Las bases ecológicas del lenguaje (político)

Es un hecho que las manifestaciones del lenguaje abarcan un amplio espectro de la cognición y que tienen influencia en el desarrollo de las relaciones sociales y en la construcción de la cultura

Por: Gabriel Pareyón

Introducción

Alineándose con el pensamiento de adorno, en el llamado Positivismusstreit (‘debate sobre el positivismo’), Habermas opuso contra el ‘racionalismo crítico’ de Popper, la idea de que la teoría social difiere esencialmente de las ciencias naturales (Habermas, 1962).

Esta noción categórica profundizó la controversia entre aquellas tendencias de la filosofía política orientadas a una interpretación post-mecanicista del tejido social, y aquellas orientadas a una interpretación post-estructuralista, en empatía con la sociolingüística. 

Esta misma controversia estimuló la búsqueda de nuevas maneras de entender cómo se vincula la teoría social con las nuevas hipótesis del comportamiento en general (etología) y del comportamiento humano en particular (antropología), respecto de un ambiente ‘social’ y ‘natural’.  

Cuando Einar Haugen acuñó el paradigma de ‘ecología del lenguaje’ en 1970, se estaba refiriendo a un nuevo enfoque ecológico de las interrelaciones entre los lenguajes en sus dimensiones individual (idiolecto) y colectiva (ecolecto). 

En los años siguientes la aplicación del concepto de ecología a diferentes áreas de la lingüística creció notablemente, aportando una variedad de términos como interrelación, ambiente, diversidad y degradación lingüística, vinculados a un nuevo programa en la sociología y la ciencia política (cf. Fill y Mühlhäusler, 2001).

Esta perspectiva resulta de especial interés en un país como México, cuya diversidad y degradación de sus lenguas nativas están íntimamente ligadas a su realidad social y económica, y a la degradación de su ambiente. 

Gran parte del trabajo de Haugen, y de otros afiliados a la ecolingüística, se enfoca en la averiguación de la ecología como metáfora, entendiendo que la ‘casa’ ( , etimología de eco-) del hombre no es sólo su cuerpo, sino también el ambiente que lo rodea.

Su lenguaje-en-acción no es, en consecuencia, el producto inmediato de una fonología anatómica o de una exteriorización en sociedad, sino el resultado de una reciprocidad entre cuerpo, colectividad y medio ambiente.

Mühlhäusler simplifica esta relación con un ejemplo ilustrativo: “Las lenguas europeas tienen huecos en su habilidad para expresar aspectos del ambiente.

El número de plantas comestibles que el occidental promedio puede nombrar contrasta desgraciadamente con los cientos de nombres conocidos por el hablante promedio de una lengua nativa mexicana o sudamericana” (Mühlhäusler, 163). 

Es un hecho que las manifestaciones del lenguaje abarcan un amplio espectro de la cognición y que tienen influencia en el desarrollo de las relaciones sociales y en la construcción de la cultura (Searle, 1995).

Más que un todo dividido en que las partes son independientes entre sí, el lenguaje y su relación con el pensamiento abstracto forman un todo continuo, bifurcándose al interior de un contexto social, perteneciente asimismo a un conjunto ecológico (Sapir, 1912; Steiner, 1975). 

Las relaciones del lenguaje con la sociedad y su contexto no son, sin embargo, propiedades fijas que puedan someterse completamente a un programa determinista. Por el contrario, la lingüística ha abierto su propio debate entre un mecanicismo racionalista, promotor de una gramática universal de carácter cerrado y estable como centralidad comunicativa (Shannon, Moles, Chomsky), y las nuevas corrientes que, como la impulsada por Hermans et al. (1992), proponen estudiar las relaciones del lenguaje como juegos necesariamente inestables y autogeneradores de sistemas a través de su propia inestabilidad.

Esta propuesta pone énfasis en la comprensión de la naturaleza de los vínculos entre medio ecológico, sociedad e individuo, interioridad y exterioridad, como motor de las tendencias lingüísticas y de las idiosincrasias en transformación. 

