Festivales

En los últimos años han surgido nuevas plataformas dedicadas a la música que contribuyen a la descentralización y enriquecen la oferta con una serie de opciones

Por: Édgar Corona

La realidad de México en materia de festivales musicales de gran formato es muy distinta desde hace algunos años. Antecedentes históricos como el Festival de Avándaro, que nos remontan hacia los albores de la década de los setenta, parecen estar a años luz de la efervescencia que hay en la actualidad dentro de este ramo dedicado a la cultura y el entretenimiento.

Es importante no olvidar el proceso histórico con el propósito de reconocer y valorar el aprendizaje y, digámoslo así, la resistencia adquirida gracias a la experiencia -casi siempre acompañada de situaciones adversas- que organizadores, promotores, músicos y, en cierta medida, medios de comunicación, han puesto en práctica para lograr construir un panorama más fértil y prometedor.        

Aunque todavía queda mucho por hacer en lo que corresponde a un completo desarrollo de una industria enfocada en los festivales musicales y, más allá del simple hecho de rasgarse las vestiduras, podemos mencionar que uno de los principales rezagos consiste en posicionar a México como un territorio más atractivo para músicos y promotores de otros países, que funcione como un referente para el circuito de plataformas internacionales, además de añadir énfasis en la diversificación de la oferta de géneros, agrupaciones y solistas, algo que tiene una estrecha relación con la adecuada curaduría de carteles.

Así, la apuesta que efectúa Ocesa, la principal promotora de espectáculos en el país, tiene en su abanico de oferta dos escenarios dedicados a estilos asociados con el rock y la electrónica, esencialmente; plataformas que con el transcurso del tiempo han conseguido establecerse con éxito: el Festival Iberoamericano de Cultura Musical Vive Latino, o sencillamente Vive Latino, y el Festival Corona Capital, ambos con sede en la Ciudad de México.  

Inicialmente concebido de manera exclusiva como un encuentro para agrupaciones latinoamericanas, pero con la intención de ir más allá de un espacio de promoción, para transformarse en un foro cardinal para el rock manufacturado en América Latina y sus diferentes estilos, el Festival Vive Latino tiene la característica de la metamorfosis, una situación hasta determinado punto sui géneris, que no sólo ha incorporado a grupos noveles y legendarios que producen música en inglés, sino a bandas que, desde el fenómeno dentro de la industria del disco -algo complicado de conseguir en medio de una crisis que está en constante cambio- y desde la cultura popular, significan un discurso que flirtea de forma indiscreta con el rock.

De esta manera, el Festival Vive Latino ha incorporado a Los Ángeles Azules y Los Tigres del Norte, pasando por Carla Morrison y Moderatto y, no obstante, ha incluido también en su propuesta a Interpol, Garbage y Happy Mondays, grupos que participaron en su más reciente edición.

La “contraparte” del Vive Latino es el Festival Corona Capital, escenario constituido casi en su totalidad por propuestas musicales de Estados Unidos y de Reino Unido, además de otras regiones de Europa, mismas que en muchos casos tienen como raíz la cultura mainstream, aunque en varias de las ediciones de este encuentro también han participado agrupaciones pertenecientes a otros terrenos que no necesariamente están involucradas con las majors (principales compañías productoras, en este caso, sellos discográficos), algo que le otorga a este festival un aire que intenta mantener el equilibrio entre lo popular y poco convencional.

En su pasada edición, el Corona Capital dejó percibir esa condición con las bandas y solistas que encabezaron el cartel: Jack White, Beck (músico que después de una larga y fructífera trayectoria apenas debutó en México), Kings of Leon, Massive Attack y Damon Albarn, quienes se mezclaron con Hercules and Love Affair, Deafheaven, Cashmere Cat y Yung Lean.

En esta construcción de festivales en México también han ocurrido apuestas en otras direcciones, tanto de oferta, como de visión. Un caso concreto es el Hell and Heaven Metal Fest, una producción de gran formato orientada al heavy metal y sus subgéneros que nació en Guadalajara en 2010, y que por cuestiones económicas y de logística -según sus organizadores- decidió trasladarse a la Ciudad de México en 2014. La resolución causó una fuerte polémica, más allá de la molestia entre los melómanos del metal por el abandono de la sede y por ratificar la centralización, por las fuertes diferencias y desencuentros que surgieron con el Gobierno del Estado de México, encabezado por Eruviel Ávila Villegas, que no permitió su realización en Texcoco.

