La calidad de los políticos. Una propuesta de análisis

Uno de los problemas políticos que siguen presentes en la política actual es el referente a la relación entre políticos y ciudadanos

Por: Mónica Montaño Reyes

Introducción

La democratización de nuevos países del mundo y la consolidación de las democracias ya existentes han traído gran satisfacción por los avances obtenidos, principalmente en derechos políticos de los ciudadanos y en la creación de instituciones que certifiquen los procesos electorales, como mecanismos básicos de la esencia democrática.

No obstante, actualmente se reconoce que la presencia de los procedimientos básicos democráticos no es suficiente para que exista una plena satisfacción de los ciudadanos ni de que éstos contengan elementos que la clasifiquen como una buena democracia (Diamond et al., 1995; Morlino, 2003 y 2005)

Uno de los problemas políticos que siguen presentes en la política actual es el referente a la relación entre políticos y ciudadanos. El descontento y la desconfianza de los segundos hacia sus representantes, y el alejamiento de éstos, es un problema que persiste aún en la actualidad democrática.

El tema no es nuevo, debido a que en esta relación se basa la teoría democrática tanto clásica como contemporánea. Desde el punto de vista de la filosofía clásica (Platón, 1993; Aristóteles, 2000) existe el ideal de que los gobernantes procurarán el bien común al pueblo que gobiernan a través de diversas virtudes que desarrollarán para tal hecho, mientras que en la teoría democrática contemporánea se sugiere el tema de la calidad de la representación del gobernante electo, del cual derivan las teorías que proponen una buena reciprocidad entre los electos y los electores como, por ejemplo, la existencia de una accountability y responsiveness (Schedler, 1999; Eulau y Karps, 1977).

Sin embargo, en la mayoría de los discursos sobre las “democracias insatisfechas” (Pharr y Putnam, 2000), o en las llamadas “posdemocracias” (Crouch, 2004), la constante se refiere al retorno de las actuales prácticas políticas de las elites, que se consideraban exclusivas de regímenes no democráticos, como la preponderancia de éstas y el poder político concentrado en pocas personas.

Los discursos que en su momento hicieron contrapeso a los argumentos sobre la permanencia de las elites y a la concentración de su poder (Mosca, 1896; Pareto, 1916), fueron aquéllos que se refieren a la competición política y a la rotación de las elites (Schumpeter, 1942). Estas teorías suponían la importancia de los ciudadanos y el control que éstos tenían para seleccionar a los mejores y, de esta manera, exigir y formar elites de mejor calidad a través del voto.

Actualmente, aun con el funcionamiento de los institutos electorales y el énfasis en la competición política para una mejor democracia, no se ha resuelto el problema de definir y aun más de evaluar y medir el nivel de calidad del personal que ocupa los puestos dirigentes de las democracias.

Ante la perspectiva del ejercicio del poder por parte de los interesados líderes políticos, ¿qué tipo de políticos le sirve a una buena democracia? ¿Qué cualidades debe poseer un político de calidad? Para ello, primero presento la complejidad del concepto de “político” y de “calidad”, y después propongo un análisis de tres dimensiones para evaluar a los políticos; finalmente concluyo con la dificultad y la necesidad de este enfoque de análisis. 

Políticos y calidad

Para hablar de calidad de los políticos primero debemos entender lo que éste es y a qué nos referimos con ese término. Existen diferentes definiciones para los políticos, todas dependiendo de la disciplina o marco teórico desde el cual se analiza.

Sin afán de entrar al debate sobre lo que es y cómo diferenciarlo de la llamada “elite política”, “clase política”, “líder político”, “profesional de la político”, partiré de la definición de Robert Putnam (1973), que los describe como aquellos que “encuentran los asuntos públicos y la vida política irresistible.

Se involucran profundamente en política, a veces dedicando su vida a ello. E inevitablemente, estas personas ganan poder e influencia, a veces no tanta, pero siempre más que muchos de nosotros.

Ellos son, los llamados nobles de antaño, hoy llamados con una triste palabra devaluada, políticos”, y también se les define como aquellos que “...se alejan del camino usual del ser humano en un aspecto importante: poseen un empleo muy demandante. El puesto puede no parecer difícil si miramos al político de lejos.