La revaloración de las relaciones de los rasgos del lenguaje del individuo (idiolecto) respecto de unos rasgos lingüísticos compartidos (ecolecto), y su participación en la recreación del lenguaje y el desarrollo colectivo de mensajes y valores simbólicos, abre una perspectiva para considerar que los procesos sociales del lenguaje no están separados de un sistema mayor de transacciones ecológicas.

Bajo esa perspectiva es necesario propiciar una relación más equilibrada entre pragmática y ecología (cf. Chawla, 1991), para tratar de entender mejor cómo participa el lenguaje en dichas transacciones. 

1. El lenguaje como sistema dinámico 

Antes de Wilhelm Bon Humboldt, entre los lingüistas predominaba la idea de que el lenguaje estaba sujeto a relaciones fijas, o bien a una modificación lineal con efectos consecutivos. Un primer paso en el cambio de esta idea se dio con la aceptación de que las lenguas se modifican gradualmente por préstamos e influencias mutuas que afectan las palabras y los elementos que las forman, así como las estructuras sintácticas y las pautas gramaticales.

Aquí hay una primera analogía importante con las modernas ciencias naturales, que estudian a los organismos como sistemas coordinados. 

Una de las fallas fatales del positivismo fue su creciente dificultad para acceder a una descripción adecuada de los fenómenos cambiantes, como el lenguaje y la transformación de las sociedades, cuyas relaciones no parecían sujetarse a los principios descriptivos usados hasta entonces por el empirismo.

Así, una teoría dinámica del lenguaje en sociedad tendría que ocuparse no sólo de la tricotomía funcional semántica-sintaxis-pragmática, sino especialmente de las relaciones entre discurso y comunicación en un todo armónico. Esta visión tendría que considerar al lenguaje por el paralelismo entre la evolución de la especie y el desarrollo humano individual, no como una secuencia de rupturas, sino como continuidad en un seno ecológico.

De manera que el estudio del lenguaje pudiese reflejar la importancia  que éste tiene en la creación del discurso en un entramado socioecológico. Aunque este propósito no es del todo nuevo, probablemente merezca una nueva actitud de apertura en quienes desean comprenderlo.

Sus orígenes están en la averiguación que inició Sapir, respecto de la relación que tenían las lenguas de los nativos norteamericanos con los elementos naturales de su ambiente, así como en las observaciones sobre psicología social, que en Piaget y Vygotsky descubren una trama continua de signos recurrentes en el lenguaje, a partir del yo central en que germina el idiolecto, extendiéndose a una comunidad, una coordinación de ‘yos’ en nichos y redes autopoyéticas de significación.

En términos de la semiótica, esto es lo que Jakob von Uexküll llamó Umwelt: un entorno o ‘mundo ecológico’ en el cual florecen los ecolectos, las tendencias grupales y los sistemas de preferencia, pero también la fijación de normas y la regulación del desarrollo (cf. Uexküll, 1957). Este enfoque resulta de un refinamiento de una idea germinal de De Saussure, de que “los signos del lenguaje tienen vida” (De Saussure, 1916:33); esa ‘vida’ se desenvuelve en el seno socioecológico. 

2. Regulación en el lenguaje y en la moral 

Hace casi cuarenta años haugen hacía notar un cambio en la perspectiva lingüística, del positivismo al estructuralismo: el lenguaje había pasado de ser entendido como un ‘organismo vivo’, a ser entendido como una ‘máquina’.

Este cambio se acompañó de una sustitución masiva de metáforas en la refinación de una terminología técnica y tecnológica para definir las partes del lenguaje.

Con todo su poderío práctico, económico y político, la revolución informática consolidó la idea de que el lenguaje era el producto de una máquina. Por lo tanto el lenguaje podría ser comprendido a través de un ‘instructivo fundamental’, equivalente a la gramática universal que defiende el generativismo lingüístico a partir de Chomsky.

