Es el liberalismo, estúpido: Apuntes sobre la crisis política en México

La crisis de la política es mucho más profunda y severa de lo que se opina y escribe en la prensa mexicana y de lo que advierten los actores políticos del país

Por: Rubén Martín
 
No cabe duda de que [la modernización] trataba de una parábola admirable para los tiempos que corrían. Sería fácil mostrar que esa parábola estaba manipulada por los dueños del mundo. Reconozcamos no obstante que sirvió para agitar el mundo académico devoto y bienintencionado y estimular la acción social liberal. Pero ha llegado el momento de dejar a un lado las niñerías y de mirar cara a cara la realidad. No vivimos en un mundo que se moderniza, sino en un mundo capitalista. Lo que le hace moverse no es la necesidad de progreso, sino la necesidad de beneficio (Wallerstein, 2004: 116)
 
Los partidos pueden hacer que sujetos potencialmente rebeldes se conviertan en simples votantes (Taylor y Flint, 2002: 283)
  
 
2006: El inesperado guión en la transición 
 
En el imaginario de la una parte de la sociedad nacional, 2006 sería el año clave en el proceso de modernización en México. Este año, se creía, se celebrarían las elecciones presidenciales que consolidarían la incipiente democracia mexicana.
 
Pero paradójicamente 2006, en lugar de consolidar la democracia y, por tanto, alcanzar un estadio de modernidad política, nos retrotrajo dieciocho años: revivió los fraudes, las tomas de tribuna, cientos de comunidades insubordinadas, y una confrontación electoral que dividió la sociedad.
 
La batalla electoral del 2006, en lugar de la consolidación democrática, ocasionó un cuestionamiento y una erosión del sistema electoral y de partidos; y siendo como son, componentes centrales del sistema político, la erosión de los actores y procedimientos electorales nos llevan a preguntarnos sobre el entramado político en el país. 
 
Todo esto ha extrañado a la mayoría de quienes observan los procesos políticos desde arriba, desde las cúpulas, desde los puestos de mando en México, ya sean políticos profesionales, líderes empresariales o eclesiásticos, periodistas o académicos. Están extrañados, sorprendidos, incluso irritados.
 
Los macheteros de Atenco defendiendo a vendedores de flores en Texcoco; el recorrido de los zapatistas a lo largo de la república; los plantones en la avenida Reforma de la ciudad de México; las movilizaciones exigiendo el conteo voto por voto en todo el país, y las asambleas de los pueblos organizados de Oaxaca parecen sacarlos de sus casillas. 
 
El guión que dictan los autores de la transición indicaba otra cosa. Enseñan que iniciada la alternancia democrática (con las elecciones de 2000), el siguiente paso en esta historia progresiva consistía en la consolidación de ese orden político. Pero resulta que el guión de la transición no ha salido así, como dictaban los textos y el saber experto de los politólogos.
 
La democracia electoral en México ahora es puesta en duda por sectores importantes de la sociedad. La credibilidad y legitimidad de todo este sistema, construido en los últimos treinta años, se erosionó considerablemente y seguramente se resquebrajó de forma definitiva.
 
Es la forma que adquiere la crisis del orden político liberal mexicano. Pero en lugar de someter a examen el marco completo de esta crisis, las explicaciones predominantes se quedan en la superficialidad y en los juicios sumarios que dicta la víscera, no el análisis histórico profundo y agudo.
 
Al parecer el curso de la modernidad política en México habría continuado su trayectoria progresiva si el caudillo de ese sector de la izquierda no hubiera denunciado fraude y no hubiera pedido el conteo voto por voto y llamado a las jornadas de resistencia civil. 1
 
Según estos intérpretes de la vida pública mexicana, las acciones de resistencia civil, las movilizaciones y formas diversas de acción política colectiva que el país ha presenciado en los últimos años, pero especialmente en 2006 (La Otra Campaña zapatista, los mineros, Atenco, la resistencia civil en contra del fraude electoral, los pueblos organizados en Oaxaca, los foros y congresos indígenas) no sólo no merecen ser tomados en serio, sino que deben ser atajados e incluso reprimidos. 2 
 
La crisis de la política
 
La repulsiva campaña electoral y el enconado conflicto que dejó el resultado de los comicios obligaron a hacer un lado el triunfalismo con el que se miraba el sistema político mexicano y sus instituciones, para cuestionar este sistema y modificarlo.
 
