Tú no tienes voz: eres una rana

"...las ranas son seres muy imaginativos, se piensan en igualdad y, si las deja tantito, al rato las tiene soñando con derechos humanos, con vida digna, acceso a la ley, oportunidades de desarrollo y vaya usted a saber cuánta fantasía más”

Por: Lorel Manzano

El forastero será tanto más forastero cuanto más pobre sea

HANS MAGNUS ENZENSBERGER

Frente a mí tengo la imagen de un concepto: la discriminación. Un concepto que me sonríe mostrando sus filosos dientes y practica distintas poses para que su imagen salga perfecta en este retrato. Caigo en su juego.

Pero a fuerza de mirarlo comienzo a desconfiar. ¿Desea convencerme de algo?, ¿querrá que solo mire sus rasgos más superficiales, acaso domésticos? Entre mis ojos y el rostro del concepto se tiende un camino de cuestionamientos.

Temo no librarlo, sin embargo ¿por qué no ensayar lejos de mi lugar de confort?, ¿por qué no arriesgar mi pensamientito mimado y haragán a caer sobre tierra, a rasparse las rodillas y herirse las manos?

Hundo mis uñas en el rostro del concepto: lo descarno. Sufro una sensación brutal. Tan brutal como la discriminación. Tan brutal como la imagen de un rostro hecho jirones, el cual, sin embargo, no se duele, no llora, sonríe con cinismo. ¡Y cómo no! En qué le puede afectar que un pensamiento mire la forma de sus huesos. Huesos que revelan la estructura de la Superioridad.

La superioridad: un ser envanecido que señala con el índice al Otro para denostarlo, para negarle la entrada a su maravilloso Reino. Bajo sus ojos, el Otro es una rana y las ranas no entran al Reino.

Bueno, a veces deja entrar unas cuantas, bajo el entendido de que permanecerán en los charcos al otro lado de la muralla, viviendo del agüita de lluvia.

Aquí sus argumentos: “verá, usted, las ranas son seres muy imaginativos, se piensan en igualdad y, si las deja tantito, al rato las tiene soñando con derechos humanos, con vida digna, acceso a la ley, oportunidades de desarrollo y vaya usted a saber cuánta fantasía más”.

Bueno, esto sucede cuando anda de buenas y su violencia es pasiva, en esos tiempos se limita a decir “ni te veo, ni te oigo”. Sin embargo, a veces no está dispuesta a hacer concesiones. Un pasado siniestro da cuenta de los alcances de su violencia activa: apartheid, fascismo, dictaduras, antisemitismo, santa inquisición, colonialismo… Conoce a fondo la violencia y sabe hacer uso de ella.

Así, desde su trono dicta leyes, manda tropas, cuenta fajos de billetes, guarda en un cofre la verdad universal y, de nuevo a solas, repite la pregunta que ha hecho desde hace siglos: “espejito, espejito, dime quién tiene la verdad en la mano” (condenado espejo a modo). “Tú, mi reina, tú y nadie más que tú”.

La Superioridad duerme feliz, a pierna suelta, sin el menor asalto a su conciencia por los crímenes del pasado. Sin embargo, en mi mesa de trabajo se apilan libros que exhiben los trapos sucios de la Reina. Entre otros se encuentra La Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas.

El dominico, lleno de horror por las masacres que se cometían en nombre de Dios, dio inicio, el verano de 1515, a una serie de viajes transoceánicos que realizaría con el fin de salvar a los indios del exterminio.

“Si es cierto lo que dice La Brevísima relación..., si su autor merece que le creamos en torno a estas cuestiones no puede menos que arder una discusión interminable, unas veces más candentes que otras, desde hace cuatrocientos años”, apunta Hans Magnus Enzensberger en el prólogo a su ensayo Fray Bartolomé de las Casas. Una retrospectiva al futuro, y continúa: “discusión que dirimieron los doctos con sus tratados y disertaciones… sin embargo, la discusión sobre Las Casas no es una cuestión académica: lo que está en tela de juicio es un genocidio, es el asesinato de veinte millones de seres humanos”.

