Dulce de albaricoque

El viaje que va del dulce de albaricoque que hacía la abuela hasta donde las cosas del mundo “se desintegran/ de antemano”

Alfabeto
Inger Christensen, traducido por Francisco J. Uriz,
Sexto piso, 2014.

Por: Rafael Galeana Acevedo

"Me dije a mí misma: piensa como un pájaro que construye su nido/ piensa como una nube". Dice un fragmento de uno de los poemas que componen el poemario Alfabeto, de Inger Christensen.

Llegué a él inocente y lo leí absorto en el mundo poético que Christensen crea y destruye como los grandes poetas (según Yves Bonnefoy): el viaje que va del dulce de albaricoque que hacía la abuela hasta donde las cosas del mundo “se desintegran/ de antemano”.

El poema “Alfabeto” parte de una sensación, un fantasma y crece para convertirse en una red de relaciones, campos semánticos que tocan mares, elementos químicos, recuerdos de infancia, países.

Christensen es una poeta que requiere de evidencia para crear su mundo: “los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen”, y necesita repetir el verso como una oración o un mantra. Después vendrá, de manera exponencial y vertiginosa, el mundo: “las palomas existen; los soñadores, las muñecas/ los asesinos existen; las palomas, las palomas;/ niebla, dioxina y días; los días/ existen; los días la muerte; y los poemas/ existen; los poemas, los días, la muerte”.

Cada elemento habitará el presente, ese “sofocante, implacable, filoso como una lámina” presente de Eduardo Milán, ese presente que se crea Christensen para sobrevivir.


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