Marshall Ganz: Volver a creer otra vez*

Para Ganz el gobierno de George Bush era, sin duda, el punto más bajo de lo que Estados Unidos podía llegar a ser

Por: Wilbert Torre

¿Obama hubiera ganado la elección sin el movimiento ciudadano que impulsó su candidatura? ¿Por qué el modelo de la campaña de Obama representó una nueva forma de hacer política? ¿Cuáles son las lecciones que otras democracias deberían aprender de la campaña del primer presidente negro? Éstas son algunas de las preguntas que el libro Obama latino, de Wilbert Torre, a través de una brillante crónica, no carente de juicio crítico, intenta dar respuesta. 

Cuando los hombres de Obama orinaban en el cuartel general de la campaña –un rascacielos color carbón en la avenida Michigan de Chicago–, sobre sus cabezas pendía un gigantesco mapa de Iowa, un inevitable recordatorio del reto que tenían por delante.

Estaban concentrados en ese estado convencidos de que Obama sólo podría obtener un triunfo sorpresivo si empleaba una estrategia opuesta al método utilizado por anteriores candidatos: un presupuesto gigante capaz de soportar un bombardeo interminable de mensajes difundidos por radio y televisión para atraer a los grupos más amplios de votantes –mujeres, trabajadores del campo, retirados y ancianos– hacia un candidato cuya imagen era puesta a la venta como si fuese un producto comercial.

En 1976, Jimmy Carter logró atraer caras distintas a las elecciones internas, pero desde entonces casi todos los candidatos habían renunciado a la posibilidad de despertar el interés de electores diferentes a los votantes de siempre. Sólo Howard Dean lo intentó en 2004, cuando quiso acercar a los estudiantes de preparatoria y a los universitarios inspirados por el espíritu revolucionario de su candidatura, pero fracasó de manera rotunda.

En unas horas perdió su posición de gran favorito para terminar relegado a un triste tercer lugar, detrás de John Kerry   –que al final ganaría la nominación demócrata– y del senador John Edwards.

Transcurría el mes de abril de 2007, y el equipo de campaña intentaba trazar una ruta para acometer las primarias demócratas. La tradición impone al candidato que llega en condición de favorito la obligación de salir victorioso en Iowa, uno de los estados más pequeños del país, independientemente de que el proceso de nominación considere elecciones en los cincuenta estados y puede prolongarse hasta seis meses.

También es de esperarse que el candidato puntero triunfe en las elecciones posteriores de Nueva Hampshire, Carolina del Sur y Nevada. El equipo había trazado una estrategia temprana centrada en Iowa, que se rige bajo el sistema de caucus, una palabra con raíces norteamericanas indias que significa “reunión de los jefes de las tribus dominantes”.

El caucus es un sistema cerrado en el que participan sólo los miembros del partido, de modo que las cosas estaban claras para los estrategas de Obama: en un escenario en el que Hillary Clinton intentaría ganar con el voto de las mujeres, y John Edwards, de los trabajadores rurales, la única posibilidad de que el senador por Illinois pudiera disputar la elección era por medio de una organización que le permitiera acercarse no sólo a esos grupos, sino a otros votantes que suelen ser ignorados.

Para tener posibilidades, Obama y su mensaje debían llegar a los habitantes de Iowa por la única vía que le haría posible soportar el embate de las campañas millonarias que desplegarían sus adversarios: el contacto directo con la gente.

Figueroa ya se había instalado en su nueva casa en Des Moines, la capital de Iowa, aunque viajaba con frecuencia a Chicago para estar presente en las reuniones de evaluación de estrategias en las oficinas centrales de la campaña.

El clima era tibio y la mayor parte de los días había un sol brillante de primavera. Un día de finales de mayo llamó a un viejo amigo y compañero de luchas de su familia: Marshall Ganz, profesor de Organización y Liderazgo en la Universidad de Harvard.