En contraste con lo anterior, actualmente se reconsideran algunos aspectos de la metáfora biológica del lenguaje, aceptando que éste no ‘vive’ como un organismo, sino más bien ‘vive’ en el hombre y su ambiente. De cierto modo el lenguaje humano es el hombre mismo.

Entre los lingüistas que apoyan esta idea, Mufwene reconoce que un lenguaje se sustenta de un modo semejante a como se efectúa la combinación genética en los tejidos biológicos, con la participación directa de los subordinados (o aprendices), que aportan al mismo tiempo correspondencia, selección y modificación de contenidos durante sus procesos de coordinación [o aprendizaje] (Mufwene, 2002).

Según esta idea, una especie (comparable a un lenguaje) se integra por organismos (equivalentes a unos idiolectos), proyectando a largo plazo una serie de relaciones interdependientes. Estas relaciones se vinculan por sistemas de coherencia relativamente rígidas (leyes o reglas operativas) y relativamente flexibles (preferencias).   

Por analogía de lo que sucede en un sistema biológico, la coherencia del lenguaje se logra por un equilibrio entre la rigidez estructural y la flexibilidad adaptativa. La coherencia entre regla y volición, o entre posibilidad y necesidad, a su vez, determina las pautas de corrección gramatical y las relaciones deónticas 1   en el contexto social. Como observa F. A. Hayek: 

El hombre es tanto un animal que sigue reglas como un animal que busca propósitos. Y triunfa no porque sepa por qué debe observar las reglas que observa, o porque sea capaz de poner estas reglas en palabras, sino porque su pensamiento y su acción están gobernados por reglas que por un proceso de selección han evolucionado en la sociedad en la que vive (Hayek, 1973:11). 

La elaboración de propósitos y la observancia de reglas para alcanzarlos, serían formas con las que el hombre intenta apropiarse del mundo, interpretándolo como un conjunto de leyes que persiguen propósitos y adjudicándole un sentido humano a todo cuanto lo rodea.

La creación de un mundo de progresos no sería tanto una aberración del positivismo o de la moral en general, sino un síntoma de la percepción humana, de un mundo de causas y efectos.

En este marco, las reglas de juego creadas por el hombre en sociedad son pautas de orden que impiden, por un lado, la excesiva libertad del individuo (e. g. para crear relaciones de lenguaje a capricho, o para imponer sus deseos o preferencias sobre una conducta moral colectiva), y por otro lado contribuyen al desarrollo consistente de las estructuras del lenguaje y de la moral (cf. Brown y Levinson, 1992; Ferguson, 1976). 

3. El yo dialógico y el yo ecológico 

Contemplando al yo como centralidad cognitiva, el idiolecto está condicionado por el yo en sus diferentes modalidades. Sin oponerse a este condicionamiento, sus rasgos íntimos también se deben a las complejidades de la interpercepción, en procesos de transmisión, filtración y asimilación de los mensajes en sociedad.

Esto quiere decir que hay dos tipos de aspectos elementales del idiolecto por su conformación: los de origen autoperceptivo y los de origen interperceptivo. En consecuencia, un enlace interperceptivo entre dos idiolectos forma una nueva complejidad, una trama de mensajes en un nivel distinto, que corresponde al ecolecto.

El ecolecto es la forma en que se comparten mensajes particulares en un medio restringido, con una base de reglas y referencias, por un lado, y con una amplitud característica de signos autónomos y flexibles, por otro. El ecolecto constituye la mediación entre el idiolecto, como intimidad exteriorizada del sujeto, y el idioma, como articulación de una colectividad. 

Por lo que respecta al simbolismo de la gramática como integración del yo con el contexto, Durkheim, Dewey y Kohlberg, entre otros, señalan la emergencia de la ‘personalidad moral’ en el diálogo de la autorregulación (del yo autoperceptivo) con el reconocimiento del contexto: identificación de la alteridad y formación del juicio moral.