Un coro de unanimidades, desde el pan hasta el prd pasando por supuesto por el nuevo Ejecutivo federal y las cámaras empresariales, “encontraron” que la salida a este atolladero consiste en más cambios al sistema procedimental liberal.
 
En resumen, se anuncia otra tanda de reformas políticas luego de las fraudulentas elecciones. Pero cabe una pregunta: ¿cuántos ciclos de reformas son necesarias para llegar a la modernidad política? ¿No han bastado la media docena de cambios llevadas a cabo desde 1977 para mostrar los límites de tal perspectiva? ¿De verdad otra ronda de cambios a las leyes resolverá de fondo la crisis política que vive el país? Así lo estiman muchos, pero es una equivocación.
 
Para quienes piensan que el país ya sorteó la tormenta política del verano pasado y que bastan foros organizados por la Cámara de Diputados, habrá que recordarles que la crisis política mexicana no surgió ni es producto del conflicto postelectoral. Es una pésima lectura. La crisis de la política es mucho más profunda y severa de lo que se opina y escribe en la prensa mexicana y de lo que advierten los actores políticos del país. 3 
 
La concepción liberal de la política
 
No es la cultura política del país, las ambiciones de poder de una persona, la premodernidad de la izquierda o de respeto por las leyes lo que está fallando, como han estimado la mayoría de quienes pretenden ejercer influencia en las opiniones de los ciudadanos. Encerrados en esa visión, no alcanzan a mirar ni a escuchar como cruje debajo el subsuelo social mexicano.
 
La crisis es más profunda. En definitiva se trata, de la fractura del orden político liberal. ¿Qué es el liberalismo? Aunque no hay respuestas unívocas, podría convenirse en que se trata de una ideología política y económica surgida en Europa de fines del siglo xviii y a lo largo del siglo xix que se impuso como la ideología predominante en esa región del mundo para resolver los conflictos políticos; una opción que se sitúa a sí misma en el centro del debate político, a distancia del conservadurismo monárquico y de los revolucionarios socialistas, comunistas o nacionalistas.
 
Ubicado históricamente, el liberalismo está ligado al proyecto de libre comercio impulsado por Gran Bretaña durante el período de su expansión comercial y de su hegemonía como potencia indiscutible en el sistema-mundo capitalista del siglo xix.
 
Pero como todas las ideas y prácticas humanas, el liberalismo tiene una historia y al mismo tiempo una justificación ideológica. En este sentido los liberales se refieren esencialmente a la acción libre de los hombres: “la libertad natural, la racional y la liberadora”. De modo que el liberalismo se define como “un Estado que termina por garantizar los derechos del individuo frente al poder político y por esto exige formas, más o menos amplias, de representación política”, (Mateucci, 1988: 909-911). De acuerdo a esta corriente, el Estado liberal se delineó en la “tradición plurisecular de Inglaterra o en la experiencia revolucionaria de los Estados Unidos y de Francia”. 
 
El cimiento de toda esta construcción intelectual radica en la noción de modernidad o modernización, pues para la mayoría de los autores, ahí se encuentra la lógica que mueve a las sociedades contemporáneas. El modo más general de definir este concepto consiste en oponerlo al de premodernidad.
 
“El nacimiento del orden moderno supone que señala el final del orden anterior (premoderno), sin posibilidad alguna de retorno a su vieja forma” (Heller y Fehér, 2000: 130). Este orden, refieren bajo un abrumador consenso la mayoría de teóricos, nació en Europa occidental; y otro consenso casi unánime, vincula íntimamente modernización con industrialismo. 
 
El interés es el pilar de la racionalidad en el soporte del concepto de modernización. Es una sociedad modernizada, el interés se considera el principio guía de la acción en un grado que parece aberrante y odioso en las comunidades tradicionales (Wrigley, 1992: 78).
 
Tradicionalmente, la ciencia social ha considerado que el proceso de modernización deriva de dos procesos: la Revolución industrial británica y la Revolución política francesa. Diversos autores consideran que estos dos hechos desencadenaron a su vez procesos de movilización social que constituyeron el caldo de cultivo del que surgiría la democracia liberal. 
 
Según Taylor y Flint, el modelo liberal es un análisis de regresión múltiple en el que la democracia liberal es la variable dependiente y los cinco factores de movilización social son las variables independientes. Siguiendo con esta lógica, la democracia liberal se explica en mayor medida por los índices de desarrollo económico y de comunicación (Taylor y Flint, 2002: 273). 
 