Le dijo que tenía un asunto sin resolver: miles de voluntarios se habían presentado en las oficinas atraídos por la candidatura de Obama, pero tenía problemas para organizarlos de manera que se convirtieran en el motor capaz de movilizar a millones.

Debemos encontrar la forma de que estos ejércitos pongan a Obama en la ruta de la victoria y no tenemos una idea clara de cómo lograrlo. ¿Contamos con usted?”, le preguntó Figueroa. “Me parece fantástico. Hagámoslo”, respondió Ganz, sin pensarlo dos segundos.

¿Cómo podría negarse? Siempre había sido un luchador desde que, en 1964, un año antes de graduarse, abandonó Harvard para unirse a la defensa de los derechos civiles de los negros en Mississippi –justo en la época en la que dos jóvenes activistas blancos habían sido asesinados–, y dos años después, al movimiento de César Chávez.

Ganz había regresado a Bakersfield, el pueblo de California donde creció, con la idea de volver a Harvard, y en esas estaba cuando se percató que en los campos de California también ocurrían cosas terribles, y descubrió las condiciones inhumanas en las que trabajaban miles de campesinos mexicanos.

Ahí conoció a los padres y a los tíos de Figueroa, y ahí, en California, comenzó a poner en práctica un método de organización comunitaria que despertó en los campesinos un espíritu de lucha inspirado en las ideas de libertad, justicia e igualdad.

Por medio de charlas –calle por calle y casa por casa–, Ganz, que había sido estudiante de psicología, emprendió una larga y difícil jornada: lograr que miles de humildes campesinos, sin ningún tipo de poder, se organizaran. “David derrotó a Goliat porque tenía una estrategia”, era la idea esencial que Ganz intentaba transmitir a los trabajadores inmigrantes.

El sindicato de chávez realizó varios paros y boicoteos nacionales apoyados por iglesias y estudiantes, y en abril de 1966 logró un triunfo histórico que trascendió la lucha campesina y se convirtió  en  un  movimiento por los derechos civiles.

El estratega detrás de esa guerra   había  sido  Ganz, apoyado en  tres elementos esenciales: la enorme motivación que había en los líderes del movimiento; sus relaciones estrechas con los campesinos, y algunas teorías y tácticas de organización comunitaria.

Ganz era el hombre que necesitaba la campaña de Obama para construir un movimiento inspirado en los mismos valores que, varios decenios después de aquellas luchas, continuaban uniendo a los estadounidenses en medio de todo lo que los separaba.

Asesorados por Ganz, en junio Figueroa y David Plouffe tomaron la decisión de fundar en Chicago los campos de entrenamiento Obama.

Por medio de la página web del candidato lanzaron las primeras convocatorias, y cientos de jóvenes comenzaron a inscribirse para asistir a las sesiones inaugurales en Chicago. No era la primera vez que Ganz participaba en una campaña política.

Una mañana de junio de 1968 había viajado con doscientos campesinos mexicanos a la parte Este de Los Ángeles. La misión de esos hombres, todos indocumentados, era llevar a votar a los ciudadanos estadounidenses por el candidato demócrata que encabezaba un movimiento popular apoyado por negros e inmigrantes: Bobby Kennedy.

Por la noche, Ganz y su pandilla de campesinos mexicanos asistían a una fiesta para celebrar el triunfo, y esperaban fuera de un salón a que Kennedy los recibiera, cuando algo sucedió. Ganz recuerda gritos, carreras, una gran confusión.

El candidato acababa de ser asesinado. Para Ganz la ruta del país dio un vuelco y meses más tarde, con la elección de Nixon, la lucha por los derechos civiles se transformó en la opresión sistemática de las minorías. Los ideales de Kennedy fueron sepultados por las nuevas políticas de criminalización del gobierno de Nixon, advierte Ganz, un tipo robusto de sesenta y cinco años, cabello gris y un bigote de morsa vieja.

