Un siglo de Mathias Goeritz en México

Por: Javier Ramírez

Han transcurrido cien años del nacimiento del artista de origen alemán Mathias Goeritz Brünner (1915) y veinticinco de su fallecimiento. Llegó a México, procedente de España, en octubre de 1948. Contratado por Ignacio Díaz Morales, se integró a la recién fundada Escuela de Arquitectura en Guadalajara, donde impartió clases de Historia del Arte y de Educación Visual, una materia prácticamente desconocida en nuestro país entonces.

Su presencia en México durante aproximadamente tres años fue una inyección de vitalidad en diversas áreas de la cultura, particularmente en las artes visuales. Inquieto, emprendedor, en cierto modo visionario, Goeritz se ganó la simpatía y la amistad de no pocas personalidades de la época, pero también la antipatía y la enemistad de otros, sobre todo de los que lo veían como una amenaza y una mala influencia para los artistas tapatíos.

Incursionó de manera más formal en la escultura, con la ayuda y asesoría del tallador Romualdo de la Cruz, a quien consideró su maestro. También realizó innovadores diseños editoriales, experimentando con la tipografía. Su influencia se reflejó en la revista Ariel, encabezada por el escritor Emmanuel Carballo. Además, Goeritz se dio tiempo para la experimentación fotográfica sin cámara, mediante la intervención de papel fotosensible con diversos objetos que luego metía al revelador.

Pintó también el que se considera el primer mural abstracto hecho en la capital tapatía, que fue colocado detrás de la barra del Casino Guadalajara y retirado a los pocos de días por las airadas protestas de los socios. Asimismo, creó la primera escultura efímera, antecedente de lo que ahora se conoce como performance o instalación, apilando sillas en el ingreso del Casino Francés.

Pero el episodio más emblemático de su audacia y del rechazo que generó fue cuando talló en madera una escultura en homenaje a José Clemente Orozco que donó a la Universidad de Guadalajara, con el acuerdo de que se colocaría en el Paraninfo, junto a los murales del artista jalisciense. Indignados por lo que consideraron una ofensa a la memoria del muralista, un grupo de jóvenes, instigados por el fotógrafo Juan Víctor Arauz –ahora se sabe–, retiró subrepticiamente la escultura y la escondió. Arauz negoció la devolución de la pieza con el entonces rector, Jorge Matute Remus, con la condición de que no se pusiera en el Paraninfo.

Tal pieza de Goeritz, calificada entonces como “infantil” e incluso de “histérica”, fue desplazada gracias a que un crítico sugirió que se exhibiera en el Hospicio Cabañas, “ya que entre los niños se hallará en su medio”. Hoy el Cabañas, convertido en Instituto Cultural, resguarda una gran cantidad de obras del artista alemán, y parte de su archivo. Y además lo homenajea con una exposición. Ironías de la vida. 


Publicado por: