Tauromaquia o la dialéctica de la sensibilidad

Es, pues, la sensibilidad, y la compasión que genera hacia el toro bravo, la que empuja a censurar tan ancestral tradición

Por: Alberto Ojeda

Los antitaurinos consideran que la lidia es simplemente martirizar a un animal para divertir a un colectivo de personas, reunidas en una plaza de toros. Y que esa finalidad, la de la pura diversión, no basta, ni mucho menos, para justificar el martirio. Contra este argumento poco se puede decir.

Lo cierto es que es difícilmente rebatible y, como aficionado a la Fiesta, siento rabia, pues me siento desarmado a la hora de defenderla.

Pero en toda esta dialéctica a cuenta de la tauromaquia hay un elemento de fondo que es el que marca la diferencia. Es la sensibilidad, que ante una corrida, se manifiesta de maneras contradictorias, según la persona que presencie el espectáculo.

Cierto es que un antitaurino apela a ella para denigrar los sufrimientos que se le infligen al animal: las banderillas, los puyazos, la estocada final y, si llega el caso, los descabellos.

Decía que hay poco por objetar a tal argumentación. La verdad es que nada. Ese modo de pensar y de sentir es impecablemente legítimo. Pero en este conflicto concurre una paradoja, que hay que tener muy presente, porque los taurinos también invocamos la sensibilidad para defender la Fiesta.

Sí, porque no hay nada en el mundo comparable a una buena faena. Ver a un torero inspirado parar, templar, mandar, ligar y cargar la suerte sobre una bestia de quinientos y pico kilos, exponiendo las femorales a sus embestidas, transmite una emoción a la que me parece imposible sustraerse.

Por eso ha de quedar claro que los detractores de las corridas de toros no pueden invocar la sensibilidad como patrimonio exclusivo para sus reivindicaciones. Ambos bandos, a favor y en contra de la Fiesta, están en el perfecto derecho de esgrimirla en su dialéctica. Es precisamente lo que yo hago: defiendo el arte del toreo por pura sensibilidad.

Así de sencillo. Y aquí está la clave para opinar sobre la previsible decisión del Parlamento catalán de prohibir las corridas de toros, tras haber dado curso (por un ajustado margen, eso sí) a una iniciativa legislativa popular en este sentido.

No es de recibo que desde una instancia política se irrumpa en la conciencia de los individuos. Es lo que sucede con este potencial veto, que impone por decreto una situación que debería configurarse en el plano únicamente a partir del fuero personal de cada ciudadano.

Si vuelve a obtener el respaldo de una mayoría simple de los representantes públicos catalanes, los aficionados a los toros no podrán ver en su tierra una corrida in situ. Tendrán que desplazarse al resto de España, al sur de Francia o a América para hacerlo. Algo que contrasta con la circunstancia de que hace apenas unos años, en Barcelona, capital de Cataluña, había abiertas de manera simultánea tres plazas de toros.

Aunque esto es adentrarse en arenas movedizas, en el análisis de esta prohibición que se atisba en el futuro, no puede dejarse de mencionar al menos un factor esencial, que juega un papel decisivo en todo este proceso legislativo.

Es el nacionalismo catalán. Su aspiración de convertir a Cataluña en Estado independiente conlleva una labor de zapa previa, necesaria para purgar su región de todo vestigio cultural en común con los vecinos de toda la vida. Hay que ensalzar las diferencias y soterrar el sustrato afín con el resto de la nación.

En este contexto se inscribe, en gran medida, el afán nacionalista de erradicar de su suelo la tauromaquia, una de las esencias hispánicas de más honda raigambre. En gran medida, en lo que respecta a los sectores separatistas, se asume la causa animal como una máscara para encubrir sus verdaderos objetivos: dar un nuevo paso hacia la secesión.

Pero esto no es todo. La prohibición de los toros esconde otras paradojas que, no sé si por pura ignorancia o por simple mala fe, escabullen los grupos ecologistas. Si en España terminara siendo proscrita la lidia, las marismas y las dehesas donde se crían los toros bravos, viviendo durante cinco años como marqueses, verían peligrar su existencia.

El hecho de que estos parajes, de incalculable valor medioambiental, estén vinculados al negocio de la ganadería de reses bravas les otorga una seguridad de permanecer intactas que, de lo contrario, en muchos casos perderían.

Incluso la propia supervivencia de esta especie, uno de los símbolos ibéricos por excelencia, también afrontaría graves amenazas. ¿Es eso lo que quieren los ecologistas? Es de suponer que no.

El toreo es una manifestación artística única, donde la ética y la estética, la física y la metafísica, lo culto y lo popular, la gloria y el fracaso, lo profano y lo sagrado, la vida y la muerte, se citan en mitad de un redondel cubierto por una arena empapada de sangre y siglos.

Un toro y un torero, en el embroque de sus armas, provocan el estallido de un aleph donde bullen en un instante eterno todas las fuerzas del universo.

Algo así no puede morir por la banalidad encobartada de cuatro catecúmenos de la política terruñista, ni por un ecologismo fundamentalista, que no ve más allá de la ciega ferocidad de sus proclamas. Va por ustedes.


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