La candidatura de Obama representaba la posibilidad de reanudar una era progresista interrumpida con el asesinato de Kennedy, cuyos ideales no se extinguían en los deseos de integración racial y justicia social, sino que abarcaban una agenda más amplia de igualdad, inclusión y oportunidades.

Para Ganz el gobierno de George Bush era, sin duda, el punto más bajo de lo que Estados Unidos podía llegar a ser. Así que se preparó para dejar por unos días su cubículo de profesor en Harvard. Debía ir al encuentro de cientos de voluntarios unificados por un deseo que comenzaba a extenderse de un estado a otro y de una ciudad a otra, como una infección fuera de control: la urgencia de cambiar el rumbo del país.

En esos días los resultados que mostraban las encuestas eran abrumadores: no había una sola que no ubicara a Hillary Clinton a la cabeza de los sondeos realizados entre distintos sectores de habitantes de Estados Unidos.

Realclearpolitics, uno de los sitios políticos online más consultados por el mundo político de Washington, especializado en la compilación y el análisis milimétrico de encuestas, presentaba en mayo un cuadro estadístico de la contienda demócrata: la senadora Clinton se mantenía en la punta de la competencia con diez puntos sobre Obama.

Pero lo importante no era eso, sino el comportamiento de las encuestas desde el inicio de la contienda, cinco meses antes: Obama, que en los albores del año estaba veinte puntos atrás de Clinton, había logrado acortar la distancia hasta reducirla a sólo ocho puntos en sus mejores días.

La senadora por Nueva York aún dominaba la escena y los periódicos de todo el mundo la retrataban como un gigante imposible de vencer: era la Goliat que Obama debía derrotar.

“¿Cuántos de ustedes vinieron al discurso que pronunció Barack Obama en la Convención Demócrata de 2004?”, Marshall Ganz caminaba por los pasillos de un aula escolar disparando preguntas en una de las primeras sesiones de entrenamiento a quienes se convertirían en los organizadores de la campaña.

Figueroa me había explicado que desde un principio decidió entrenar organizadores y no voluntarios, porque los segundos siguen órdenes y los primeros toman decisiones. Los organizadores tendrían un papel más extenso y esencial: participarían desempeñando tareas de coordinación que tradicionalmente recaen sobre los mandos intermedios del Partido Demócrata y de la campaña.

Y al egresar de los campos de entrenamiento viajarían a todos los estados con la misión de encontrar líderes en los barrios para transmitir sus conocimientos y dirigir a miles de voluntarios en todo el país.

Camisa remangada hasta los antebrazos y caquis color miel, Ganz no parecía uno de esos profesores inalcanzables de Harvard, sino un sencillo maestro de barrio. En el salón estaban acomodadas unas cien personas que habían sido seleccionadas según algunas características que indicaban que tenían cualidades para ser líderes y formar equipos de mando.

Un mar de manos se agitó en respuesta a la pregunta de Ganz, que permanecía de espaldas a una pared blanca a la cual estaban adheridos cartones con palabras como “liderazgo”, “cuesta arriba” y “organización”; en un muro lateral se leía una inscripción: “una ofensa a una persona es una ofensa a todos”.

La composición del público asistente era un microcosmos de lo que es Estados Unidos del siglo XXI: la mayoría eran jóvenes claramente menores de veinticinco años; había más mujeres que hombres y una decena de personas cuyas edades oscilaban entre los cincuenta y setenta años.

En las sillas estaban acomodadas personas anglosajonas y otras de origen afroamericano, indio, hispano y asiático. Los primeros siete minutos transcurrieron en un diálogo fluido en el que se alternaban preguntas de Ganz y respuestas de los asistentes.

–¿Qué recuerdan del mensaje de Obama?

–Dijo que no hay estados rojos y azules–, respondió un hombre.

–¿Por qué recuerdas esa frase?

–Porque me llegó al corazón.

–¿Qué parte te sacudió?

–Tiene que ver con la triste y eterna división del país en demócratas y republicanos.

–Eso significa que la unidad y la relación colectiva son valores muy importantes, dijo Ganz.

–Creo que algo radical en esta elección es que no estamos tratando de ir en contra de los republicanos, no deseamos golpearlos y acabar con ellos; estamos hablando más de la unidad que necesita el país–, advirtió una mujer.

–Eso quiere decir que prefieres el poder del amor antes que el poder destructivo.

Una risa general invadió el salón. No estoy bromeando –dijo Ganz, y se acarició con la mano derecha el denso bigote entrecano. Hablamos de los mismos valores: la comunidad, la unidad, la interdependencia.

–Para mí –dijo una joven negra con un peinado formado por pequeñas trenzas– lo más singular del discurso de Obama fue la frase “audacia de la esperanza”, un oxímoron por definición, pero me encanta la idea de que la posibilidad de atreverte a hacer algo radique en la esperanza de ver más allá. Hay un poder inspirador en ello.

Después de varios minutos de compensación, Ganz preguntó si alguien recordaba las posiciones políticas de Obama en ese discurso. Todos respondieron que no. “Eso es muy interesante”, dijo Ganz entre risas.

“¿Pero qué más recuerdan sobre lo que dijo acerca de sí mismo?” Un joven asiático dijo que Obama había mencionado su historia, la de su familia y la historia de su padre nacido en Kenia, y que para él, un inmigrante de Estados Unidos, esa parte fue especial. “¿Cuánta gente piensa que la historia de Barack fue lo más importante del discurso?”, preguntó Ganz, y otra vez todas las manos en el salón volvieron a levantarse.

“¿Qué más recuerdan de esa parte?” Un hombre que llevaba unas gafas de sol dijo que Obama se había descrito como un muchacho flaco y con un nombre simpático, y otro recordó que había mencionado los sueños de su abuelo y el improbable amor de sus padres, compartiendo una fe inmensa en las oportunidades que siempre han representado Estados Unidos. “¿Recuerdan lo que dijo sobre los desafíos que enfrenta el país y las estadísticas que mostró?”, volvió a preguntar Ganz. Nuevamente todos dijeron que no.

“Como pueden ver -explico Ganz- la intención de Barack fue que cobraran vida todos esos valores esenciales para nosotros, interpretándolos y utilizando una narración para contar su historia, que es la historia de muchas personas más que enfrentan desafíos, y es la historia de Estados Unidos. Lo que haremos aquí es trabajar para aprender a hacer lo que él hizo en ese discurso: contar nuestras historias. ¿Cómo lo haremos? Hay dos maneras de entender al mundo: el conocimiento, los patrones, lógica y ciencia representan información útil para definir estrategias y soluciones, pero no ayudan mucho a entender por qué una cosa importa más que otra o por qué debo tomar un riesgo aquí y allá no. Eso forma parte del dominio del porqué, la manera en la que aprendemos a sentir acerca del mundo: un mapa emocional que nos dice qué es bueno y malo, qué es atractivo y repugnante, inspirador y descorazonador. Es el dominio de la motivación, los valores y la historia. Ambas formas de ver al mundo son importantes, pero es difícil concentrarse en cómo hacer algo si no tienes el sentido del porqué y ese sentido no lo adquirimos a través de los patrones del mundo, sino de la interpretación de los sentimientos y las emociones. La forma en la que entendemos los valores es por medio de las emociones. Aquí ocurrirán dos cosas: cuando ustedes salgan de aquí lo harán con una estrategia para organizar equipos en los barrios y serán capaces de transmitir a miles la importancia de los valores por medio de sus propias historias, y de enseñarles a esas personas a narrar sus historias para transmitirlas a otros, y así sucesivamente”.

Los siguientes dos días los asistentes al taller se dividieron en grupos de cuatro o cinco personas y cada una de ellas narró a los demás la historia de su vida, en dos minutos, como lo hizo Obama en el discurso de Boston.

