Miguel, te la debía

Me sentía muy identificado con aquel hombre, con sus decisiones y su postura ante el mundo que le había tocado vivir

Por: Alberto Ojeda

Aquella noche nevaba, algo que no ocurre muchas veces en Madrid: apenas una o dos veces al año. Yo miraba desde la ventana cómo la calle iba cubriéndose de un manto blanco. No podía dormir. Hacía ya dos o tres meses que conciliar el sueño me resultaba muy difícil. Tenía 26 años y era un tipo desesperado.

Ni siquiera el ritual de purificación de los copos cayendo con su gravidez sutil sobre el suelo conseguía apaciguarme. Era tarde, las dos o las tres de la madrugada. No me sentía capaz de leer. Sabía que no me concentraría. Encendí la tele y me di de bruces con mi destino.

En la pantalla apareció la figura enjuta de Miguel Gil, con su rostro afilado, como sacado de un cuadro de El Greco. Unos ojos que eran pura incandescencia avivada por la melancolía y la desesperación. Unos ojos que contemplaban cada día la crueldad humana desatada en la guerra. En el documental del Canal de Historia una serie de amigos poco a poco iba rememorando su historia. Una de ellas, la que más me ha conmovido en toda mi vida.

Tras acabar sus estudios de derecho comenzó a trabajar en un prestigioso despacho de abogados de Barcelona. Todas las mañanas se encorbataba como buen ciudadano de provecho y acudía a aprender el oficio de las leyes, que tan lucrativo podía llegar a ser.

El futuro, en términos económicos y de prestigio social, estaba perfectamente encarrilado. Pero el espejismo pronto saltó en añicos. Miguel no había nacido para anclarse en una existencia así, tan nítidamente delineada. En su fuero interno se estaba gestando la rebelión contra la cordura de los conformistas y los pragmáticos.

El detonante fueron unas imágenes de la guerra de Bosnia que vio en un informativo. Cogió su moto de enduro, preparó un equipaje muy ligero (un par de botas, unas camisas, el saco de dormir, una radio de onda corta, una cazadora de cuero y poco más) y puso rumbo a la guerra, sin pensárselo dos veces.

Él contaba que no sabía muy bien qué le empujaba a cambiar de manera tan radical, aunque reconocía que le angustiaba saber perfectamente cómo sería su vida –hasta el mismísimo día de su muerte– si permanecía en Barcelona. Era enero de 1993 y hacía mucho frío en los Balcanes. Cuando llegó a Zagreb, después de varios días viajando a la intemperie, Miguel estaba destrozado.

En la capital croata intentó acreditarse como periodista con un fax que le había mandado una revista especializada en motos. Era algo delirante. Los periodistas profesionales que andaban por allí flipaban con un personaje así, que tanto recordaba al Quijote y sus desvaríos. Se preguntaban de qué manicomio había podido escapar. En aquel momento nadie podía sospechar que aquel imberbe jovenzuelo se convertiría, en pocos años, en uno de los miembros más admirados de la tribu de los reporteros de guerra.

Primero llegó a mostrar. En esta ciudad estuvo dos meses. Allí fue donde se enfrentó por primera vez con los horrores de la guerra. Sobre todo le estremeció la cantidad de civiles asesinados que yacían por las calles y los parques. Luego se fue a Sarajevo.

En la capital Bosnia vivió el asedio de los serbios en una especie de minarete atravesado por un proyectil en el que instaló su despacho. Se hizo con una mesa para poder trabajar sobre ella y dormía entre unas mantas en el suelo. El Mundo empezó a publicar sus primeras crónicas, que adolecían de una prosa demasiado recargada, propia de un jurista. Con el tiempo logró agilizar su escritura pero acabó centrándose en la labor de cámara de televisión, contratado por la prestigiosa agencia Associated Press.

Como todos los periodistas encargados de informar sobre un conflicto bélico, Miguel vivía con la conciencia mordisqueada por un dilema constante: si estás demasiado lejos no consigues la imágenes que interesan, pero si estás demasiado cerca puedes perder las imágenes y también la vida.

Él ni fue insensato ni mostró miedo nunca. Esa templanza le permitió alcanzar dos logros fundamentales. En la guerra de Kosovo fue el único reportero que se quedó en Pristina antes del anunciado bombardeo de la OTAN, en marzo de 1995.

