia oficialista fueron, entre muchas otras, causas por las que el pueblo cubano dejó de creer en su utopía.

Además, las duras réplicas de la realidad mostraban fehacientemente que las promesas de la revolución daban fruto únicamente en las parcelas de la clase política dirigente, aunque se reconocieran algunas conquistas del proceso revolucionario.

Parafraseando a su maestro Horacio Quiroga (“Que no te obedezca no quiere decir que te traicione”), Eliseo Alberto expresa:

El meido puede explicar buena parte de lo sucedido en mi país. Durante demasiados años aceptamos con inocencia digna de mejor causa los trucos de no pocos lobos disfrazados de corderos: tienes razón Fulano, pero no es el momento oportuno; tienes razón Mengano, pero éste no es el canal establecido; tienes razón Esperancejo… ¿pero no le estaremos haciendo el juego al enemigo?

Y Esperancejo, Mengano y este Fulano que les habla pospusieron la defensa de su pequeña verdad, quien quita equivocada, en espera de tiempos mejores.

Hasta que un día aprendimos que en boca cerrada no entran moscas, y el miedo nos secó la lengua, y ya no supimos dónde diablos estaba el enemigo, ni cuáles podían ser las tribunas propicias y, en consecuencia, el momento oportuno no llegó, o vino tan tarde que entonces habíamos olvidado lo que íbamos a decir a nuestros compañeros. De tanto callar nuestro silencio casi nos deja mudos.

Informe contra mí mismo tiene varias aristas. Rescato la de la reivindicación de un pueblo alegre, noble y digno que no entiende, ni tiene por qué entender, de ideologías. Un pueblo que hace de la amistad y del amor familiar y fraterno un verdadero apostolado. Un pueblo que demuestra que la condición humana no puede existir más allá de la pasión.

Anticipándose a sus posibles detractores el también autor de La eternidad por fin comienza un lunes, realiza una especie de declaración de fe al hablar sobre su Informe…:

Quizá alguien piense que estoy coqueteando con el enemigo, que me vendí por treinta monedas; alguien escribirá en alguna gaceta literaria que, como rata en barco que se hunde, aprovecho los momentos más angustiosos de la revolución para acumular méritos ante ‘los guardacostas del imperio’, siempre a la caza de ingratos, pero si no lo digo ahora y en voz alta, nunca más podré pensar en aquel niño de siete años que era yo hace treinta y seis eneros, y que una mañana vio pasar por la Calzada de Jesús del Monte a los barbudos que traían a su pueblo la felicidad tantas y tantas veces prometida.

Esa felicidad amenazada por el gobierno de Estados Unidos, bloqueada por la política torpe de un enemigo que nunca ha entendido a los que malvivimos al sur de sus fronteras.

Informe contra mí mismo es un ejercicio catártico para su autor, pero para sus lectores es una genuina obra de la literatura bordada por autores cubanos en el exilio.

Navegando en contra de su propio silencio y atrapado por las pesadas sombras del retraimiento, Eliseo Alberto logró amalgamar un libro escrito con el fervor y con el estoicismo de quien sabe que cuando se ama se sufre.

Si deseamos entender, aunque sea mínimamente, la compleja actualidad cubana y sus causales con un alto valor literario, este libro es una obra imprescindible.