La trampa como práctica política

La trampa es, en realidad, toda una tecnología del poder

Por: Mario Édgar López Ramírez

Maratón de Berlín, año 2007. El ex candidato presidencial corre de forma descomunal y llega en primer lugar de su categoría. Cruza la meta levantando las manos en señal de victoria, celebrando que la ventaja sobre sus pares se cuenta en decenas de minutos. El triunfo es indiscutible y él se ve sereno, sin cansancio. Recibe el premio que merece su esfuerzo. Así, sin remordimientos. Hasta que los jueces descubren que ha tomado un atajo, que ha mentido, que ha engañado, que ha hecho trampa para ganar. Lo destituyen públicamente y la noticia recorre el mundo.

Para los políticos el problema nunca ha sido la trampa sino el escándalo, tal como lo señala Pierre Bourdieu. La trampa es, en realidad, toda una tecnología del poder. Es decir, no se trata de una acción fortuita, espontánea o sin planeación, sino de un modo de proceder. Y esta técnica del engaño es lo que hace la diferencia entre la verdadera política, aquella que se refiere a los grandes asuntos del interés público, y la práctica concreta de los políticos.

Siguiendo a Fernando Savater: la política no es sinónimo de lo que hacen los políticos, porque esto implicaría reducir todo a la astucia, a la sagacidad y a la demagogia. Sin embargo, es necesario reconocer que la práctica de los políticos intenciona la trampa racionalizada como parte de su proceder (un proceder que necesitan disimular ante los ciudadanos, ante los votantes). ¿Cómo y por qué se hace?, porque los políticos tienen frente a sí un objetivo: conquistar o mantener el poder.

Muchos de los grandes manuales de consejos para los políticos, a lo largo de la historia, asumen a la trampa como una práctica normal, que les permite alcanzar o mantener el dominio deseado.

Quizá el más famoso de estos manuales es la obra de Nicolás Maquiavelo, escrita a inicios del siglo XVI: El Príncipe; en ella su autor escribe: “es, pues, necesario que un príncipe que desea mantenerse, aprenda a no ser bueno y a servirse o no servirse de esta facultad según las circunstancias lo exijan”.

Y añade: “un príncipe, y sobre todo un nuevo príncipe, no puede someterse a las reglas y convenciones que los hombres hacen pasar por buenas, porque para mantener su Estado debe actuar incesantemente contra su palabra, contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión. Debe estar dispuesto a cambiar de comportamiento según soplen los vientos de la fortuna y la variación de las cosas… en suma, no apartarse del bien, si es posible, pero saber entrar en el mal en caso necesario”.

En otras palabras, Maquiavelo reconoce que la trampa es parte de la complejidad que implica desear el poder; desdecirse, mentir, adaptarse, jugar con las palabras; es un arte que debe aprender el que quiera mantenerse en la cúspide. En ese trance, la delgada línea entre el bien y el mal se pierde, se desdibuja. ¿Por qué tendríamos que pensar que las cosas han cambiado al paso de los siglos?, vaya que Maquiavelo sigue siendo considerado el padre de la política moderna. El progenitor de los actuales políticos.

Es así que también todo estudiante de ciencia política aprende, desde las primeras lecturas de Maquiavelo, un principio básico para la trampa: en el mundo moderno la política y la moral deben ir separadas.

Esta forma de enseñar a los politólogos, que serán los observadores de la política, no hace otra cosa que responder a la descripción de lo que hacen los políticos en la realidad. Para actuar en el campo de poder, el político no necesita la moral, sólo necesita saber cumplir los acuerdos que asume, no importa si dichos acuerdos son buenos o son malos.

Tener principios o ser una persona con valores, no es tan importante para la clase política como tener la certeza de que, con quien se pacta, es capaz de cumplir con lo pactado. En ese sentido, el político tampoco necesita guardar afectos, solo necesita saber guardar las formas de relación personal políticamente correctas.

En todo caso, lo más cercano a un código moral que tienen los políticos es el respeto a las reglas del juego del poder, y una de ellas, muy importante, es evitar la desaprobación pública que mancha su imagen y la de sus correligionarios.

Entonces, como se ha dicho: el problema no es la trampa, sino el escándalo, la falta de habilidad para guardar la discreción. El error está en ser descubierto. Nuestro maratonista de Berlín se arriesgó mucho, se pasó de la raya, le faltó prudencia.

El resultado: una acusación de sus correligionarios por dañar “la imagen del partido”, por “desprestigiar a la institución”, por someterlos a “la vergüenza pública”. Pende sobre nuestro tramposo –una vez descubierto– la posibilidad de ser expulsado de las filas partidistas, porque si algo se les exige a los militantes es la habilidad para no hacer desenfrenos e indecencias.

Y en ese sentido, Julio Mazarino, asesor del poderoso rey francés Luis XIV, escribía hacia mediados de los años mil seiscientos, en otro de los manuales clásicos para los políticos, llamado El Breviario: “Aprende a vigilar tus actos y no disminuyas jamás esta vigilancia… reflexiona incesantemente en el lugar en que estés, en las circunstancias en las que te encuentres, en tu calidad y en la calidad de aquel con quien tratas.

Toma nota de cada uno de tus defectos y vigílate en consecuencia. Es conveniente, cada vez que cometes una falta, imponerte una sanción… que tu semblante no exprese jamás nada, ni el menor sentimiento, sino una perpetua afabilidad… no hagas nada en contra del decoro, al menos en público”.

Lo menos que se le exige a un político es haber aprendido la habilidad de disimular y de dominar su proceder; ser descubierto es una terrible falta de oficio. Esto es parte de la ética especial o particular –una ética diferente a la del resto de personas– a la que siempre han pretendido pertenecer los políticos.

Por mucho que pudiera parecernos alarmante esta separación entre moral y política –ya que suponemos que como mínimo deseable el gobernante debe tener moral–, separar ambas dimensiones es una forma de protegernos, para no formar elevadas expectativas sobre lo que los hombres políticos son y sobre lo pueden en realidad hacer.

Si nos acercamos a la actuación de los políticos desde este enfoque, para el cual el político actúa por acuerdos y no por valores, muchas cosas que parecen incongruentes, incorrectas e inexplicables (como las alianzas entre grupos ideológicamente enemigos, las entrevistas entre personas públicamente enfrentadas, la aprobación de proyectos promovidos con argumentos endebles, falsos e irregulares; o el tema que nos convoca: la trampa) se nos volverán actitudes y formas del proceder político, sino más congruentes, por lo menos más explicables.

En suma, el arte de la trampa pertenece a una larga tradición de los personajes del poder; todo aquel que estudia la política lo sabe. Aún cuando el discurso de la democracia y de las instituciones nos desdibuje esta realidad, la tradición continúa y revela las complejidades éticas que significa desear el poder.

Max Weber, uno de los más brillantes politólogos de nuestra era decía: “quien quiera hacer política en general, y quien quiera ejercerla sobre todo como profesión, tiene que ser consciente de estas paradojas éticas y de que es responsable de lo que él mismo pueda llegar a ser bajo la presión de éstas… quien busque la salvación de su alma y la salvación de otras almas, que no la busque por el camino de la política, que tiene otras tareas muy distintas…”.

Queda el deseo de que la política se vuelva a constituir en la gran arena para discutir y solucionar los asuntos públicos, para dialogar las cosas comunes que nos vinculan socialmente y que no se reduzca a lo que hacen los políticos.