Gracias a su obstinación por estar siempre próximo a la noticia pudo grabar unas escenas que dieron la vuelta al mundo: la de los albanokosovares abarrotando los trenes en los que huían de su tierra a causa del acoso de las temibles tropas serbias. Esa deportación en masa recordaba mucho a la de los judíos durante la II Guerra Mundial. De ahí el impacto que ocasionaron. La comunidad internacional, hasta ese momento más pendiente de otros conflictos, comprendió la gravedad de la situación en la antigua Yugoslavia.

A estas alturas del documental yo ya estaba estremecido de emoción. Tenía un nudo en la garganta y contenía a duras penas las lágrimas. Por supuesto, no afirmo que yo tuviera el valor para hacer algo parecido. Eso no lo puedo saber. Quizás sí, quizás no.

¿Quién sabe cómo hubiera reaccionado en unas circunstancias como esas? Pero me sentía muy identificado con aquel hombre, con sus decisiones y su postura ante el mundo que le había tocado vivir.

Yo creo, salvando las distancias, claro, que mi mirada en aquella época se parecía mucho a la de Miguel, sobre todo a la del Miguel que se lió la manta a la cabeza y se plantó en el epicentro del avispero de los Balcanes. Él huía de un pobre destino y yo también pretendía hacerlo.

La otra gran gesta de este reportero fue la documentación exhaustiva del cerco de Grozni, la indomable capital chechena, cercada a sangre y fuego por la soldadesca rusa, desquiciada por el vodka, el frío y la propia lucha. El orgullo herido de Rusia estaba en juego y Putin, antiguo mandamás de la KGB, no quería que el poderío de su patria quedara de nuevo en entredicho tras un enfrentamiento con esta microscópica república caucásica, que ya les había derrotado, contra todo pronóstico, en la guerra de 1994 a 1996.

Las imágenes tomadas de nuevo por Miguel Gil dieron cuenta de la limpieza étnica perpetrada en la ciudad y fueron el justo contrapunto a los amables recibimientos ofrendados a Putin por diversos mandatarios internacionales en sus respectivos países, incluido el papa Juan Pablo II.

El instinto sanguinario de este implacable zar de nuevo cuño había sido desenmascarado por una insignificante cámara de televisión. Miguel Gil reconoció en diversas ocasiones que aquellos días atrapado en una especie de ciudad fantasma fue la experiencia más extrema de toda su carrera.

Luego vino África, el continente que se desangra a causa de cientos de guerras diseminadas por todo su territorio que apenas consiguen ocupar unos segundos de nuestros informativos. Miguel Gil estuvo en el Congo, en Liberia, en Ruanda y en Sudán. En mayo de 2000 se encontraba en Sierra Leona, con el objetivo de siempre: enseñar el horror, azuzar conciencias y ayudar con ello a sus víctimas. Los rebeldes intentaban tomar el poder por el tradicional método de las armas.

Pero en la cabeza de Miguel las dudas empezaban a interferir en su vocación: eran demasiados años dando tumbos, siendo testigo directo del reverso más negro de la condición humana, con sus pertenencias repartidas en casa de amigos de diversas ciudades.

Esas dudas las expresó en una cena en confianza junto a su amigo el fotógrafo Gervasio Sánchez y otros más. Empezaba a pensar en asentarse. La idea de tener hijos le hacía mucha ilusión. Dos días después de hacer estas revelaciones el coche en el que viajaba incrustado en un convoy del ejército fue alcanzado por una granada lanzada por rebeldes emboscados.

Miguel Gil murió en el acto, junto al periodista estadounidense Kurt Schork. Las guerras se habían acabado para él. La posibilidad de vivir la paz junto a sus futuros hijos también. El año pasado se ha conmemorado el 10º aniversario de este triste final: tristes guerras, tristes, tristes.

Entonces sí cayó una lágrima como un goterón sobre mi mejilla. No cayó en balde. Yo también me iba a arrancar la corbata y me iba a echar al camino, en busca de mi vocación. Me lo juré asomado de nuevo a la ventana. Había dejado de nevar. La calle era un remanso de paz y silencio blanco.

Ahora sí me encontraba más sereno; emocionado pero sereno. Miguel Gil me dio el empujón que me hacía falta en aquel tiempo difícil, cuando el suelo se me tambaleaba bajo los pies. Nunca dejaré de agradecérselo. Hoy mi vida se parece mucho a lo que soñaba entonces.


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