Bentley (1964), especialista de la caracterización del yo ante el ello como principio de la trama moral (el drama en su sentido más amplio), también observa que las bases de una gramática de las necesidades y los deseos se ubican en un yo central confrontándose con un ello en oposición; la tensión que acerca o aparta a uno del otro oscila entre la polaridad de la anomía (desprendimiento de las reglas desde el yo) y la heteronomía (sujeción a los lazos desde el ello).

Tomando en cuenta su etimología, la persona es una máscara de teatro con una actuación en sociedad. La personalidad está sujeta así a un proceso entre autorregulación y contexto, a semejanza de como se sujeta un personaje teatral a las relaciones de su propia identidad (papel) con la identidad de los otros en contexto (trama).

La personalidad ocupa –glosando a Piaget– una coordenada dinámica en las relaciones sociales que definen una parte de sus rasgos característicos, en contacto ecoléctico; la otra parte va a definirse por el grado de autonomía de la persona, en el cual se desarrolla el idiolecto. 

La personalidad implica cooperación: la autonomía de la persona se opone a la vez a la anomía, y a la heteronomía: en este sentido, la persona es solidaria de las relaciones sociales que mantiene y engendra.

La personalidad se inica, pues, a partir del final de la infancia (de ocho a doce años), con la organización autónoma de reglas, de los valores y la afirmación de la voluntad como regulación y jerarquización moral de las tendencias.

Pero en la persona hay algo más que estos factores. Está su subordinación a un sistema único que integra el yo de modo sui generis: existe, por tanto, un sistema ‘personal’ en el doble sentido de particular de un individuo dado y de implicador de una coordinación autónoma (Piaget, 1964:100-101). 

La psicología asume así, que originalidad y personalidad son dos aspectos centrales del yo maduro, capaz de equilibrar la relación entre la propia autonomía y la subordinación relativa a un sistema social (Puig Rovira, 1996). Desde la ecolingüística, en esta relación perdura el factor de equilibrio como acuerdo simbólico, en el juego entre autonomía y subordinación.

Juego entre subordinación a un régimen, una tradición, una tendencia, y por otra parte revelación de la autonomía del individuo en el desenvolvimiento de sus propias tendencias. El juego como equilibrio entre la anomía y la heteronomía, como deber ser contra el ser, señala la diferencia entre trascendencia y transgresión de la gramática social dentro de la cual se sitúa la deóntica política. 

En el diseño de un estilo de lenguaje, a la profundidad gramatical tocan aspectos estructurales como la acción (del sujeto, de la expresión, de la ideología llevada a la práctica) y la forma de conectar una consecuencia (complemento, reacción, contestación), mientras que a la superficie gramatical toca presentar una selección, entre las variedades y combinaciones posibles, de las relaciones intencionales, pragmáticas y experimentales.

A la naturaleza abierta y versátil del ecolecto se debe también el campo de desarrollo del estilo del lenguaje social, y el diseño de la política ambiental a partir de un patrón de lenguaje.   

4. La espiral ecológica del lenguaje 


En una revisión al conductismo de Skinner, la conexión entre idiolecto y ecolecto sería el conjunto de ‘conductas ecoicas’ en cada individuo, haciéndose patente en actitudes simuladas, repeticiones y fijaciones, y en maneras de resolver un conflicto.

En este caso el ecolecto tiene gran importancia dentro de los procesos de aprendizaje, por ser el ámbito en que se realizan las negociaciones entre preferencias y necesidades por aprender en el individuo, y las formalizaciones o simbolizaciones de la enseñanza establecidas por la comunidad. 

Las fuerzas al interior del idiolecto, las pulsaciones de su permeabilidad selectiva, pueden caracterizarse como atracciones y repulsiones, dos tendencias que participan en las transformaciones semánticas y fonológicas, y que se han derivado de un patrón cognitivo entre el yo y el ello.

La atracción propicia que el individuo absorba una selección de cuanto percibe en el ecolecto, mientras que la repulsión sirve como preservador de la identidad, ante la vastedad del idioma y de sus recursos. 

