El crepúsculo de la cultura americana

Berman retrata la sociedad de Estados Unidos con todas las jerarquías sociales que la caracterizan

El crepúsculo de la cultura Americana
Morris Berman
México: Ed. Sexto Piso, 2007
 
Por: Carlos López de Alba
 
¿Qué pensaríamos de una sociedad que, en una serie de encuestas aplicadas, de un segmento entre adultos y estudiantes universitarios, elegidos al azar, 42 por ciento responde que desconoce dónde se ubica geográficamente Japón, Irán o Irak; que uno de cada diez no sabe quiénes son sus candidatos presidenciales durante un proceso electoral; que 70 por ciento de ellos cree en la existencia de los ángeles y 50 por ciento afirma que los ovnis existen; que 12 por ciento asegura que Juana de Arco fue la esposa de Noé; que desconoce el origen y significado de su bandera; y que, además, según datos arrojados por una empresa transnacional de telefonía, en su examen de conocimientos de reclutamiento laboral, 80 por ciento reprobó una evaluación de lengua y gramática correspondiente a un nivel de primero de secundaria? 
 
Partamos de una suposición: aunque parezca, las encuestas no fueron realizadas entre estudiantes de la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey. Sino en Chicago, Nueva York, Los Ángeles y otras urbes de Estados Unidos de América, y son parte de un extenso ensayo realizado por el catedrático y humanista Morris Berman: El crepúsculo de la cultura americana, publicado por la editorial mexicana Sexto Piso a finales de 2007. 
 
En su texto, Berman retrata la sociedad de Estados Unidos con todas las jerarquías sociales que la caracterizan: la estupidez de la mayoría de sus habitantes por el triunfo del corporativismo y la tergiversación del uso de las tecnologías de la información, la manipulación y poder de los medios, y la búsqueda de la felicidad y estabilidad a través del consumo. 
 
Esta serie de respuestas de ciudadanos estadounidenses las utiliza Morris Berman como uno de sus cuatro argumentos para afirmar que, de la misma manera que sucedió con el imperio romano hace quince siglos, el colapso de la nación más poderosa de este momento está a la vuelta de la esquina debido a su desigualdad social y económica aceleradas, al rendimiento marginal decreciente con respecto a la inversión en soluciones organizativas a problemas socioeconómicos, al analfabetismo funcional (ejemplificado con el resultado de las encuestas mencionadas) y a la muerte espiritual de sus habitantes. 
 
Para el autor, los rasgos del ocaso de la única súperpotencia actual en el mundo se vislumbran en casos como el desempleo, la falta de un programa sólido para el retiro de los trabajadores, la disparidad entre el número de ricos y pobres (Berman menciona que de 1947 a 1973 los ingresos aumentaron en la misma velocidad para todos los ciudadanos, a diferencia del periodo entre 1973 y 1993, cuando sólo 1 por ciento de la población consiguió aumentar sus ingresos hasta en 78 por ciento, llevando a esta elite a ser la propietaria del 40 por ciento de la riqueza de su país); la transformación del conocimiento en mercancía, la privatización de los servicios, el consumo como acto prioritario para la socialización familiar, la banalización de sus iconos, el individualismo llevado al extremo, la violencia y el temor como estímulo de un falso nacionalismo, además de una política exterior que se inspira en un papel moral como búsqueda de su poderío económico, sin evaluar los costos socioculturales.
 
A primera vista, las reflexiones tras esta información son variadas y complejas, y hasta, por desgracia, muy cercanas, ya que difícilmente podríamos dejar de colocarlas entre los contextos del entorno sociocultural mexicano.
 
La razón es que la influencia de los modelos sociales, económicos, culturales y educativos estadounidenses permean, gracias a la dependencia de sus estructuras y a la globalización, a la mayoría de los Estados modernos. 
 
Hace casi una década, durante una ponencia presentada en 1999 en el Coloquio “Raisson d’agir-Locumenr Kreis, en Locum, Alemania, Pierre Bourdieu ya había mencionado que las políticas económicas practicadas en casi todos los países, respaldadas por las grandes instancias internacionales, Banco Mundial, OMC y FMI, “invocan la autoridad de la ciencia económica… están basadas en un conjunto de presupuestos ético-políticos que se inscriben en una tradición histórica concreta, encarnada actualmente por los Estados Unidos de América”. 1 
 
El punto, tanto de la analogía de los escenarios estadounidense y mexicano, como de la referencia a Bourdieu, es que en la actualidad los criterios económicos y políticos están siendo ponderados por encima de los que conducen hacia el desarrollo y el bienestar social, y es que el sociólogo francés mencionaba también que la economía que el discurso neoliberal establece como prototipo “debe algunas de sus características al hecho de estar inmersa en una sociedad enraizada en un sistema de creencias y valores de una visión moral del mundo [...] de lo cual se deduce que el modelo de la política económica que se ejerce en todas partes universaliza el caso particular de la economía americana”. 2
 
De ahí que hoy nuestra cultura se interese más en los devaneos sexuales de la Spears y Fabiruchis a pesar de que nuestro petróleo y economía se tambaleen por la desaceleración económica estadounidense, su crisis del mercado inmobiliario y la sobreexplotación del consumo a través de créditos con tasas mucho más bajas de lo que su estructura financiera puede sostener. 
 
