Hasta nuevo aviso

La escala taxonómica en el mundo del arte en México tiene en los primeros lugares a las instituciones, coleccionistas, cierto circuito de artistas y, en último lugar, al común denominador de los artistas

Por: Mario Wandu

De acuerdo con el tipo de cambio, la censura es como la cadena alimenticia: de acuerdo con sus intereses, los animales más grandes censuran a los más pequeños. La exposición del artista austriaco Hermann Nitsch, que se realizaría en el Museo Jumex, se pospuso, lo que dio mucho de qué hablar tanto de parte de la cultura popular como de especialistas en la materia, debido a las causas poco claras o confusas de su suspensión.

La exhibición estaba programada para el primer semestre de 2015, la publicidad se convirtió pronto en trending topic en las redes sociales. Poco tiempo después el museo anunció que la exposición sería suspendida. En un principio, no se dieron explicaciones, luego, mediante un comunicado de prensa, se explicó que la suspensión se debía a la “sensibilidad” a las necesidades de la sociedad mexicana debido al conflictivo momento social en el que estaba inmersa y anunció una nueva muestra de otro artista en lugar de la del austriaco. Acto seguido, fue confirmada la renuncia del director en turno del museo.

Algunos señalaron como causa de la cancelación las más de 5 mil firmas de la petición en change.org, realizada por un activista que acusó al artista de matar, mutilar y luego exhibir animales. La petición llevaba el título: “No se lleve a cabo la exposición de la persona Hermann Nitsch por mutilar, degollar, asesinar y al final exhibir los cadáveres de animales sintientes”. Además, circularon hashtags que juzgaban al autor y a la Fundación Jumex Arte Contemporáneo.

La historia del arte ha registrado numerosos momentos de ruptura que han marcado la producción y consumo del mismo. Comprender el discurso en la obra de Hermann Nitsch implica también conocer sobre historia del arte y sobre una serie de acontecimientos históricos, como la Segunda Guerra Mundial. Entender la censura de su obra en nuestro país requiere aceptar tanto nuestra historia como el sistema mercantil del arte y el de la promoción cultural.

Hermann Nitsch se considera un dramaturgo, pertenece a los artistas icónicos de los años 60. Es uno de los fundadores del arte acción, por crear el movimiento “accionismo vienés”; ha influenciado a toda una generación de artistas en el mundo con su “Teatro de orgías y misterios”, y su obra es muy extensa, aunque se le encasilló culturalmente en el cliché de la sangre, el sexo, los sacrificios y su simulación con animales. Él define su discurso con palabras como: vida, muerte, ritual y  naturaleza.

Su obra ha sido polémica en todo el mundo y en el transcurso de su carrera se ha enfrentado a críticas de instituciones religiosas e instituciones defensoras de los animales; sin embargo, en una entrevista para un medio mexicano, el artista dijo que nunca se había cancelado alguna de sus exposiciones.

¿Por qué México es entonces el lugar ideal para la censura? La realidad terrorífica en temas de violencia lo convierte en un contenedor de miedo y ansiedad que, aunado a la condición en temas de educación artística, hace de él tierra fértil para la enajenación. Es verdad que no es el mejor tiempo que el país ha vivido y, en parte, esto se debe a la magnificación de la comunicación que  se da mediante las redes sociales: tenemos acceso a historias que no nos permiten salir con tranquilidad a la calle.

La sangre, Eros, Tánatos y el ritual han formado parte antropológica de la consolidación de la sociedad mexicana. No es de extrañar que nuestra representación simbólica haga las veces de espejo y se den con facilidad el morbo, la culpa y el castigo como opción judeocristiana para la  salvación o la limpieza espiritual después de un sacrificio.

El nacimiento de internet dibuja una línea divisoria tanto en la historia del arte como en la de la humanidad, hablemos específicamente de las redes sociales y la comunicación: estos medios han dado paso a la fetichización narcisista con un altar virtual dedicado a nuestro propio culto, en el que exponemos al público lo políticamente activos y lo éticamente correctos que somos al compartir una nota o dar like a una publicación; nos permite, si queremos, conservar nuestra identidad o crearnos otra y, desde la comodidad de nuestra casa, “generar conciencia” y placebos de compromiso efímero. Son pocos los que investigan antes de compartir o dar like a una publicación y más los que nos dejamos llevar por el deslumbramiento, por la imagen “que dice más que mil palabras”, por la explosión retiniana ante un cuadro hiperrealista: vivimos en la sociedad del espectáculo.