La relación gramática-idiolecto-ecolecto-estilo cumple un ciclo funcional entre la sencillez y la complejidad, entre la estructura fundamental y la renovación del mensaje, en un equilibrio que hace posible la evolución de las ideas y la transformación del contenido lingüístico sin que éste quede disperso.    

La teoría de la información enseña que sin estructura, sin un código, un sistema es inútil. Es perfectamente libre, pero la libertad es indistinguible del ruido. No hay inteligibilidad, ni protección contra el error. Es incapaz de volverse compleja. […] La estructura es natural a los seres humanos.

Pero si hay demasiada estructura, el impulso creador es sofocado y las pautas se vuelven rígidas, resistentes al cambio. Si hay demasiado poca, entonces el arte, la literatura, la música, la moda y la política caen en el desorden y el ruido sin significado. La entropía gobierna. La estructura y la libertad, como la entropía y la redundancia, no son opuestos en guerra sino fuerzas complementarias. (Campbell, 1989: 382-383).  

De esta cita se infiere que la gramática es indispensable para la comunicación. Sin ella, los aspectos fundamentales de la información y del mensaje se pierden irremediablemente. A semejanza de la estructura deóntica del discurso político, la corrección gramatical es transmitida tradicionalmente, por generaciones, y es la estructura rígida básica del lenguaje (no sólo del lenguaje verbal, si se contempla que la gramática es un sistema de códigos plurales en que participan también las actitudes y las acciones sociales).

Sin embargo, la gramática no constituye por sí misma toda la extensión y la complejidad del lenguaje. Para impulsar la dinámica de la trama lingüística, la gramática requiere de su propia vulneración, a través de la preferencia idioléctica que Campbell entiende como ‘libertad’. 

Ésta es la capacidad que cada individuo desarrolla paralelamente con el desenvolvimiento de la personalidad, para usar y al mismo tiempo transformar la gramática. El idiolecto es así, el conducto por el que cada persona expresa sus necesidades e intereses característicos, y su desarrollo va de la mano con los procesos de madurez del individuo autónomo y creativo. Por analogía, el ecolecto es el conjunto de expresiones de un conjunto social en transformación, igualmente capaz de madurar y lograr sus propias imágenes de creatividad y originalidad. 

El individuo se expresa y se comunica mediante una negociación de su propio idiolecto, basándose en la referencia de una gramática común. Esta negociación se concreta en una nueva forma de corrección, la ‘corrección ecoléctica’.

Recapitulando, un ecolecto es la forma particular con que varias personas en contacto recurrente manifiestan su convivencia directa, cediendo y compartiendo sus tendencias de gestualidad, actitud, expresividad y volición.

El ecolecto es así una especie de estado contractual en que se realiza la comunicación, un campo para la transformación y renovación de los signos en la trama comunicativa. Los intercambios entre sus atractoresrepulsores son dúctiles, en pos de un equilibrio relativo que favorezca la cooperación entre las autonomías en convivencia creativa.

La formulación y transmisión del ecolecto no puede prescindir de una capacidad propia de corrección, que dé coherencia a las negociaciones del lenguaje en este nivel. Pero una vez más, para que esta corrección no haga morir la espontaneidad y vitalidad de los procesos de comunicación y convivencia, se requiere de una nueva forma de vulneración, una ‘preferencia estilística’.  

   

 

Espiral de estilos ecolingüísticos. Esquema característico de los ciclos gramaticales, como etapas en un sistema epistémico. Estas etapas son características en el desarrollo del lenguaje individual, lo mismo que en el ‘idioma social’.

Coincidentemente, la construcción de coherencia en el lenguaje político se somete a este ciclo, en una coordinación entre la preferencia individual (equivalente al idiolecto), la congruencia colectiva (equivalente a la corrección ecoléctica), la preferencia ideológica-idiosincrática (equivalente a la preferencia estilística) y la deóntica política (equivalente a la corrección gramatical). Este ciclo no se cierra en sí mismo, sino que, abriéndose entre un punto y otro, traza una recreación continua del lenguaje.   

