En el poder y en la enfermedad

La relación entre medicina y política ha sido intensamente estrecha, a tal grado que en múltiples ocasiones los padecimientos de los políticos han tenido consecuencias graves en el desarrollo de los eventos más importantes de la historia

Por: Laura García Navarro

Nunca antes el mundo estuvo tan cerca de la destrucción como aquel octubre de 1962. La carrera armamentista había llegado demasiado lejos: 162 misiles nucleares en Cuba con la capacidad de destruir a los Estados Unidos y dar inicio a una guerra que tendría consecuencias desastrosas.

Millones de personas esperaron que John F. Kennedy tomara la decisión que afectaría para siempre sus vidas. En la distancia, el mandatario soviético Nikita Khruschev atendía a las palabras del presidente, temiendo la inminente invasión a la isla cubana en respuesta a su abierto desafío. “Apelo al presidente Khruschev para que frene y elimine esta amenaza clandestina”, demandó Kennedy.

Sorpresivamente, la urss aceptó. La tensión había terminado. Los millones de personas que sintonizaron el discurso presidencial pudieron al fin respirar tranquilos, sin imaginar siquiera que su seguridad esta vez no dependió solo de la habilidad política de los mandatarios.

Sin por lo menos concebir la posibilidad de que, si Nikita Khruschev se encontrara en ese momento en uno de sus tantos episodios de hipomanía, y Kennedy hubiera ingerido un coctel de esteroides, procaína, anfetaminas y drogas recreativas más grande de lo usual, el destino de esos millones de personas habría sido distinto.

Para David Owen, autor del libro En el poder y en la enfermedad. Enfermedades de jefes de Estado y de Gobierno en los últimos cien años la relación entre medicina y política ha sido intensamente estrecha, a tal grado que en múltiples ocasiones los padecimientos de los políticos han tenido consecuencias graves en el desarrollo de los eventos más importantes de la historia.

Es este vínculo entre ambas disciplinas la premisa central del libro, donde el autor hace gala de amplios conocimientos tanto en materia política como médica, respaldados por una vasta bibliografía, entrevistas a algunos de los actores principales de los casos analizados, y por su propia experiencia, que se deja entrever en una serie de anécdotas sobre muchos de los personajes más importantes del siglo xx.

David Owen (Plymouth, 1938) es un reconocido político inglés, miembro del Parlamento durante 26 años, ministro de Sanidad y de Asuntos Exteriores en administraciones laboristas y cofundador del Partido Socialdemócrata, que también dirigió. Su experiencia es vasta en política internacional.

Sin embargo, antes de entrar a la vida política, se dedicó por seis años a la medicina, con especialidad en neurología. El propio Owen menciona que su interés por combinar ambas disciplinas surge de su experiencia como médico, al atender a políticos con presiones tan grandes, que en ocasiones desembocaban en problemas de depresión y alcoholismo.

Surge entonces la idea central de la obra En el poder y en la enfermedad…: la forma en que los padecimientos físicos y mentales de los políticos afectan su desempeño en los cargos públicos y condicionan la toma de decisiones.

También analiza aquellos casos en los que los mandatarios no presentan enfermedad alguna, pero en su gestión desarrollaron, como cita Owen a Bertrand Russell, una “embriaguez de poder”. El autor bautiza este fenómeno, aún no reconocido por la ciencia, como síndrome de hybris.

En la primera parte, David Owen analiza las enfermedades que aquejaron a alrededor de treinta políticos durante sus administraciones, en un periodo que consta de 1901 a 2007, desde el asma y la diarrea crónica de Theodore Roosevelt, hasta la hemorragia cerebral del primer ministro israelí, Ariel Sharon, que le impidió continuar con su mandato, pasando por las depresiones de Winston Churchill y de Willy Brandt, el transtorno bipolar de Lyndon Johnson y el temperamento paranoide y el alcoholismo de Richard Nixon.

Resalta el caso del presidente Woodrow Wilson, quien, debido a una trombosis progresiva en el hemisferio derecho desarrolló síndrome de inatención, que lo llevó a perder sensibilidad de un lado entero de su cuerpo.

Su conciencia también se vio disminuida. Durante los siete meses que duró su crisis, su esposa Edith tomó su lugar y empezó a ocuparse de los asuntos presidenciales de su marido.

Curiosamente, mientras Edith Wilson se convertía en “la primera presidenta de Estados Unidos” como muchos la llamarían posteriormente, en Francia la esposa del vicepresidente Paul Deschanel tomaba decisiones y firmaba documentos en sustitución de su marido, debido a la demencia frontotemporal que este padecía y que lo obligaba a actuar de manera desinhibida, hasta que no tuvo más opción que presentar su dimisión.

