México: la era de las alternancias

Un Estado es políticamente libre si sus instituciones políticas hacen prácticamente posible a sus ciudadanos llevar a cabo un cambio de gobierno sin derramamiento de sangre. Karl R. Popper

Por: Ciro Murayama

De las cuatro elecciones presidenciales que México ha celebrado en lo que va del siglo XXI, en tres se han producido alternancias: en el 2000, hacia el centro derecha después de setenta años de gobiernos del PRI; en el 2012, se le dio una nueva oportunidad al PRI ubicado en el centro y, en el 2018, con claridad el electorado se decantó por la opción identificada con la izquierda. En menos de 20 años, todo el espectro político ha estado en condiciones de hacerse, a través de vías institucionales y pacíficas, con el poder.

Así que, más allá de la sorpresa que pudo causar en 2018, la contundencia del triunfo de Andrés Manuel López Obrador (obtuvo 53% de los 56.5 millones de votos emitidos), lo cierto es que las condiciones para un cambio de gobierno estaban dadas por un sistema electoral que desde finales del siglo XX permitía una y otra vez hechos políticos que solo ocurren en democracia. A partir de 1997, el presidente de la República, otrora vértice y árbitro de la vida nacional, había perdido el control de la Cámara de Diputados; lo mismo ocurrió con el Senado desde el año 2000, lo que hizo efectiva la división de poderes y los contrapesos del Legislativo al Ejecutivo. En 1989, por primera vez ganó la oposición una gubernatura (Baja California), mientras que entre el 2015 y el 2018, de 33 elecciones a gobernadores en 21 casos ganaron candidatos opositores, lo que arroja un índice de alternancia de 63.63%, el más alto de la historia, por lo que el federalismo político y la autonomía local respecto a los designios presidenciales han sido una realidad que conviene preservar.

Es válido detenerse en estos datos duros, en la expresión del sufragio como mecanismo privilegiado para renovar los mapas de gobierno y de representación política, pues se trata de un fenómeno fractal, es decir, que ocurre en las distintas escalas del sistema político, tanto en el plano nacional como en el nivel local y también en el municipal.

En el ámbito federal es posible observar (tabla 1), la expresión de una vasta pluralidad política que se refleja cada tres años en la Cámara de Diputados. A lo largo de siete elecciones para elegir al órgano que refleja la diversidad política de la sociedad mexicana, es claro que la ciudadanía es reacia a entregar la posibilidad de aprobar leyes a un partido político en solitario. A la vez, se aprecia un fenómeno creciente de voto de castigo concretado en índices altos de alternancia (tabla 2).

Un comentario particular merece el hecho de que en 2018, Morena haya obtenido para la Cámara de Diputados el 38.8% de la votación válida emitida pero que, en los hechos, haya logrado aglutinar una bancada legislativa mayor 50% de los legisladores.

La Constitución General de la República, en su artículo 54 párrafo V establece: “En ningún caso, un partido político podrá contar con un número de diputados por ambos principios que representen un porcentaje total de la Cámara que exceda en ocho puntos a su porcentaje de votación nacional emitida”.

Morena ganó con candidatos propios 106 diputaciones de mayoría relativa (MR) en el 2018. El INE asignó a Morena 85 legisladores de representación proporcional (RP) que se derivaron de 41.34% obtenido en la votación nacional emitida, por lo que obtuvo un total de 191 legisladores (38.4% del total).

El anuncio de que la bancada de Morena se “ampliaba” gracias a acuerdos postelectorales a 252 diputados (50.4%), hecho el 5 de septiembre de 2018, genera una diferencia entre el porcentaje de votos obtenidos y el de legisladores, mayor a los ocho puntos porcentuales que permite la Constitución y, de facto, produce una mayoría parlamentaria de un solo partido que los electores, al ejercer la soberanía de su sufragio, no concedieron. Tema, sin duda, para la reflexión.