No descubro el hilo negro al señalar que este proyecto de modernización social y política es el que impulsan los actores políticos establecidos en México. Todos los partidos con registro y los distintos gobiernos proponen la democracia liberal como su horizonte. Se trata de las nociones sobre lo y la política. Son las nociones hegemónicas y dominantes.
 
Aunque con una elaboración más sofisticada, es también el discurso predominante entre intelectuales y académicos. Un claro defensor de este proyecto es Enrique Krauze con su anquilosado postulado de una “democracia sin adjetivos”. 4 
 
Se olvida que la lenta construcción de la democracia y las esferas de la ciudadanía (civil, política y social) en las sociedades del Atlántico Norte, se debió en gran medida a su lado colonial.
 
Mientras se concedía lentamente el derecho al voto a los adultos en Gran Bretaña, se tomaban a las poblaciones de regiones enteras de África como fuerza de trabajo esclava; igual lo hizo Francia con el despojo y esclavización en territorios de islas del Caribe o de África.
 
El presente rico y democrático de Holanda, tiene que ver con su pasado conquistador en la India o en Indonesia. La expansión del moderno sistema mundial de despojo y colonización han caminado por el mismo sendero, como nos los recuerda Giovanni Arrighi. “La formación del mercado mundial y la conquista militar del mundo no-occidental se realizaron simultáneamente.
 
En la década de 1930, tan sólo Japón había escapado totalmente a las desgracias de la conquista occidental, pero sólo convirtiéndose en miembro honorario del mundo occidental conquistador (Arrighi, 1999: 35)”. El análisis del presente social estaría incompleto si no se introduce la dimensión invasora de los Estados Unidos en la actualidad. Los liberales suelen ignorar (o solapar) dichas realidades. 
 
A consecuencia de este eurocentrismo del que están impregnados los estudios de lo político, se imponen otros dos hábitos perceptivos equivocados: el mito de la modernización y el estadocentrismo.
 
Uno de los componentes centrales del modelo liberal es la teoría de la modernización, fundada en la idea de que las sociedades contemporáneas se deben a la conjunción de dos hechos históricos (las Revoluciones industrial británica y política francesa) que a su vez sirvieron de detonantes de los procesos de movilización social que ordenan la lógica social contemporánea. Pero no hay tal proceso, nos recuerda Immanuel Wallerstein. 
 
Lo más equivocado de todos los conceptos vinculados al paradigma de la modernización es su ahistoricismo. Después de todo, el mundo moderno no salió de la nada. Supuso la transformación de una variante particular del modo de producción redistributivo de la Europa feudal en una economía-mundo europea basada en el modo de producción capitalista.
 
Supuso el reforzamiento de las áreas estatales del centro de esa economía-mundo y el correspondiente debilitamiento en la periferia. Y una vez que el capitalismo se consolidó como sistema y no cabía vuelta atrás, la lógica interna de su funcionamiento, la búsqueda de máximo beneficio, le obligó a expandirse continuamente: extensivamente hasta cubrir todo el planeta, e intensivamente mediante la acumulación permanente (si bien no continua) de capital […] de eso trata la modernización, si se quiere seguir utilizando una palabra tan vacía de contenido (Wallerstein, 2004: 116). 
 
Junto al paradigma eurocéntrico y a la falacia de la modernización como modelo a alcanzar, existe también la mistificación del nacimiento del Estado y las relaciones de poder que le son consustanciales.
 
La noción más común presume que el origen y transformación de los actuales Estados-nacionales se debe a la transformación de procesos ocurridos al interior de su propio territorio. Charles Tilly ofrece otra perspectiva, mucho más rica y sugerente.
 
Los modernos Estados europeos fueron las variantes que resultaron exitosas entre una variedad y multiplicidad de formas organizativas que convivían y competían en el escenario europeo.
 
Se trataba de organizaciones territoriales con deseos de dominio político y expansión geográfica. Sigue así una lógica causal. Estos afanes requerían de ejércitos, primero mercenarios y posteriormente reclutados entre la propia población, que a su vez requerían de capital para sostenerlo.
 
Surge así una relación tanto de alianzas como de confrontación con los propietarios de capital, habitantes en sus propios territorios en otros. De estas negociaciones con los capitalistas y grupos propietarios surgen los acuerdos y pactos que dieron origen a los Estados generales de la República holandesa, al Parlamento inglés, a las Cortes de Castilla y de Cataluña y a los estamentos franceses.
 