Lo sorprendente del ejercicio fue que todos tenían historias semejantes: huérfanos que tuvieron que batallar desde muy pequeños; jóvenes con un pasado de drogadicción; madres abandonadas que sacaron adelante a sus hijos; estudiantes negros segregados en las universidades; familias que habían debido mudarse decenas de veces en busca de oportunidades.

Lo que ahí tenía lugar en esos momentos era una crónica colectiva de adversidades, desafíos y logros en medio de panoramas sembrados de obstáculos.

Las experiencias de todos ellos, y la forma en la que habían logrado sobreponerse a situaciones adversas, los convertían en líderes naturales para regresar a sus distritos y acometer el reto de trabajar formando equipos de voluntarios alrededor de la candidatura de Obama.

Tras el método de narración de historias personales, el último día de entrenamiento fue dedicado al aprendizaje de lo esencial en una campaña electoral: cómo lograr que un equipo de personas funcione con eficacia, y técnicas para reclutar voluntarios y contactar votantes.

Días después, los primeros hombres y mujeres egresados de los campos Obama viajaban a Iowa como organizadores a sueldo, cuyo trabajo sería reclutar líderes en todos los barrios del estado para reunirlos y entrenarlos con la intención de contactar a sus vecinos, a la comunidad en general y a los votantes.

Para lograrlo organizaban fiestas similares a las que realizan los vendedores de enseres de cocina Tupperware. Los asistentes contaban sus historias, encontraban puntos de coincidencia y después se dedicaban a reclutar voluntarios.

Los organizadores entrenados por Ganz formaron equipos en los que varias personas se hacían cargo de responsabilidades específicas: acceder a los bancos de información reservados de la campaña para obtener listas de votantes; hacer llamadas telefónicas a esos electores; reclutar más voluntarios; coordinar jornadas para salir a tocar puertas y conversar con los habitantes de Iowa sobre quién era ese candidato llamado Barack Obama y cuál era su idea de cambio.

Los campos de entrenamiento rebasaron velozmente las expectativas de David Plouffe, que bautizaría a los miles de voluntarios como “El ejército de persuasión de Obama”, y pronto miles comenzaron a registrarse para tomar parte en las sesiones de entrenamiento.

El programa, que había iniciado en Chicago, se extendió de una costa a otra: de Burbank, San Francisco y Los Ángeles, Californi –todas ellas a cargo de Ganz– pasando por Atlanta, Georgia, Saint Louis, Missouri y Salt Lake City, Utah, hasta llegar a Nueva York.

En los entrenamientos de California, Ganz preparó doscientos equipos en sólo dos semanas, y con el apoyo de cuatro miembros de la campaña pudo construir una estructura comunitaria suficiente para que toda esa gente hiciera cien mil llamadas telefónicas en un solo día.

Como Ganz lo explicaría tiempo después, lo que estaba ocurriendo era algo que ningún partido político había hecho en Estados Unidos: invertir en recursos cívicos y humanos con la idea de construir una plataforma política desde el último peldaño de la sociedad.

El verano había llegado y Obama continuaba celebrando mítines a los que asistían miles, mientras el número de personas que buscaban mantenerse en contacto con la campaña a través del Internet y una interminable fuente de redes sociales online crecía de manera estratosférica.

Con la ayuda de Hughes, el fundador de Facebook que se había unido a la campaña, en la página oficial del candidato fue creada Mybarackobama.com, una red construida a partir de un espíritu local que permitiera a la gente de las colonias, los barrios y las ciudades estar en contacto y mantenerse activa participando de distintas maneras.

Para esas fechas, Hillary Clinton había logrado recaudar 26 millones de dólares en el primer trimestre del año. Convocando a pequeños donantes a través de mensajes electrónicos, el senador por Illinois había logrado colocarse detrás de ella, que ahora se encontraba realizando una ardua campaña en Iowa y Nueva Hampshire.

