Democracy, Accountability and Representation

los políticos prefieren obtener más fuentes de poder aunque sea a cambio de mayor escrutinio

Democracy, Accountability and Representation
Editado por Adam Przeworski, Susan Stokes y Bernard Manin
Cambridge University Press, Cambridge 1999.

Por: Miguel Pulido

Democracia, rendicion de cuentas y representación (Democracy, Accountability and Representation), coordinado por Adam Przeworski, Susan Stokes y Bernard Manin, es una referencia obligada para valorar la relación entre representación y rendición de cuentas y mantenerse al tanto de hacia dónde evoluciona la ciencia política contemporánea. El libro, que aún no se ha traducido al español, es una colección de textos reunidos en torno a los temas de rendición de cuentas y democracia representativa, desde diversas perspectivas. El volumen sirve de justo pretexto para replantear preguntas y buscar respuestas a los tópicos abordados, con alguna aspiración innovadora, quizá no en los planteamientos, pero sí en los fundamentos y e el uso extensivo de información empírica. El lector no debe esperar, en consecuencia, que los temas tratados sean del todo inéditos. Sí, en cambio, nuevas evidencias y argumentos para defender la democracia representativa.

Presentado en tres grandes bloques, el libro logra tejer los argumentos de los autores entre sí, a pesar de la patente autonomía de los textos y la diversidad de sus planteamientos metodológicos.

Esto se debe, en buena medida, al afortunado agrupamiento de las entregas. La parte primera, denominada Elecciones, rendición de cuentas y representación es por mucho la más rica e interesante.

Incluye artículos que tratan las elecciones y la representación, la rendición de cuentas y el control de la actuación de los políticos (incluido el cambio de políticas públicas), así como modelos de rendición de cuentas que puedan incluir a los partidos políticos.

Los autores compilados en esta primera sección son: James Fearon; Susan Stokes, John Ferejohn, José María Maravall, James A. Stimson, y cierra con un texto de José Antonio Cheibub y Adam Przeworski.

La segunda parte desarrolla temas asociados con la estructura de gobierno y la rendición de cuentas. El apartado incluye tres artículos, de Jon Elster, Laver y Shepsle, y Delmer Duna. John Dunn concluye con un ensayo, “Situando la política de rendición de cuentas democrática”, en la tercera parte del libro. 

Algunos cuestionamientos que encuentran respuestas a lo largo del texto son: ¿Inducen las elecciones a los gobiernos a actuar en beneficio de los intereses de la ciudadanía? ¿En la democracia podemos llamar a cuentas a los políticos para futuras elecciones? ¿La rendición de cuentas amplía o reduce el margen de acción de los gobiernos? ¿Son representativos los gobiernos que violan el mandato de sus campañas? 

Debe decirse que en más de una ocasión, y como los mismos coordinadores lo reconocen, las respuestas se logran con argumentos opuestos, característica que no puede sino leerse en clave de riqueza deliberativa. 

Uno de los principales logros del volumen es combinar, de modo inteligente, diferentes perspectivas, métodos, discusiones teóricas, estudios de caso, y preferencias metodológicas, sin que el sentido de unidad se ponga en riesgo.

Cada perspectiva aporta elementos para aproximarse a los problemas de la rendición de cuentas en la democracia representativa. 

No está de más señalar que personas no iniciadas en el análisis estadístico o en la teoría de juegos pueden encontrar dificultades con ciertas explicaciones.

De hecho, quizá sea por esta misma cuestión que se aprecia como muestra de particular inteligencia la sensibilidad de James Fearon, de presentar sus planteamientos en un primer apartado con un alto componente narrativo, dejando en un apéndice los aspectos más complejos de la teoría de juegos.

En suma, Democracy, Accountability and Representation es un libro balanceado, con una complementariedad significativa en los puntos de vista y con un sólido bagaje teórico-conceptual. 

Sin embargo –siempre hay una de esas frases adversativas– al sumergirse en la lectura del libro el lector puede enfrentarse a una serie de interrogantes, sobre todo porque no es fácil conciliar las tesis presentadas con el contexto particular que se usa como evidencia:

¿Es realmente determinante el contexto económico para la reelección del partido en el gobierno? (pp. 104-120) ¿La libertad para emitir el voto e información en manos de los votantes son suficientes para montar un modelo de rendición de cuentas basado en las elecciones? (pp. 158-160) ¿Qué entenderíamos entonces por rendición de cuentas? ¿Pueden sostenerse relaciones lineales entre el comportamiento del partido en el gobierno, la reacción de los parlamentarios a la opinión de sus representantes y la tendencia hacia una política de responsabilidad? (pp. 202-219) ¿Qué papel juega la inequidad electoral? ¿Cómo puede medirse el funcionamiento de los partidos como mecanismo de rendición de cuentas, en un modelo que mezcla el sistema partidista con insípidos aspectos de representación directa? 

