El ecologismo de los pobres: conflictos ambientales y lenguajes de valoración

Los países industrializados, las grandes empresas transnacionales y las ciudades, tienen una gran deuda ecológica hacia los lugares que les sostienen y proveen de bienes naturales

Por: Heliodoro Ochoa García

Joan Martínez Alier relata, en una anécdota, que el director ejecutivo de la agencia ambiental europea, Domingo Jiménez Beltrán, dio un discurso en el instituto Wuppertal titulado “Ecoeficiencia, la respuesta europea al desafío de la sustentabilidad”. Martínez Alier, le interpeló diciéndole que escribiría un libro sobre ecojusticia, la respuesta del tercer mundo al desafío de la sustentabilidad. Este libro es El ecologismo de los pobres: conflictos ambientales y lenguajes de valoración, que surge cual si fuera una especie de reacción –complementaria y crítica– hacia dos grandes corrientes predominantes del ecologismo, que el autor identifica como el culto a lo silvestre y el evangelio de la ecoeficiencia. 

El culto a lo silvestre se caracteriza por una actitud biocéntrica de respeto y sacralidad hacia la naturaleza. Surge como respuesta a la fuerte presión que ejerce la humanidad sobre los ecosistemas.

Estos ecologistas –entre los que destacan biólogos y filósofos–, proponen reducir los impactos sobre la naturaleza y llegan al extremo de buscar excluir a las personas de las reservas naturales.

Algunos organismos importantes que se sitúan en esta línea son la International Union for the Conservation of Nature (IUCN), el Worldwide Fund for Nature (WWF) y Nature Conservancy (NC), quienes han venido avanzando en el desarrollo de índices de cálculo, monitoreo y evaluación ambiental para su aplicación en políticas de conservación.

Otro rasgo fundamental es la anteposición de la conservación de especies naturales (vegetales o animales) frente a cualquier forma de explotación económica, aludiendo a la inconmensurabilidad de valores. 

Por otro lado, el credo o evangelio de la ecoeficiencia atiende a la preocupación y desafíos que plantea el crecimiento económico, basado en el uso de energías, recursos y producción obtenidos de áreas naturales, agrícolas, industriales y urbanas, generando impactos ambientales complejos, crecientes e interdependientes. 

Desde aquí se acuñó el concepto de recurso o capital natural, servicios ambientales y el discurso sobre ecoeficiencia como medida para enfrentar el desafío de la sustentabilidad, promoviendo innovaciones científico tecnológicas dirigidas a la demanda de materiales, aumentar eficiencia energética, evaluar impactos ambientales y efectos en la salud, además de establecer políticas basadas en ecoimpuestos, mercados de emisiones e internalización de externalidades.

Tiene un fuerte enfoque gerencial para regular, limpiar o remediar la degradación que causa la industrialización; destaca la participación de economistas e ingenieros, y contiene una notable influencia empresarial. El Instituto Wuppertal se identifica como el “templo” de esta religión.  

Bajo estas premisas, Martínez Alier desarrolla once capítulos que tienen como eje de discusión, análisis y articulación la justicia ambiental y el ecologismo de los pobres (o ecologismo popular), como una corriente del ecologismo que desafía a las dos corrientes anteriores, centradas en el culto a lo silvestre y la ecoeficiencia.

El autor subraya que el eje principal del ecologismo de los pobres “...no es una reverencia sagrada a la naturaleza sino un interés material por el medio ambiente como fuente y condición para el sustento; no tanto una preocupación por los derechos de las demás especies y generaciones futuras humanas sino por los humanos pobres de hoy...” de ahí que, los actores de estos movimientos muchas veces no utilizan un lenguaje ambiental, razón por la cual esta corriente del ecologismo se identificó apenas en los años ochenta. 

Algunos datos ilustran la creciente explotación de recursos en territorios ambientalmente frágiles y el aumento de flujos de mercancías físicas y energía del Sur al Norte, llevando a conclusiones que la economía, tal como está planteada, no es compatible con el medio ambiente por el tamaño de la huella ecológica que representa (medida en hectáreas de tierra requerida para la producción de alimentos, bienes de uso y energía).

Martínez propone la economía ecológica, como ciencia transdisciplinar que atiende el desarrollo de indicadores e índices físicos de (in)sustentabilidad, examinando a la economía en términos del metabolismo social, incrustada en un ecosistema y que plantea instrumentos de política pública orientados hacia la sustentabilidad y no al desarrollo, que conlleva la connotación de cremiento económico.   

Con esta perspectiva, el autor expone crudas situaciones asociadas a conflictos ecológicos derivados de actividades mineras de metales preciosos; describe la destrucción de manglares por la industria camaronera; la destrucción y sustitución de bosques por plantaciones forestales; la biopiratería y expropiación de conocimientos locales en el manejo de biodiversidad; la construcción de embalses (hidroeléctricas), el desvío de cursos fluviales y la apropiación de aguas subterráneas, entre otras situaciones. 

El denominador común es la presencia de grandes compañías y corporaciones con alcance local o global, quienes obtienen el máximo aprovechamiento económico en aquellos lugares que disponen de riquezas naturales (y conocimientos) que les resultan atractivas. 

Los países industrializados, las grandes empresas transnacionales y las ciudades, tienen una gran deuda ecológica hacia los lugares que les sostienen y proveen de bienes naturales, debido al intercambio ecológicamente desigual al que sujetan a un sinnúmero de comunidades y ecosistemas.

La justicia ambiental, cobijada por los derechos humanos y promovida por movimientos ambientales que nacen en los pueblos y se proyectan con alcance global, defienden la vida desde los ecosistemas que habitan; son “...mujeres y hombres comunes y corrientes que luchan para corregir el daño provocado a la tierra, el aire y el agua...” el conocimiento y difusión de estos conflictos “...inspira a otros a librar una batalla contra las fuerzas que dañan el medio ambiente local y global”.


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