La intervención de las esposas de los políticos en los asuntos gubernamentales no se hizo pública sino hasta años después.

Si bien el autor afirma que no hubo una idea aglutinadora en la selección de los casos, el tratamiento que dieron los mandatarios, sus familias y sus equipos permite encontrar ciertas constantes en casi todos ellos.

En primer lugar, salta a la vista el secretismo con el que se manejó la enfermedad del político, con fines electorales, principalmente cuando se trataba de padecimientos mentales. En segundo lugar, la complicidad entre el médico y el paciente para alterar la información que la sociedad recibiría sobre la enfermedad del líder.

Finalmente destaca la dificultad que representa detentar un mandato cuando la enfermedad del titular comienza a ser un impedimento para sus funciones. Los padecimientos fisiológicos, no por la gravedad sino por el hermetismo que los envolvió, tuvieron consecuencias negativas para el curso de la historia.

En la mayoría de los casos, las ambiciones personales y la conservación del poder se colocaron por encima de los intereses del Estado.

Mención aparte merecen los historiales de los principales dictadores del siglo xx. Las descripciones clínicas que Owen realiza de Hitler, Mao Zedong, Mussolini y Stalin pretenden responder la pregunta básica que miles de personas se han hecho para explicar la razón de sus crímenes, ¿estaban locos?

El autor hace un profundo análisis tanto médico como político para deducir que ninguno de estos personajes puede ser absuelto de responsabilidades por una afección mental.

Si bien tanto Mao Zedong como Iósif Stalin poseían un carácter predominantemente paranoide y Benito Mussolini  perdió contacto con la realidad después de permanecer veinte años en el poder, estas características no explican los millones de muertes que perpetraron en sus países.

Físicamente ninguno de ellos padeció ninguna enfermedad de gravedad. En el caso de Adolf Hitler, no existe registro de padecimiento físico o mental en la cúspide de su poderío.

Es al final de su vida cuando desarrolla una fuerte adicción a la cocaína aunada a la enfermedad de Parkinson. Para el autor, el único mal que presentó durante su auge fue el síndrome de hybris.

Cabe mencionar que la descripción que realiza sobre la trayectoria del síndrome en Hitler es el mejor análisis acerca de hybris en la obra.

Sin embargo esta afectación, al no ser considerada una enfermedad mental, no puede levantar el castigo que la historia ha puesto sobre él: “no hay pruebas convincentes que permitan clasificar a Hitler como un enfermo mental; antes bien es preciso describirlo como la encarnación del mal político” (p. 73).

La segunda parte es la mejor lograda del libro. Con profundos conocimientos del contexto político y haciendo uso de su experiencia como ministro de Asuntos Exteriores, David Owen analiza las enfermedades de cuatro jefes de Estado y de gobierno y su impacto en las decisiones que tomaron mientras estuvieron en el poder.

Las historias del primer ministro británico, Anthony Eden; del presidente John F. Kennedy; del sha de Irán, Reza Pahlevi; y del presidente francés, François Mitterrand, conjugan las ideas más importantes de toda la obra.

Una de las preocupaciones principales del autor es el secretismo en torno a las enfermedades de los mandatarios. La información oportuna sobre sus afectaciones podría incluso cambiar el curso de los acontecimientos, y a diferencia de lo que los políticos temían, el cambio habría sido positivo.

La enfermedad del sha Pahlevi es el mejor ejemplo que presenta Owen para sustentar su afirmación. El secreto mejor guardado de Oriente era precisamente la leucemia linfocítica crónica que aquejaba al líder autoritario.

Era tal el misterio que rodeaba la fatal enfermedad, que al principio solo ocho personas conocían su existencia, incluyendo tres médicos franceses, al propio sha y a su esposa. Incluso el tratamiento prescrito se colocaba en cajas con nombres de otro medicamento más inocuo.

En esa época tanto estados unidos como Gran Bretaña y Francia mantenían una estrecha relación con Irán, debido a los beneficios económicos relacionados con el petróleo que este país podía brindarles.

Por lo tanto era muy importante para las naciones occidentales influir en el sha para que llevara a Irán a convertirse en una monarquía constitucional, lo que lo dotaría de una mayor estabilidad.

Sin embargo el sha, aun teniendo pleno conocimiento de la fatalidad de su enfermedad, retrasó las reformas necesarias, mientras en el país la oposición y la creciente popularidad de su líder, el ayatolá Jomeini, así como la propia intolerancia y represión del sha creaban una presión cada vez mayor sobre él. Finalmente le fue imposible continuar en el poder y el 16 de enero de 1979 abandonó Irán.

Ya en la mitología griega el concepto de hybris era profundamente conocido y repudiado. Orgullo, altanería, insolencia, soberbia. Declaraba Esquilo: “que nadie, por haber despreciado la suerte favorable que tiene, llevado del deseo de otros bienes, vaya a perder del todo una considerable prosperidad.