Pero mira de cerca y verás su ocupación no ordinaria de nueve a seis. Sus días de trabajo son de diez, doce o a veces, de catorce horas, seis o siete días a la semana [...], están siempre en una llamada [...] tienen que competir, a grandes costos de tiempo y esfuerzo contra muchos otros aplicantes determinados” (Payne, 1972).

Para Ehrenhalt (1991) un político es el resultado de la ambición, talento y tiempo. Max Weber (1919) identifica en un líder la ambición, pero también su causa política. Y “ser pasional –ira et stadium– es el elemento del político, y sobre todo, el elemento del líder político”. Por eso, siempre debe necesariamente, luchar.

Pero un político no es mera pasión, sino una pasión como devoción a una causa y la responsabilidad a ésta es hacia donde se orienta su acción. En este sentido interno, “cada hombre que vive por una causa también vive de su causa”.

Y como el político trabaja con la sed de poder como un medio inevitable, el instinto de poder o ambición es una parte de sus cualidades. “El problema comienza cuando esta sed de poder deja de ser objetivo y se convierte puramente en self-intoxication, en lugar de entrar exclusivamente al servicio de la causa”.

Sin embargo, si tomamos “la causa” como algo relacionado a los ideales, la ideología o el compromiso con los votantes o ciudadanos, nos encontramos con otros problemas organizativos, tal como lo presentó Robert Michels (1911). Su teoría de la ley de hierro de la oligarquía pone de manifiesto la imposibilidad de los líderes de responder a los votantes.

En su estudio de caso del Partido Socialista alemán, asegura que “cuando la organización aumenta en tamaño, la lucha por los grandes principios se vuelve imposible”, y por grandes principios se refieren a la “causa” del líder y el “bien” que los dirigentes deben procurar a la comunidad.

Esto se explica debido a que “las tendencias conservadores [que son] inherentes en todas formas de posesión” se manifiestan aun en partidos democráticos o socialistas. Para él, la organización partitica se convierte en un fin. A

sí, las acciones políticas se destinan simplemente a asegurar el buen funcionamiento de la máquina partitica. Cuando esto sucede, la “sola preocupación es evitar que cualquier cosa pueda obstruir la maquinaria”.

Así pues, el político presenta problemas de definición dependiendo de su función y de la que se tome para el estudio de su comportamiento: como líder, integrante de la clase gobernante o integrante de un partido político.

Debido a este primer problema para definir al político, existe todavía un debate en torno a la definición del término “calidad de los políticos”. Se mostraron brevemente las implicaciones con el concepto de “político”, pero aún más nos enfrentamos con la definición de “calidad” y cómo aplicarla, para manifestar lo deseable en uno de ellos.

El término “calidad” es un tema controversial porque incluye una posición normativa. Calidad implica “evaluación” para medir qué tan cerca está algo de su estado ideal o deseable.

Aunque es un concepto del sector privado, ha sido rescatado por la ciencia política para aplicarse a procesos sociales, como es el caso de la llamada calidad de la democracia (Morlino, 2005 y 2008; Pasquino, 2005), la cual es evaluada a través de las dimensiones de procedimientos, contenido y resultado del sistema político para con sus ciudadanos. En el caso de los políticos, existen otras dimensiones que deben ser analizadas.

¿Qué características debe tener el político deseable? Sin intención de simplificar a los filósofos griegos clásicos, se puede decir que tanto La República de Platón y los escritos de Aristóteles sobre los gobernantes de la comunidad y los hombres políticos hablan de la virtud y de su bien actuar.

En La República de Platón, se menciona que las obligaciones de los líderes de la comunidad son el cuidar y proteger, así como tomar las mejores decisiones, y ello sólo sería posible a partir de una clase política con dotes de sabia y de alta educación y moral.

Lo mismo sucede en la Ética Nicomaquea de Aristóteles, en la cual, además de reconocer la prudencia como clave del liderazgo político, afirma que el político ideal sería aquél que sabe lo que es mejor y lo más bueno para sí mismos y para la humanidad. Esta llamada visión clásica del poder y su relación con la moral y el bien continúa siendo una guía para acercarnos al ideal de la vida política, pero que, para efectos empíricos, los pensadores realistas han sido más influyentes.