¡Seres humanos! ¡Pero si eran indios!, gritó la Superioridad. La cuestión tenía raíces profundas. Era racial y también económica. La monarquía española era conciente de la importancia que la explotación colonial tenía para decorar su trono.

Enzensberger retoma la figura de las casas para descarnar los argumentos racistas del colonialismo contemporáneo. Concluye, a finales de los sesenta en plena guerra de Vietnam: “los encabezados de los periódicos que encontramos todas las mañanas bajo la puerta comprueban que la destrucción de “las Indias” continúa. La Brevísima relación... de 1552 es una retrospectiva de nuestro propio futuro”.

¿Y yo?, ¿Qué encuentro todas las mañanas en el periódico? Primero los 55 mil muertos de la narcoguerra, según cifras no oficiales, o los 47 mil, según las oficiales, francamente da igual, con tal derramamiento de sangre, mi imaginación ya no puede asimilar la catástrofe.

La desmesura de semejantes cifras hace fracasar a la empatía, incluso, la razón reconoce su impotencia. Continúo la lectura: “preocupa a la ONU discriminación contra indígenas y afrodescendientes.

La lucha contra ese fenómeno encuentra prejuicios y barreras culturales, sostiene CONAPRED”. ¿CONAPRED? Consulto la información que publica en su sitio, me detengo largo rato en las cifras, leo estudios y ensayos.

Los especialistas eslabonan otros conceptos al de discriminación: desigualdad, injusticia, grupos vulnerables, marginación, escaso desarrollo social, impunidad… y la bala que los atraviesa indiscriminadamente: la pobreza.

En efecto, los 72 migrantes ilegales que fueron asesinados en Tamaulipas, en agosto de 2010, eran pobres y todos los conceptos apuntados por los especialistas se aplican a aquellos 58 hombres y 14 mujeres centro y sudamericanos que cayeron presuntamente en las manos de los zetas.

Y sin embargo “crece flujo de migrantes salvadoreños hacia el norte”, señala un encabezado en el periódico de hace dos días. En entrevista, el director de derechos humanos del Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador, David Morales, dijo que “pese a enfrentar condiciones adversas durante el tránsito [rumbo a Estados Unidos], el flujo de migración no solo se mantiene, sino que probablemente está aumentando”.

En su ensayo La gran migración, Enzensberger toca los resortes del fenómeno: “mientras el dinero electrónico se limita a seguir su propia lógica y supera sin esfuerzo cualquier posible obstáculo, las personas se mueven como si estuvieran sometidas a una incomprensible coacción. Cuando se ponen en movimiento parecen iniciar una fuga, que solo un cínico podría calificar de voluntaria”.

Y sólo un pensamiento ingenuo como el mío no alcanza a imaginar los acosos y malos tratos que sufren en especial las mujeres y los niños migrantes en situaciones de detención, quienes “además son orillados al trabajo doméstico clandestino, prostitución, abusos sexuales y agresiones físicas y sexuales en las operaciones de trata”, agrega el CONAPRED. El horror. La Superioridad haciendo gala de su poder.

Palabras que enferman al pensamiento y lo tientan a caer en el análisis frívolo. A propósito de los resultados de la Encuesta Nacional Sobre Discriminación en México, algunos especialistas hablan de las “pulsiones” discriminatorias, excluyentes e intolerantes que anidan en la sociedad.

Me queda claro: la sociedad mexicana acostumbra discriminar, pero no entendí lo demás: ¿quieren decir que yo debo poner en duda al obispo de mi iglesia, quien considera a los homosexuales “el fruto de una sociedad desintegrada”,“personas enfermas”?, ¿quieren decir que no debo mirar con desprecio a mi hijo(a) gay, aún cuando en el Reino no se reconoce el derecho al matrimonio homosexual? ¡Pues quién soy yo para cuestionar a un representante de Dios y al mismísimo Reino!