Arriba está Zeus, juez riguroso, que castiga los pensamientos demasiado soberbios”. Y como cualquier ofensa hacia los dioses, la hybris también tiene su castigo. La némesis, es decir, la inevitabilidad del destino.

David owen toma estos conceptos, la hybris para denominar al síndrome que padecen muchos políticos una vez que asumen el poder, y la némesis para llamar al castigo que encontrarán por sus excesos.

Para owen, el síndrome de hybris posee una trayectoria que inicia con la obtención del reconocimiento debido a un logro inesperado. Este éxito lo lleva a pensar que puede lograrlo todo, lo cual lleva al político a desconfiar de las opiniones de los demás y a cometer errores.

Al final, sus imprudencias lo llevan a enfrentar a su némesis, con lo que vuelven a la condición previa a la hybris.

Entre los síntomas más interesantes que plantea el autor se encuentran la preocupación desmedida por la imagen, la identificación de los intereses del líder con los del Estado, hasta considerarlos exactamente los mismos, una confianza excesiva en las propias capacidades y desprecio de las opiniones de los demás y, finalmente, la creencia de ser responsables solo ante la historia o Dios, y que en ese tribunal se le absolverá. Para que pueda darse un diagnóstico de síndrome de hybris, el político debe presentar tres o cuatro síntomas, según Owen.

La tercera parte de en el poder y en la enfermedad… se dedica a aplicar la premisa de Owen en los casos de George W. Bush y Tony Blair, y su fallida ocupación de Irak.

Sin embargo esta sección tiene algunos claroscuros: si bien debe reconocerse que analiza a profundidad los pormenores de la guerra en Irak, los síntomas del síndrome de hybris no son tan convincentes como en los historiales de Adolf Hitler y Margaret Thatcher.

En los casos de Bush y Blair, los argumentos de Owen aparecen un tanto forzados, y no queda claro si es la megalomanía o la simple falta de juicio político las causas de la lamentable némesis de los mandatarios.

Además, una de las principales características de la hybris es que, una vez lejos del cargo público, todos los síntomas serían notablemente disminuidos.

Pero en el caso de Blair, sus memorias publicadas después de su dimisión en junio de 2007 muestran a un hombre preocupado por mantener una imagen de macho, de fuerte, de poderoso, como expone el propio Owen en una entrevista reciente.

Para el autor, las consecuencias que tienen las enfermedades en el desempeño de los políticos y la calidad de la toma de decisiones son más importantes de lo que muchas veces se cree.

Considera que no solo afecta la valoración que pueda tener la opinión pública sobre un periodo específico, sino a la aprobación de la democracia representativa misma.

De ahí la importancia de una serie de cambios que impidan que los padecimientos físicos y mentales se conviertan en causas de un mal gobierno.

La última parte del libro trata una serie de consejos a partir de los casos analizados. El primero, y tal vez el más importante, es la sinceridad obligada en torno a la salud de cualquier aspirante a un puesto de elección popular.

Corresponderá a los votantes decidir si cualquier padecimiento que posea puede ser o no obstáculo para el ejercicio pleno de su función. El caso de las enfermedades mentales es más delicado aún.

Pero una mayor honestidad por parte de los candidatos sobre padecimientos como la depresión o afecciones mentales leves podría no jugar en su contra, sino fomentar una sociedad más informada al respecto que puede llevar a una menor discriminación hacia las personas que las padezcan.

Otra de las lecciones obtenidas a partir de los casos analizados es el papel fundamental que desempeñan los médicos personales, y la necesidad de que prevalezca la ética por encima de la lealtad hacia los pacientes, principalmente si se trata de personajes públicos cuyas decisiones afectan a miles de personas. Surge en torno a este tema una pregunta constante a lo largo de la obra ¿es válido el secreto médico cuando la enfermedad tiene consecuencias graves para la sociedad? Para Owen, este no siempre debe prevalecer.

En el poder y en la enfermedad… es una obra que permite reflexionar sobre la importancia de que exista una mayor cercanía entre la figura del mandatario y los ciudadanos.

El concepto de lo privado, esgrimido en numerosas ocasiones para justificar el secretismo en relación con la salud de los líderes, no puede valorarse por encima de los intereses de la sociedad que lo ha elegido. Después de todo, se trata de una personalidad pública, que se presenta voluntariamente a elecciones bajo el escrutinio de los votantes.

Para las democracias modernas, los acontecimientos del siglo xx deben representar una lección. La única forma de prevenir el síndrome de hybris es la humildad y una actitud de servicio de quienes ostenten el poder. El poder, en cualquier democracia, debe ser una herramienta y no un fin. 


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