El escrito clásico de Maquiavelo (1532) mostraba la realidad del poder político, del liderazgo y de los fines del poder y, a partir de entonces, la literatura sobre el tema se desarrolló ampliamente dando lugar a escritos sobre elementos del liderazgo, personalidad y poder (Laswell, 1948; Greenwich, 1969); y estilos de liderazgo (Burns, 2003; March y Weil, 2005).

Sin embargo, la mayoría de estos trabajos se referían a las cualidades que debe tener un político para obtener y conservar el poder, así como a la explicación y descripción de las formas de liderazgo.

Cuando se habla de las cualidades de un buen político democrático, el debate todavía es controversial y ha sido abordado teóricamente de forma muy superficial.

Por ejemplo, Mondak y McCurley (1995) definen un político de calidad como aquél que puede combinar las características de competencia y honestidad en el desarrollo de sus funciones, sobre todo aplicado a congresistas. Por otra parte, Juan Linz (1997) hizo énfasis no sólo en la calidad del personal que ocupa puestos públicos, sino también de aquéllos que “tanto en el gobierno como en la oposición, aspiran a ganar el apoyo de los votantes”, es decir, todos los líderes y en general los office-holders en potencia.

Los indicadores para evaluar a esta clase política se refieren a la vocación, el compromiso, honestidad, respeto hacia los oponentes y un discurso racional para obtener el voto del electorado. Por otro lado, siguiendo las dimensiones de la calidad democrática, un político parlamentario puede ser evaluado en términos de procedimiento, contenido y resultado de su legislatura.

Sin embargo, también es posible analizar la calidad del político a través de una yuxtaposición de tres grupos de variables que están compuestas por los ejes de ciudadanía, profesionalismo y liderazgo (Manuel Alcántara, 2006 y 2008). Un buen ciudadano, un buen profesional y un buen líder darían como resultado un buen político de la democracia. Pero, ¿cómo traducir estas dimensiones y hacerlas operativas? 

El político de calidad en la democracia

Una manera de defiir al político de calidad sería si consideráramos las dimensiones que lo componen y el estado de cada una de ellas. Es evidente que un político profesional se mueve en una dimensión institucional, incluso conservando sus propiedades personales de líder.

La tensión entre lo público y lo privado ha sido tema y debate en la mayoría de las reflexiones en torno al actor individual que lleva a cabo una tarea pública, al mismo tiempo por ambición personal y por responsabilidad social. Debido a esto, se proponen tres dimensiones: una personal, una institucional y otra moral-legal.

La dimensión personal se refiere a las razones y motivos para estar en política, sea su pasión por la causa o sólo por hacerla una forma de vida (Weber, 1919). Harold Laswell argumenta que en su comportamiento público, los líderes políticos solamente externan sus motivaciones y conflictos privados.

Para él, se puede resumir el tipo político –en términos del desarrollo de motivos– como sigue: “motivos privados desplazados en objetos públicos y racionalizados en términos de interés público” (1948). Según Laswell, el comportamiento político deriva de sus necesidades emocionales inconscientes, no de sus valores políticos conscientes.

Para Payne (1972) los “políticos tienen pronunciadas necesidades o motivaciones emocionales que buscan satisfacer a través de la actividad política”. Para Parsons (1951) la motivación es una parte básica de la acción, de acuerdo con las implicaciones del sistema personal.

Se enfocó en necesidades, motivos y actitudes individuales incluyendo “motivación para gratificación. Para sintetizar […], el actor es motivado a alcanzar un objetivo que es autogratificante”. Abraham Maslow (1943), el padre de la teoría motivacional, definió la motivación como una necesidad del organismo que guía la acción.

A partir de estas diferentes definiciones y consideraciones de motivaciones y comportamiento, definiré la motivación como la condición interna que estimula el comportamiento y le da dirección. El análisis de esta dimensión es importante para conocer la parte personal del líder y sus cualidades como persona dentro del puesto público que ocupa.

La dimensión institucional tiene que ver con los alcances y mecanismos para asegurar la verdadera representación y el desempeño del político, es decir, el nivel de accountability y responsiveness en su trabajo de político (Eulau, H. e P. Karps, 1997; Schedler, A., 1999; Morlino, 2003).