No en balde la Superioridad es la Superioridad. No en balde aprieta en el puño de su bella manita la verdad. No en balde se ha ganado el derecho a negarle al Otro la entrada al Reino. No en balde tiene un largo dedo índice. Larguísimo, tan largo que sale del Vaticano y cruza países y mares para pedirle al obispo de Saltillo, Raúl Vera, que aclare sus relaciones con los feligreses homosexuales.

Es la Superioridad envanecida frente al espejo preguntando innumerables veces: “quién tiene la única verdad en la mano, vamos, dime quién”. Esta vez el espejo a modo, la advierte: “ten cuidado, mi Reina, porque en tu poderío hay Otros que desean ser reconocidos y respetados”. Obviaré, por famosa, la escena del berrinche.

Y si de pronto apareciera una varita mágica al alcance del Otro, al que mira desde su altura de rana, con ojos muy abiertos el dedo de la Reina, si a esos ojos les siguiera una boca y de esa boca emergiera la voz, ¿diría “querido Vaticano, quiero recordarte que todos somos iguales ante los ojos de Dios” o “Vaticano querido, seguramente Dios tiene ocupaciones más importantes que andar levantando las sábanas de sus creyentes”? ¿O, quizá, si al hacerse de una voz, la rana se animara a exigir al Vaticano un pronunciamiento claro sobre los crímenes del sacerdote Marcial Maciel y los abusos de sacerdotes pederastas en el mundo? No. De ningún modo.

La Superioridad nunca va a aceptar que una rana la cuestione. Ella, como aprieta la verdad en su puño y el espejo le repite toooodo el tiempo que es el ser más perfecto del Reino, se impone: “tú no tienes voz, eres una rana”.

Mi pensamiento resbala a cada paso en tierras desconocidas, de sus uñas penden los pellejos del concepto, tropieza, se lastima en la oscuridad. ¡A dónde lo he llevado! ¡Lo hubiera dejado en casa viendo las telenovelas! Demasiado tarde, incluso temo que de seguir ahí va a terminar por arrancarse los ojos.

El choque de la realidad con la información que leo en mi Cartilla Nacional de Derechos es demasiado violento. Mi Cartilla es una suerte de tríptico del tamaño de una credencial, consta de una introducción y una serie de resúmenes temáticos, al final de los cuales aparece el sitio web y los teléfonos de las instituciones que tienen por misión velar por mis derechos.

Reconozco los logros, pero ¿y la realidad?, ¿qué hago con ella?, ¿el derecho a no ser discriminado es una utopía, un logro tan ficticio como los logros de Las Casas a favor de los indígenas?: “como todas las demás victorias de Las Casas, fue esta una victoria ficticia: la ideología de la conquista sufrió una grave derrota pero la situación de los indios no cambió en lo más mínimo.”

Eran finales de los sesenta cuando Enzensberger dejó caer sobre la mesa de discusión el agudo retrato del colonialismo hecho por el dominico.

Sobre mi mesa está el libro de Enzensberger, también La Brevísima relación... que abro en una página cualquiera para abandonar mi pensamiento a su suerte. Lo obligo, ¡pobre!, a mover sus músculos perezosos, a mirar de noche en el fango.

Él se envalentona, busca y rebusca y de regreso a mi mesa de trabajo deja caer algo raro: la compresión del Otro, de esas “gentes tan humildes, tan pacientes y tan fáciles a sujetarlas; a las cuales no han tenido [los cristianos españoles] más respecto ni dellas han hecho más cuenta ni estima (hablo con verdad por lo que sé y he visto todo el dicho tiempo), no digo que de bestias (porque pluguiera a Dios que como bestias las hubieran tractado y estimado), pero como y menos que estiércol de las plazas”.

Las Casas salió del Reino de la Superioridad para mirar de frente a los indios, a cuestionarse sobre el plural de la palabra cultura, a fundar su Nova Atlantis en Venezuela y aprender más de una docena de lenguas americanas. La Brevísima relación... es un retrato vivo, proveniente de su experiencia en aquél mundo gobernado por la Superioridad. Nadie podía contarle a Las Casas lo que él veía. B. Traven experimentó algo parecido.

