Sebastián Picker. Pintor

El orden cincelado de sobriedad  

La obra de Sebastián Picker parece hecha de desnudez, de despojamiento. Una austeridad deliberada que sintetiza el orden. Un fatigoso precipitado amasado tras un largo camino de olvido y deconstrucción. Pero sus cuadros no son simples precisamente, pareciera que surgen como un claro desconcierto que emerge del absurdo esencial que subyace a toda forma de saber. La claridad ontológica de sus cuadros está lograda con una suerte de inocencia comprensiva que no es nunca un punto de partida sino de llegada.

Luz rotunda, definitiva, esencial; colores simplificados y formas concretas, introspectivas, que anuncian su vocación de geometría aérea, simulan el esfuerzo por neutralizar los significados que no pueden dejan de manifestarse. Y una voluntad imperativa: el fenómeno estético que se configura como un hecho centralmente humano, y más: como una grandiosa tentativa de la humanización del mundo. El cuadro es, junto a la realidad de la naturaleza, un mundo aparte con sus propias condiciones lumínicas y espaciales. Al pintor le toca trasladar el fenómeno corporal con sus tres dimensiones, a la bidimensionalidad de la superficie pictórica.

En este proceso de desmaterialización se pone a prueba su designio creador, una traducción de lo material a lo espiritual. Hay en sus personajes, temas, composiciones, un cierto carácter monumental devenido de su concreción, de su dura petricidad. Y, como tal, la ilusión tridimensional y el anhelo de lo sagrado que subyace a sus formas. La pureza y reciedumbre de su lenguaje formal da ese elemental poder expresivo a sus obras, que hace que las formas naturales se travistan en estructuras geométricas. Lo que se representa es la esencia de un numen, no una acción cualquiera, donde el movimiento se gesta dentro de la masa. 

Los datos materiales son depurados en elementos de la configuración formal. Y el resultado es que la composición se logra gracias a una disciplina cuya meta no es la estilización sino la estructura arquitectónica. Pintura en metamorfosis escultórica que en todo momento presenta una estrategia de organización espacial de los volúmenes, de calculada y misteriosa interacción en las figuras aisladas, en la apertura vertiginosa de sus espacios volátiles. Para Picker la luz es un elemento funcional de la configuración plástica no un medio para obtener efectos de tipo ilusionista. Para ello, aprisiona el juego de la luz en la superficie de las masas.

Concibe la obra de tal manera que los contrastes entre luces y sombras, el movimiento rítmico y la estructuración geometrizada hagan nacer un conjunto formal dotado de una especialidad propia, en donde los valores plásticos puedan desarrollarse según sus condiciones de existencia artística. Cada elemento formal está determinado por la estructura del conjunto; en cada aspecto debe expresarse la totalidad de los signos plásticos.  A partir de elementos inertes construye una composición de masas de variados tamaños y contornos concebidos como conjuntos rodeados de aire, opuestos y afines, que se empujan y aprietan unos a los otros: masas estáticas que trenzan el milagro de que entre sus partes existe una viva tensión dinámica.

Plasticidad que no corresponde a la realidad de modelos reales sino a una cierta concepción plástica, universal y crítica que presta a su pintura la nota particular y su poder expresivo. 


¿Estabilidad?
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Ante la nada
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Asépticamente tóxico
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Contrapeso
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De compras III
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De compras IV
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El otro mundial
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Información II
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La familia primero
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Los idealistas
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Pasividad ultravioleta
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The champions
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Un nuevo discípulo
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