Cualquier persona es poderosa en internet, la unión hace la fuerza para generar muros ideológicos o posturas. Sin embargo, no siempre los golpes fuertes llegan a su destino, porque hace falta direccionarlos y, para eso, se necesita pensar.

Tanto funciona el ciberactivismo que numerosas instituciones como asociaciones civiles, ONG y fundaciones han encontrado en él la herramienta del siglo, ya que se puede comunicar fácilmente un mensaje y ejercer presión por medio del desprestigio de cierta figura física o moral para obtener un beneficio. Estas instituciones tienen la estructura de un negocio, son como cualquier empresa de marketing, sólo que, en lugar de vender productos, venden experiencias utópicas de curación. Viven gracias a la vanidad de sus donantes, ofrecen soluciones a problemáticas sociales como la defensa de los derechos de niños, animales, indigentes, personas ciegas, indígenas, mujeres, ancianos y homosexuales, entre otras minorías que la misma sociedad contribuye a vulnerar porque le es inherente hacerlo.

Existen muchas instituciones maquilladoras de empresas que atienden apenas los síntomas de la enfermedad: el hambre que sienten las personas en el mundo desaparecerá con una pieza de pan entregada cada mes, en lugar de cambiar las leyes del país para favorecer el aumento del salario o la disminución del costo a la canasta básica, porque si fueran directamente a los problemas del estado o del país, se encontrarían con que se les acaba el negocio.

Estas instituciones, auspiciadas por la iniciativa privada, crean problemáticas para lavarles la imagen hasta el estándar de calidad que permita seguir explotando los recursos; estudian las políticas públicas del gobierno para ejercer presión ante sus promesas no cumplidas e inyectar presupuestos a proyectos de utilería; nunca se traicionarán a sí mismas, su misión y visión que, en temas culturales en México, corresponde a conservar la mexicanidad patrimonial. Esto lleva a pensar en quién está realmente detrás de la toma de decisiones, quién dicta lo que hace bien o mal a la cultura mexicana, quién marca la forma y función del arte en México: ¿conocerá al menos sobre el tema o sólo cuida su empresa? ¿Es la conservación del patrimonio enemiga de la cultura?

Es por eso que las fundaciones también son negocios, lo que no quiere decir que no sirvan para nada, pero recordemos que en cualquier negocio existe un dueño, y es a él a quien le tocan las ganancias o las pérdidas en primer lugar, y luego están sus empleados. Por esto, establece una vacuna institucional y un código de conducta que lo protege de las acciones de sus subalternos, para que no hablen de más ni ejerzan su autonomía o gustos filosóficos si ello pudiera perjudicar el prestigio o manchar el nombre de la marca. Sin embargo, si los empleados tienen aciertos en la creación de algo extraordinario que favorezca o le dé prestigio, deberán cederle todos los derechos a la institución.

La escala taxonómica en el mundo del arte en México funciona más o menos igual porque también es un negocio, tiene en los primeros lugares a las instituciones, coleccionistas, cierto circuito de artistas y, en último lugar, al común denominador de los artistas que son peones de la empresa y buscan subir en el escalafón. Quizá por eso es tan difícil quejarse ante la censura ajena, porque implica oponerse ante la institución que los compra o colecciona, que los hace parte del circuito y los legitima, por eso se cuida el producto ante el mecenas.

Nos queda la pose ante la contemporaneidad de un México acarreado por lo euro centrista, las exposiciones más exitosas de la época enmarcadas por la experiencia vivencial de ser parte de la obra a través de una selfie, todavía nos quedan muchos íconos a quienes amar u odiar.

Este acontecimiento es muy importante en la historia del arte en México, porque nos invita a reflexionar sobre el paradigma que ha hecho que el arte evolucione, nos empuja a la pregunta de todos los días: ¿qué es el arte? 


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