Volviendo al argumento central de este texto, la diversidad política también se ha concretado en la Cámara de Senadores (tabla 3), en lo que va del siglo ningún partido se ha hecho con al menos 65 senadores, que es el umbral mínimo para alcanzar la mayoría. En las legislaturas 2018-2021 y 2021-2024, no obstante, los legisladores electos que fueron postulados por la coalición “Juntos Haremos Historia” (Morena, PT y PES), suman 71 escaños, ello sin contar posibles adhesiones posteriores.

Es interesante mostrar, asimismo, cómo se han incrementado los fenómenos de alternancia en la conformación del Senado, es decir, de qué forma el partido que es dominante en una entidad puede dejar de serlo seis años después (plazo de renovación de la Cámara Alta). Es lo que muestra la (tabla 4), donde se considera como alternancia en una entidad, aquella elección en la que el partido que obtiene el primer lugar es distinto al que ganó la elección previa. Si bien el índice se ha acercado al 50%, que sería una misma probabilidad de alternancia que dé continuidad, en el 2018, el vuelco electoral fue de tal magnitud que solo en cuatro entidades de las 32 volvió a ser primer lugar el partido que había obtenido más votos en 2012.

Vayamos ahora a los datos en las gubernaturas. Si se toma en cuenta un ciclo largo de elecciones, desde el inicio de la competitividad electoral de fines de los años ochenta del siglo pasado a la actualidad, se verá que el paso de estas tres décadas es también el del incremento de los fenómenos de alternancia, sobre todo en el breve trienio 2015-2018 (Gráfica 1). Así, en los últimos años hubo el doble de probabilidades de triunfo de un partido de oposición a una gubernatura que la ratificación en el cargo del partido en el gobierno.

fuente: Elaboración propia con base en cómputos realizados por autoridades electorales.

Más aún, si se concentra la mirada en las gubernaturas renovadas en 2018, se aprecia que de nueve elecciones en siete triunfó la oposición (tabla 5).

La vida política en el municipio, el orden de gobierno más cercano a la ciudadanía es una expresión de la nutrida pluralidad donde el cambio de gobierno no es excepcional. Si se considera solo 2018 (tabla 6), en seis de cada diez elecciones hay renovación del partido gobernante en los municipios.

El panorama que han querido mostrar las tablas de este texto es el de una era de elecciones que producen alternancias. México vive los años de mayor cambio de partidos gobernantes, en el plano municipal, de entidades federativas y a escala nacional. Asimismo, se generan importantes modificaciones en las tendencias electorales de los órganos de representación, como es el Poder Legislativo Federal.

Este fenómeno extendido y persistente de la alternancia, solo puede tener verificativo en elecciones competidas y auténticas. Por supuesto, puede haber elecciones legales y legítimas con triunfo de quien gobierna, pero no es posible la alternancia en comicios donde no se respeta la voluntad popular o donde ocurren elecciones controladas desde el poder.

En el México predemocrático, se citaba con frecuencia el célebre y breve cuento del escritor Tito Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Para bien, ahora se puede decir que si en México nos despertamos con alternancia es porque la democracia ya estaba aquí.

¿Y qué era lo que estaba, lo que hizo posible una vez más un cambio de gobierno pacífico? Un conjunto de normas e instituciones que garantizan el sufragio efectivo y la equidad en la contienda. Las enumero de forma sintética: una autoridad electoral administrativa autónoma, con independencia frente al gobierno y los partidos, con recursos propios para cumplir con sus tareas, entre ellas, la confección de un padrón electoral que no es modificado ni manipulado por el Poder Ejecutivo; financiamiento público preponderante para los partidos, distribuido con reglas de equidad, así como acceso gratuito para los actores políticos a radio y televisión con cargo a los tiempos del Estado; no es menor la importancia de contar con una prensa libre, que no está al servicio del gobierno. Y, el componente clave: el voto secreto que garantiza la libertad de la ciudadanía. Si ello no se trastoca, y al contrario se respeta y fortalece, la pluralidad seguirá siendo el rasgo distintivo de una sociedad compleja y cambiante como la mexicana.


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