Al intensificarse la competencia entre los nacientes Estados, los grupos concentradores de la coerción requirieron cada vez más recursos para ampliar sus ejércitos, lo que los obligó a aumentar los mecanismos de exacción de impuestos entre la población.
 
Esto lo hicieron mediante la represión, pero también mediante la negociación con las poblaciones, quienes ofrecían recursos y obediencia a cambio de ciertos derechos. Los derechos de ciudadanía, nos dice Tilly, no surgen por concesiones de los grupos dominantes, sino en tensión y lucha con las capas oprimidas (Tilly, 2004: 278-283).
 
En resumen, el resultado de los Estados europeos exitosos se debe a una combinación entre coerción y capital. De modo que no hay una vía universal hacia el Estado liberal, o hacia la democracia “sin adjetivos”.
 
Pero aunque exista una fuerte evidencia a favor de un análisis histórico sobre el origen específico de estas formas políticas, la realidad es que los Estados liberales se han impuesto como las formas políticas dominantes en el mundo.
 
Taylor y Flint se preguntan, con ironía, por qué si “el modelo de la democracia liberal se considera a sí mismo la culminación correcta y racional de la tradición política occidental; pero si es tan bueno, ¿por qué Occidente ha tenido tantos problemas a la hora de transplantar sus ideales parlamentarios a la periferia?” (Taylor y Flint, 2002: 271).
 
Su respuesta es que el Estado-democrático-liberal (el modelo a seguir en la actualidad), es en realidad una característica de formas de gobierno que ha funcionado en términos acotados tanto espacial como temporalmente.
 
Es una forma política circunscrita apenas a menos de dos docenas de las más de 200 unidades políticas que conforman el actual sistema interestatal de Estados soberanos, y apenas de la mitad del siglo xx a la fecha. Por lo tanto, sugieren ubicar a la democracia liberal como un fenómeno apenas reciente en la historia secular de la economía-mundo capitalista.
 
Una perspectiva más amplia permite ver que “la democracia liberal está concentrada en el tiempo y también en el espacio: en el centro de la economía-mundo a partir de 1945” (Taylor y Flint, 2002: 276). La concentración de estos procesos políticos en determinadas áreas del sistema mundial no es casual. 
 
Primero, su ubicación en el centro de la economía-mundo durante el cuarto ciclo de Kondratieff permitió que esos pocos países desarrollaran una política de redistribución que no era posible en Estados de otras épocas y otros lugares.
 
Por tanto, esos Estados eran lo suficientemente ricos para que hubiera una competición significativa entre partidos por el reparto de la “tarta” nacional, de la que potencialmente se podrían aprovechar todos los ciudadanos (…) Segundo, en el naciente orden geopolítico mundial de la Guerra Fría, la forma del Estado social-democrático-liberal es, con mucho, la mejor forma de disponer de una política “social progresista” alternativa al comunismo.
 
Así que Estados Unidos fomentó la nueva política de redistribución porque constituía un baluarte contra el comunismo, especialmente en Europa Occidental (…) pero el concepto ideológico de “mundo libre”, acuñado por primera vez para referirse a la Europa no comunista, no ha sido fácil de trasladar a zonas no europeas” (Taylor y Flint, 2002: 277-278).
 
 
La crisis política mexicana tiene raíces estructurales y es histórica. Responde a la crisis de legitimación que tiene la democracia liberal en la actualidad. De hecho, los recientes comicios presidenciales en México comparten las características de polarización políticas que se han observado en elecciones en otros países.
 
Una tendencia hacia la polarización entre opciones de derecha e izquierda: así ocurrió en Italia, Brasil, Ecuador y Venezuela en este año. Esta polarización deja fuera a los partidos centristas liberales que en el período desarrollista (1945-1970) eran las opciones políticas hegemónicas gracias a que podían representar y cumplir las demandas de amplios consensos sociales.
 
Era la época del pri en México, una época que ya pasó. Por eso la crisis del pri no es coyuntural, encuentra una explicación más sólida si se pone en la perspectiva de la crisis del sistema liberal y la crisis del modelo de acumulación industrial-desarrollista de la posguerra.
 
Pero ahora la polarización y el antagonismo social están tan presentes, especialmente en las sociedades periféricas, que aún con sus limitaciones de orden procedimental, se expresa en las urnas.
 
Esta polarización político-electoral es el resultado de la profunda reestructuración que ha dejado el orden neoliberal en los últimos 20 años. ¿Qué salidas quedan? El escenario es incierto, pero más cierto es el fracaso de la misma receta liberal que quieren imponer los grupos dominantes en el país.
 