De Saussure distinguía como lengua y habla dos manifestaciones del lenguaje en que la primera es la suma de actos, valores y relaciones necesarios para que el habla sea inteligible y produzca sus efectos en un ámbito común, aparte de la voluntad de los individuos; mientras que el habla es la totalidad de lo que se dice a través de las combinaciones individuales según la voluntad de los hablantes.

Más allá de la necesidad y la voluntad de los individuos que introduce De Saussure para explicar las relaciones del lenguaje en sus ejes diacrónico y sincrónico, parece que en los procesos lingüísticos, un conjunto de atractores y repulsores interactúan impulsando un ciclo entre orientaciones en contigüidad funcional, en una sucesión abierta de negociaciones. 

De este modo se hace comprensible que las tradiciones ‘cambien en el tiempo’ y que la interpretación de los estilos ‘a través del tiempo’ no pueda permancer inalterada (cf. Kurkela 1986:35). 

En su teoría de las revoluciones, Thomas S. Kuhn identificó esta descripción del movimiento cíclico en la construcción del conocimiento, como una oscilación periódica entre acumulación (paradigma) y ruptura (revolución) de sistemas de conocimiento. 

Kuhn consideraba estas oscilaciones a plazos largos, pero también explicaba que las grandes transformaciones del pensamiento se realizan al cabo de numerosas oscilaciones en menor escala, en concordancia con el esquema de ciclos gramaticales representado en el esquema anterior. 

Conclusión 
 

Según Nelde, “las iniciativas ecolingüísticas han probado ser particularmente provechosas en la medida que han logrado una mejor descripción de las formas de lenguajes sociales en contacto. Bajo estas iniciativas pueden acogerse más grupos en la inclusión de minorías y grupos multiculturales, expandiendo la división tradicional de lo autóctono y lo alóctono” (Nelde, 2002:334).

Esta idea también puede aprovecharse en el estudio de las relaciones entre lenguaje político y acción ecológica: aceptar que una sociedad es un tejido ‘en contacto’ (en un constante roce de influencias y tendencias entre lo exterior y lo interior), también es aceptar que el ámbito de esa sociedad (su contexto ecológico) ‘está en contacto’ (en correlato) con el lenguaje de la propia sociedad: ecología y entramado social se compenetran.

La ecolingüística habría revelado así que las relaciones del lenguaje en sociedad son semejantes a las relaciones del hombre con su medio ambiente. Conceptos como interrelación, ambiente, diversidad, degradación, reciclaje y conservación, son igualmente relevantes para las bases del estudio del lenguaje en general y del lenguaje político en particular. 

Para entender la importancia del idiolecto en la alimentación y el desarrollo del ecolecto y su influencia en el medio ambiente, es obvio que no basta sustituir un conjunto de metáforas por otro. Pero es cierto que algunas metáforas son más luminosas que otras, y que pueden servir mejor a la descripción de un proceso que se quiere investigar.

La ecolingüística puede contribuir a este fin. Sin embargo, es preciso recuperar la visión crítica de Luhmann, en el sentido de que “la inclusión de los problemas ecológicos en la política puede reforzar su oscilación entre la sobreestimación y la resignación, entre las promesas y las decepciones” (Luhmann, 1986:85).

Por ello el individuo-en-sociedad (la relación entre idiolecto y ecolecto) tiene un papel básico en la renovación de la política ambiental y su puesta en acción.

 

Citas

  1. La deontología es el ‘tratado de los deberes’ (del griego δέον, deber, del impersonal δει̉, aquello que es apremiante, necesario o correcto; y λόγος, tratado; derivado de λέγειν, discurrir). El carácter deóntico de las normas se refiere a la necesidad de cumplimiento que caracteriza una conducta humana. En lógica jurídica, particularmente en la doctrina de Georg Henrik von Wrigth, el carácter deóntico es incompatible con el prohibitivo porque se supone que el primero se debe a una tendencia ‘natural’ de la conducta, y a diferencia del segundo, no implica ningún aspecto punitivo.

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