Después del controvertido episodio, que forma parte de la memoria histórica inmediata, y en un hecho que deja mucho que reflexionar en cuanto a la postura del Gobierno del Estado de México, incluso, del Gobierno Federal, y de los propios miembros del comité organizador de este festival, además del cliché sobre el heavy metal, el Hell and Heaven, en una “inevitable” alianza con Ocesa, presentó en su más reciente edición efectuada en la curva 4 del Autódromo Hermanos Rodríguez a Kiss, Korn y Rob Zombie, entre sus bandas principales.

Interesado en convertirse en un foro que vaya más allá de lo eminentemente musical, según lo expresado por Juan Carlos Guerrero -uno de sus fundadores y curador de cartel-, para promocionar y difundir la cultura a través de distintas manifestaciones relacionadas con el metal, el festival ya calienta motores para este año con el Force Metal Fest, escenario constituido como el hermano menor del Hell and Heaven.

En este contexto, la Ciudad de México mantiene la posición de punto neurálgico en el desarrollo de las actividades musicales en el país: conciertos y festivales y, claro está, de la mayoría de las expresiones vinculadas con la cultura, el arte y el entretenimiento. No obstante, en los últimos años han surgido nuevas plataformas dedicadas a la música que contribuyen a la descentralización y enriquecen la oferta con una serie de opciones que van desde el folclor y el pop hasta el reggae y los sonidos menos convencionales. Con propósitos diferentes, podemos mencionar a Cumbre Tajín, de Veracruz; Pa’l Norte, de Nuevo León; Coordenada y Classic Rock Festival, de Jalisco; y Nrmal, aunque este último nos lleva de nuevo a la Ciudad de México.

También debemos agregar a este panorama de festivales musicales, los que funcionan a través del patrocinio exclusivo de una marca o de un producto, de empresas radiofónicas o de organizaciones gubernamentales: Reventour Estrella y Revolution Fest, de Grupo Modelo; 212, de la estación RMX; Rock por la Vida, de Máxima FM, y el caso reciente del Festival Mute y Ubiquo, organizados por el Ayuntamiento de Tlaquepaque, que tuvieron en sus carteles a grupos de origen anglosajón como OMD y Liars, en el caso del Mute, y bandas latinas como Babasónicos y Lucybell, en el caso de Ubiquo. Con finalidades distintas, estos escenarios están enmarcados en la Zona Metropolitana de Guadalajara y están vinculados con el fortalecimiento comercial de una zona (avenida Chapultepec), en concreto el 212, y con cuestiones de orden político como un manifiesto latente, en particular Rock por la Vida, Mute y Ubiquo (los dos últimos festivales, por sus condiciones, no auguran secuencia).    

La continuidad es uno de los aspectos fundamentales en un festival musical, por esta razón, resulta necesario mantener el esfuerzo y la calidad en este tipo de proyectos, para que alcancen condiciones óptimas en su organización y contenido. Entre las plataformas que con un crecimiento paulatino se encuentra Cumbre Tajín, que no sólo conjuga música de géneros variados: desde el rock y la psicodelia de los Flaming Lips, hasta la electrónica con guiños pop de Empire of the Sun, sino actividades relacionadas con la tradición totonaca. Por su parte, Nrmal constituye una alternativa para quienes buscan sonidos más allá del mainstream. En su pasada edición, por ejemplo, incluyó a Swans, legendaria banda estadounidense comandada por Michael Gira, y a Phantogram, mancuerna integrada por Sarah Barthel y Josh Carter, dúo que orienta sus composiciones hacia el rock, pop y la electrónica con tintes bailables.

Dado lo decisivo que es otorgar continuidad a este tipo de encuentros, el Festival Coordenada, una iniciativa de Cultura UDG en alianza con Ocesa, tiene como reto llevar a cabo una segunda edición que le permita posicionarse como un referente a escala nacional. Recordemos que en su inicio, el Festival Coordenada fue encabezado por The Hives, Zoe, Enrique Bunbury y Andrés Calamaro, estos últimos en una especie de sociedad musical que les resultó bastante provechosa.

Aunque la curaduría musical se distinguió por ser poco arriesgada, el Festival Coordenada, fundado en Guadalajara, constituye la carta fuerte que posiblemente alcance a situar a esta ciudad en el panorama del circuito de festivales musicales de gran formato en México. Con sus respectivas diferencias, el Heart Beat Festival, un foro de reggae, también organizado por Cultura UDG, tiene la consigna de buscar la apremiante continuidad.                    


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