Aproximarnos a la evidencia empírica presentada por los autores desde la democracia mexicana bien podría servir para cuestionar algunas de las conclusiones. Claro que no se trata de tropicalizar los modelos de análisis.

Es por demás evidente cuál es el contexto de cada discusión y los antecedentes formativos de los autores. Vaya, hasta los términos imponen. 

El lector podrá advertir, por ejemplo, que he traducido accountability como rendición de cuentas sin que exista una identidad semántica en los términos.

No son éstas las diferencias a las que me refiero, sino a una reacción espontánea a la que identifico como una pretendida neutralidad, basada en la ejemplificación “versátil”, lo mismo de casos como la presidencia de Salvador Allende, el fenómeno electoral de Alberto Fujimori que la experiencia australiana entre 1983 y 1996.  

Dado que las tesis centrales requieren de esfuerzos creativos de demostración, particularmente la existencia de vínculos efectivos entre votantes y representantes, un aviso prudente es tomar con algún grado de reserva los hallazgos empíricos. El libro no evidencia irrefutablemente, sugiere, problematiza y enriquece con solvencia un debate abierto. Por ello la importancia en la forma que se abordan elementos teórico-conceptuales. 

Es el caso de la aproximación conceptual a la representación como mandato electoral o como ejercicios prácticos de rendición de cuentas, dependiendo de ciertos contextos y condiciones. Esta perspectiva problematiza lo que entendemos como representación y sitúa el término necesariamente en una democracia representativa (Przeworski, Stokes y Manin, en Elecciones y representación).

La ecuación planteada por Ferejohn es, también, simple e ilustrativa: los políticos prefieren obtener más fuentes de poder aunque sea a cambio de mayor escrutinio. Stokes, por su parte, entrega una sólida concepción de lo que supone una violación del mandato de representación.

La autora pone énfasis en momentos en que actores con intereses contrarios a los votantes presionan al gobierno, o bien aquellos en que el gobierno considera los intereses de los votantes equivocados (¿Ley Televisa, anyone?). 

La preocupación con los controles que se podrían tener sobre el comportamiento de los gobernantes es armonizada con ligereza (sin que ello signifique falta de agudeza), con la aclaración de que es necesario un margen de acción en cualquier gobierno, a lo que habría que añadir que esto es válido siempre que se cumplan ciertos requisitos y se mantengan ciertos límites. 

También genera cierta intriga cómo puede tenderse el hilo fino que distinga el uso de ciertas herramientas para identificar los intereses en juego en una relación de representante-representado (y su consiguiente mecanismo de rendición de cuentas) de prácticas, por decirlo de algún modo, populistas. 

Pueden ser los sinsabores de la real politik los que me hacen pensar con cautela (que no con escepticismo) en torno a cómo la suma de intereses y evaluaciones individuales, combinados con creencias acerca de los resultados de una política, alcanzan el grado de mandato. 

Más aún, que estos intereses, valorados en función de encuestas, por ejemplo, informen efectivamente las “plataformas” electorales, y que éstas constituyan un acuerdo de voluntades.

El punto crítico de esta forma de entender la representación está en la tensión que existe entre las decisiones racionales de los votantes –expresadas en la lectura de esos intereses por parte de los políticos, con un amplio margen para el capricho– y la búsqueda de mecanismos alternativos que permitan construir modelos de representación-participación, menos sujetos a la intuición (¿manipulación?) del mandato (pp. 189-192).

Si sumamos los partidos políticos a esta reflexión (a quién representan, y cómo, independientemente de que detenten cargos públicos) tenemos mayores posibilidades de distorsión en el trinomio mandato-representación-rendición de cuentas. En cualquier caso, y esta es la clave para entender la importancia de este texto, es necesario reflexionar seriamente sobre estas relaciones. 

Como lo plantea Maravall, a partir de la experiencia en el Estado español, los partidos, en ocasiones incapaces de detectar la acción de sus miembros, también suelen perder la capacidad para funcionar como mediadores entre los intereses de la ciudadanía y los propios políticos, dado que se emplean como herramientas para manipular a los ciudadanos.

También es refrescante la honestidad intelectual de James Stimson, que al abordar el tema de los partidos en el gobierno nos dice con todas sus letras que es una ironía cambiar una política para atender las inquietudes de la población sin que esto pueda interpretarse como negativo para la rendición de cuentas. 

Para concluir esta breve reseña, quisiera subrayar el modo en el que en el libro se tratan temas clásicos en la ciencia política. La claridad de los autores (todos destacados politólogos) está puesta a la orden del tratamiento de temas llamados a ser vigentes en cualquier época, como lo han sido, por lo menos, a lo largo de los últimos 200 años.

De ahí la importancia de este libro, amén de las discrepancias metodológicas y el (siempre) cuestionable sustento empírico.


Publicado por: