Abel Galván. Pintor Jalisciense

Ironía, simulacro e ilusión.    En el constreñido espacio de una página, ¿qué decir de la pintura de Abel Galván sin escamotear lo esencial? Eso es, adelante, a la búsqueda de esencias. Primero: pintura sensoria. Explosión de recursos técnicos para propósitos unánime y exclusivamente artísticos. Contexto. Jalisco es historia plástica porque está iluminada por su singular y caediza luz crepuscular, sucia de su arena de corinto con olor a mar.

Y es además joven y hemos de suponerle por lo tanto con su panoplia de disuasión, de duelo de la imagen y de lo imaginario, que entraña una melancolía general en la esfera artística, que parece sobrevivir en el reciclaje de su historia y de sus vestigios, asignado a la retrospectiva infinita de aquello que le ha precedido. Duelo transfigurado de ironía, la del arrepentimiento y el resentimiento de cara a su propia cultura. Parodia y palinodia del arte y de su historia, de la cultura, en forma de venganza, característica de la desilusión radical. Las obras de Abel Galván gravitan en torno a la ilusión, sus imágenes más que estéticas, acogen la idea de un éxtasis físico, porque les ha arrancado toda presencia realista. Son un clamor contra la miseria de la imagen sometida, descalificando toda ilusión seductora.

El apogeo de esta desimaginación de la imagen, de estos esfuerzos inútiles para hacer que una imagen deje de serlo, es la imagen de síntesis, la imagen numérica, la realidad virtual.  Si una imagen abstrae el mundo en dos dimensiones, restando una tercera al mundo real y por tanto inaugurando el poder de la ilusión, la virtualidad, por el contrario, al volverse hiperreal, destruye esta ilusión pretendiendo la ilusión perfecta. Pero se trata de una ilusión “recreadora”, realista, mimética, hologramática.

En esa disyuntiva la vía imaginaria de Abel Galván hurta una dimensión a los objetos reales, entregando su presencia mágica y recuperando el sueño, la irrealidad total en su exactitud minuciosa, el éxtasis del objeto real en su forma inmanente, y agrega al encanto formal de la pintura el encanto estético del simulacro, de la mistificación del sentido.    


Serie Arkytektura de la fe
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