Para entonces, el movimiento de Obama llevaba casi seis meses trabajando en el primer estado, enviando a miles de organizadores a conversar con sus habitantes sobre su propuesta de cambio y compartiendo sus historias de adversidad y desafíos para encontrar puntos en común.

En junio, justo a la mitad de la contienda, Plouffe y Figueroa decidieron poner a prueba la eficacia de los ejércitos, más allá de Iowa. Por e-mail enviaron un mensaje a miles de simpatizantes que habían asistido a los mítines. El correo decía: “¿Podemos hacer que todo este entusiasmo se manifieste fuera del mundo de Internet? Los queremos, pero necesitamos que salgan a las calles a trabajar en sus vecindarios”.

La convocatoria, denominada “caminata por el cambio”, se realizó los primeros días de ese mes y el resultado sorprendió a todos: seis meses antes de que los demócratas asistieran a las urnas, diez mil simpatizantes salieron a las calles en los cincuenta estados con la idea de persuadir a sus vecinos de apoyar la candidatura de Obama.

En Arizona, mil quinientas personas habían desafiado un calor cercano a los cincuenta grados centígrados para salir a tocar puertas y a compartir con los vecinos la idea del cambio y una nueva forma de hacer política.

Las enseñanzas del profesor Ganz estaban en marcha y en la creencia de que con un plan y una estrategia cualquier David puede vencer a Goliat. La campaña continuaba innovando casi todos los días.

La tercera semana de junio, Plouffe sorprendió con una nueva idea para recaudar fondos: envió miles de e-mails invitando a donar cualquier cantidad a cambio de un singular premio: cinco personas serían elegidas al azar para cenar con Obama.

La iniciativa tuvo un gran éxito y a partir de ahí la organización comunitaria y la recaudación de fondos caminaría sobre ruedas los siguientes meses.

En el segundo trimestre del año, Obama recabó fondos por treinta y dos millones de dólares, venciendo por primera vez a Hillary Clinton.

Con dinero suficiente para emprender nuevos proyectos, se realizaron más sesiones de entrenamiento en otros estados del país, con la mirada puesta ya no sólo en Iowa, sino en la madre de todas las batallas en ambos partidos: el “súper martes” de febrero, una jornada en la que se celebran elecciones en veinticuatro estados.

En una conversación que tuvo lugar al término de una más de las series de entrenamiento, Ganz le dijo a Figueroa que todo indicaba que Obama estaba en la ruta correcta para enfrentar a Hillary Clinton con posibilidades de ganar la candidatura. “Miles de personas están preparadas para organizarse”, le dijo con emoción. “Estamos en el camino de traer de regreso a la ciudadanía a las primeras filas de la vida política”.

Los siguientes meses Hillary Clinton recorrería el país con frenesí, en un tour apoyado en una burocracia poderosa que se asemejaba más a la travesía de un candidato en la ruta final de la disputa por la presidencia.

Mientras tanto, Obama se había desentendido del resto del país y había optado por una reclusión casi absoluta en Iowa. Cuando Clinton llegó al estado para comenzar a convocar votantes, ya era demasiado tarde: su rival llevaba metido ahí ocho meses, saludando a los habitantes en sus casas, visitando iglesias los domingos, caminando en los parques y las plazas como si fuera un vecino recién llegado a ese territorio donde casi todos –desde el tendero, pasando por el maestro, el empresario, la juez, el boticario, la directora de escuela y el granjero– eran rubios.

La campaña de Clinton parecía obsesionada con la idea de arrasar en todos los estados en juego, en tanto que la estrategia de Obama era más modesta y acorde a las reglas del juego: si podía ganar la mayoría del voto popular en un estado era fantástico, pero su propósito era alcanzar los porcentajes suficientes para dar la batalla en el reparto de los delegados. 

Citas
  1. *Capítulo V del libro de Wilbert Torre, Obama latino (prólogo de Jorge Castañeda Gutman), Editorial Jus, México: 2009.

 


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