Los partidos y la clase política profesional tienen cada vez menos recursos y medios para cumplir sus ofertas electorales. El margen de operación de los Estados está condicionado de por sí (secularmente y no ahora por la globalización) por el espacio de los flujos del capital.
 
El período neoliberal deja aún menos margen de maniobra a los gobiernos de los Estados periféricos, debido a que por primera vez en 200 años de expansión, las capacidades redistributivas de los Estados se han contenido y corren el riesgo de revertirse.
 
De otro lado, las principales demandas que interesan a las poblaciones (empleo, salarios dignos, servicios públicos, viviendas accesibles) no pueden ser satisfechas por la dura competencia interestatal de capital en busca de inversión y la caída de los ingresos fiscales. Así los Estados periféricos o semiperiféricos como el mexicano, quedan atenazados.
 
No es todo. Los Estados no pueden ofrecer las salidas liberales que requieren un pacto social más o menos extenso debido a que sus bases de sustentación han cambiado.
 
Muchos de ellos se sostienen en nuevas alianzas con grupos dominantes nacionales y transnacionales, con nuevas redes clientelares. Pero del otro lado hay cada vez más pueblos y comunidades, organizados y no, que escapan a la vieja lógica del control liberal: el corporativismo, el clientelismo, la militancia partidaria, el acarreo para las formas tradicionales de política y la compra de votos.
 
Son cada vez más comunidades las que no soportan las limitaciones materiales para la reproducción de la vida (bajos salarios, más carga de trabajo, ataque a la seguridad social, subcontratación, amenaza de despido, flexibilización laboral) o los despojos, explotaciones e injusticias que padecen los sectores considerados informales: campesinos no organizados, comerciantes ambulantes de las ciudades, estudiantes sin futuro, desempleados, jóvenes molestados constantemente por la policía.
 
Ante estas crecientes rebeldías, se van agotando los mecanismos de mediaciones político-liberales. Dicho de otro modo, la legitimación del poder se erosiona y a los gobernantes les queda la cara dura de la coerción.
 
Así arrancó el gobierno de Felipe Calderón en México, pero contrario a lo que se cree, la exhibición de la mano dura no es fortaleza del nuevo grupo gobernante sino muestra de su debilidad, pues como sabían desde hace 600 años los florentinos, es mejor gobernar con la obediencia manifiesta que con la fuerza.
 
Los grupos dominantes tienen cada vez menos recursos (materiales, simbólicos, ideológicos) para convencer a amplias campas dominadas de que acepten pasivamente esta subordinación. Se aproximan tiempos de mayor antagonismo social.
 
La salida que tendrá esta confrontación no está escrita en ninguna parte. Lo que sí es seguro es que el tiempo del liberalismo ya pasó a mejor vida. 
Citas
  1. “¿Qué busca entonces López Obrador con sus desplantes? ¿Es realmente tan grande su ambición de ser Presidente de la República que está dispuesto aunque sea a jugar que lo es? ¿No le importa poner en riesgo con ese juego las posibilidades electorales del PRD o las de él mismo para el 2012? ¿Le da igual el costo de todo este ejercicio para los mexicanos?”, Sergio Sarmiento, “Autoproclamación”, Mural, 21 de noviembre 2006.
  2. En el número de octubre de 2006 de Letras Libres, se llama al Estado a poner orden, olvidándose de la “tara de Tlatelolco”. “Luis González de Alba y Luis de la Barreda estudian el peso que la matanza de Tlatelolco sigue teniendo en la vida nacional y cómo puede convertirse en una tara para un país democrático, incapaz de usar, como último recurso, la fuerza legítima contra aquéllos que vulneran el orden legal”.
  3. Los indicadores y tendencias de esta crisis pueden leerse, para México y Jalisco, en dos estudios de opinión recientes. México: Tercera Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas de la Segob, diciembre 2005.www.gobernacion.gob.mx Jalisco: Encuesta Estatal sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas, enero 2004, Secretaría de Desarrollo Humano, Cuadernos Estatales de Política Social, 2005.
  4. Para refutar la simplicidad de Krauze, basta consultar cualquier diccionario. “En este plano ingenuo, la historia del liberalismo europeo es una historia de enredos: tenemos muchos liberalismos diversos entre sí, pero no el liberalismo”, (Bobbio y Mateucci, 1988: 907).

 


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