Pero no todo el texto de Morris es una crítica severa hacia las debilidades de las estructuras socioeconómicas y culturales del país que lo vio nacer, también, como en todo ocaso, El crepúsculo de la cultura americana contempla posibilidades de renacimiento para la sociedad de los Estados Unidos, en lo que Berman plantea como la “opción monástica”; es decir, dentro de la misma analogía que hace con el colapso del imperio romano –en un esfuerzo por controlar militarmente un vasto territorio en un proyecto que terminó por acabar con el poderío de la gran Roma, sin mencionar su muerte espiritual y su “cinismo político”, que la condujeron hacia una situación cada vez más disfuncional–, una orden de monjes, “incapaz de encajar en el desintegrador paisaje, valoró lo que la cultura romana entonces desechaba por considerarlo estúpido o destructivo”.
 
De esta forma, comenta Berman, los monjes preservaron los tesoros de la civilización grecorromana, al tiempo que las luces de su propia cultura se apagaban con rapidez.
 
Años después, se copiaron los libros y manuscritos que representaban los logros de aquella civilización perdida por la barbarie, para representar un factor crucial seis siglos después para el amanecer de una nueva cultura europea. 
 
Berman menciona que si tales personas fueron fundamentales para evitar la desaparición de la sociedad europea, de igual forma puede haber “monjes contemporáneos”, humanistas, que resistan y se empeñen en “la búsqueda desinteresada de la verdad, al cultivo del arte, a la dedicación del pensamiento crítico”. 
 
Lo alarmante en nuestro caso es que, dentro de este culto al individualismo y ese desarrollo extremoso del espíritu del capitalismo, como pilar de la vía económica neoliberal, además de todas las consecuencias que vivimos en nuestro país por las crisis socioeconómicas de Estados Unidos, en México también padecemos debilidades propias, aunque con la diferencia de no tener el desarrollo científico y financiero de nuestro vecino.
 
Carlos Monsiváis, en el discurso que pronunció en Guadalajara en 2006 al recibir el Premio FIL de Literatura, comentaba su preocupación por la pérdida del conocimiento, de la curiosidad cultural y de los hábitos de lectura “en la época del laptop, el CD, el DVD, el CD-ROM, los iPods, el Blackberry, y los supershows, la tecnología es la visión del mundo que nace y muere con los vaivenes de la obsolescencia”. 
 
Monsiváis afirma que el mayor enemigo de la lectura es la “catástrofe de la enseñanza pública y privada […] una demolición que vigoriza el desplome de las economías y el sopor ante la idea de las humanidades”, y lo sustenta al citar que sólo 225 de cada 10 mil mexicanos llega a la universidad, que cuatro de cada cien niños que ingresan a la primaria consiguen terminar la universidad, que 32 millones de mexicanos tienen una escolaridad inferior a la secundaria terminada, y que “el gasto anual por estudiante de primaria en México es de poco más de cien mil dólares, cuatro veces menos que el promedio que gastan los países de la OCDE”. 3
 
Sin embargo, el científico británico Adrian White, psicólogo analítico social de la Universidad de Leicester, Inglaterra, nos ubica, según estudios de la UNESCO, como uno de los países con la población más feliz del orbe.
 
Situación que no representa del todo un espejismo, sino, a la larga, una fotaleza, ya que “los países más pequeños tienen una tendencia a ser más felices por que hay un sentido de colectividad más fuerte y además están las cualidades estéticas de un país”, dijo White. 4 
 
En ese sentido, el mismo Morris Berman, en las notas para la edición en español de El crepúsculo…, advierte a su lector mexicano: “tienen una gran tradición de auto respeto, de afirmativa discordancia y de mantener su distancia, con gracia y estilo. Ésta es la cara que necesitan mostrar a sus vecino del norte; y; si es necesario, ante el mundo entero”. 
 
En sí, el libro de Berman ofrece una toma de pulso de la condición interior de Estados Unidos, bajo el tamiz de una vigorosa revisión autocrítica y punzante, que sin duda nos remueve nuestra condición como vecinos, y ciudadanos, lo queramos o no aceptar, de una misma sociedad globalizada, para, además de prometer hacernos reflexionar y “no sólo entretenernos”, poner a remojar nuestras barbas en el recipiente más a la mano.
 
 
Citas
  1. Bourdieu, Pierre (2001). “La imposición del modelo americano y sus consecuencias”, Contrafuegos 2. Por un movimiento social europeo Anagrama, Barcelona 2001. 
  2. Ídem.
  3. Monsiváis, Carlos (2007). Las alusiones perdidas. Barcelona: Anagrama. 
  4. El País, “Si busca felicidad, váyase a vivir a Dinamarca”, 28/07/2006.

 


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