La accountability electoral es la obligación de los políticos electos de responder, de ser responsables y de “dar cuenta” (account) de sus decisiones políticas a los ciudadanos electores. Schedler sugiere que la accountability tiene tres principales elementos: información, justificación y castigo/compensación.

El primer elemento, la información del acto o de una serie de éstos por un político u órgano político (el gobierno, el congreso, etcétera) es indispensable para fincar responsabilidades. La justificación se refiere a las razones dadas por los líderes gobernantes por sus accciones y decisiones.

La tercera, castigo/ compensación, es la consecuencia llevada a cabo por el elector siguiendo una evaluación de la información y la justificación, y otros aspectos e intereses tras el acto político. Estos elementos requieren de una dimensión pública caracterizada por el pluralismo y la independencia y la participación real de un rango de actores individuales y colectivos.

La responsiveness es un modo de ver la representación “en acción”, a través de cuatro grandes componentes con relación a:

1. Las políticas públicas en el centro del interés público

2. Los servicios garantizados a los individuos y los grupos representados por el gobierno

3. La distribución de bienes materiales a los ciudadanos a través de la administración pública y otras entidades

4. La extensión de bienes simbólicos que crean, refuercen o reproducen un sentido de apoyo y lealtad hacia el gobierno.

Analizar el desempeño de los políticos tanto en su relación comunicacional con los ciudadanos, como en sus resultados para la resolución de problemas, es clave para evaluar las respuestas de los políticos a las exigencias democráticas.

La dimensión legal-moral se refiere al respeto por el Estado de derecho, en términos legales, y lo que sería la honestidad, en términos morales; esto es, el nivel de corrupción de los políticos al llevar a cabo su mandato.

La definición de corrupción como el abuso del puesto público para provecho personal nos muestra una parte de la calidad de político frente a procedimientos institucionales. La corrupción siempre será, en lo políticos, la contraparte de la honestidad, y la mayor parte del tiempo los datos no están completos debido a los problemas para reportarlos.

Es imposible saber con exactitud el nivel de corrupción; las acciones privadas entre actores políticos, así como las razones, objetivos e intercambios que ocurren entre los actores políticos para obtener y conservar el poder. Existen muchos indicadores nacionales e internacionales que miden la corrupción en México.

Las técnicas para medir la corrupción van desde la percepción de ésta por los ciudadanos; el análisis de la transparencia de información; el contenido mediático dedicado a la corrupción política, así como los estudios del patrimonio personal de los políticos, desde sus inicios en los puestos públicos, y la comparación con el final de su mandato.

Sin embargo, también creo que es importante tomar en cuenta la nueva concepción de corrupción, es decir, la “corrupción legal” (Kauffmann y Vicente, 2005) que trata sobre leyes, políticas y procesos que se llevan a cabo dentro del marco legal, pero que responden a intereses privados de un político o que dan ventajas a un grupo privado, es decir, “un ente privado comprando una ley (legal en algunos países, a través de la aceptación de la negociación o lobbying) o una empresa del sector privado que contrata, como parte de su equipo, a algún conocido político”.

Los estudios de la corrupción son, entonces, básicos para entender el punto en el que las esferas pública y privada se tocan y las consecuencias que esto tiene para la democracia. 

Conclusiones

El análisis de los políticos en sí, presenta ya problemas teóricos y metodológicos que deben sortearse debido a las diferentes variables explicativas de la conducta política. Éstas tienen que ver con dos principales esferas para analizar a los políticos: la personal y la pública.

Ambas esferas están en constante relación, y algunos autores otorgan mayor valor a una que a otra, dependiendo de las respuestas que sirven para explicar y promover un mejor funcionamiento de la democracia.

Los indicadores sistémicos de un gobierno son importantes para el análisis estructural del mismo. Sin embargo, también es importante tomar en cuenta el personal humano que la conduce y, por ello, el análisis del político dentro del contexto democrático se vuelve imprescindible.

Las tres dimensiones mencionadas en este ensayo son útiles para evaluar a los políticos, tanto en sentido de contenido (atribuciones personales) como de resultados (desempeño profesional); y de honestidad como una dimensión que engloba ambas.

A través de una reflexión sobre la importancia de evaluar a los políticos y de la exigencia de una calidad de los mismos para ejercer las funciones públicas, será posible fortalecer aún más las dimensiones y las condiciones para una buena democracia.


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