Al principio, Traven fue un extranjero que veía con un dejo de simpatía y curiosidad a aquellos humanos tan distintos, los indígenas. Más adelante la curiosidad se volvió empatía y aunque por momentos se aprecia en su obra cierto paternalismo, existen pasajes que retratan con agudeza la compleja realidad indígena. Un esfuerzo monumental el de Traven. Tan monumental que si ahora voy a la tortillería y le pregunto a la señora si recuerda la historia de Macario, ella contestaría sin titubeos que sí. Quizá no sabría que aquella historia fue contada por un extranjero y sirvió de argumento para la película.

En su libro Diálogos entre inmortales, muertos y vivos, Enzensberger apunta: “toda generación cree en la singularidad de sus crisis. Los diálogos de Herzen destruyen esta ilusión.

Las derrotas y decepciones de las que fue testigo y víctima no pueden compararse sin más con las nuestras. No obstante, Herzen las afronta con una postura que lo convierte en un auxiliador de suma actualidad”.

El pensamiento necesita de un auxiliador, de otro u otros pensamientos para sacudirse la frivolidad y hacerse de estómago para ver el rostro descarnado de un concepto. Después pregunta y pregunta y pregunta. Dubitativo. Ingenuo. Afectado. Preguntas mal planteadas. No importa: un pensamiento no es nadie para cuestionar a la Superioridad y para confirmarlo basta abrir el periódico: “comunidades de Oaxaca viven un drama por hablar solo en mazateco. Aísla cortina de silencio a indios monolingües; siento como si no fuera un ser humano, que no existo en la vida, señala indígena”.

La periodista Karina Avilés nos habla de la Reina de la comunidad: la pobreza. La imaginación es puesta a prueba una vez más. La población de 164 habitantes se alumbra con velas, beben agua de pozo sin hervir y su alimento consiste en yerbamora, quelites y frijoles. Los niños no comprenden los libros de la escuela, porque están en español.

Los profesores no comprenden a los niños, porque no hablan mazateco. Avilés dice, en Agua Murciélago vive “la anciana que no sabe pronunciar su nombre. Lo tiene bien guardado en una bolsita de plástico”.

Otra mujer cuenta que apenas se hizo señorita, sus padres la vendieron, desconoce “cuánto pagó el ahora difunto. En vida el hombre la golpeaba y la golpeaba porque pensaba que era histérica”. Hasta aquí llego.

Tomo el acucioso estudio La conquista de América. El problema del otro, de Tzvetan Todorov. Busco el pasaje que algo me recuerda a esta mujer indígena. Leo la trascripción de un relato, pertenece a un tal Michele de Cuneo, hidalgo de Savona, la leo y dudo en abrir las comillas… aquí está: “hice cautiva a una hermosísima mujer caribe, que el Almirante me regaló, y después que la hube llevado a mi camarote, y estando ella desnuda según es su costumbre, sentí deseos de holgar con ella. Quise cumplir mi deseo pero no lo consintió”, entonces “tomé una cuerda y le di de azotes, después de los cuales echó grandes gritos, tales que no hubieran podido creer tus oídos. Finalmente llegamos a estar tan de acuerdo que puedo decirte que parecía haber sido criada en una escuela de putas”.

El poder de la Superioridad. Continúo leyendo… me detengo. Una pregunta me obliga a hacerlo. ¿Este retrato podrá cambiar algo? Mis palabras no tienen los largos dedos de la Reina. Solo un par de ancas. Y aunque tuviera una varita mágica y las hiciera brincar hasta la sierra, ni siquiera podrían ser comprendidas por la mujer que “guarda su nombre en una bolsita de plástico”. ¿Entonces para qué obligar al pensamiento a andar un camino sembrado de dudas?, para qué soñar con una voz, si la Superioridad me ha dicho “tú no tienes voz, eres una rana”.


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