Waldo Saavedra

W.S. El eminente biólogo John Craig Venter, padre adoptivo del genoma humano, dijo medio en serio y medio en broma que el temperamento artístico de un genio podría tener su origen en una alteración genética. Según me explican, el problema tendría solución científica con una simple mudanza de la cadena, aunque el precio sería muy alto porque nos quedaríamos sin Amadeus Mozart, Charles Chaplin, Isadora Duncan. Y también sin Waldo Saavedra, añado yo. Para decirlo en buen español, el remedio sería peor que la enfermedad.

Por tanto, debemos dejar las cosas como están y permitir que Waldo siga viviendo dentro de un cuadro suyo, entre los animales de su finca y las fieras de su imaginación sin límites, como un inquilino más de un mundo personalísimo, maravilloso, que él mismo nos ha ido mostrando con enorme generosidad a medida en que lo iba descubriendo paso a paso, de error en error, pinceladas van y pinceladas vienen. No ha sido, para él, un proceso fácil: la revelación de nuestras obsesiones resulta un esfuerzo desgarrador, en el sentido más violento de la palabra.

¿Hay arte sin dolor, sin sacrificio, sin furor? De tanto tentar la fantasía (ese eslabón torcido del que nos hablara el Dr. Venter), este cubano-tapatío ha acabado por ser, en el particular paraíso donde sobrevive, su propio creador y sus criaturas, la serpiente y la manzana, el pecado y la virtud, el misterio y su clarificación, porque mi gran amigo Waldo sabe que al menos en este todo (el amor, el odio, la verdad, la mentira, la razón, la conciencia, la tormenta, la calma, la vida, la muerte), absolutamente todo siempre es luz y sombra –o lo que es lo mismo, sólo luz.

Cuando Waldo nos invita a entrar en los paisajes de sus ilusiones, a recorrer estos escenarios un tanto teatrales que él ha construido con sus manos, lo hace por nosotros, usted y yo, como si necesitara decirnos que no, de ninguna manera, a pesar de los pesares, no, qué va, no estamos solos. 


La infanta roja
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Seis apariciones de Lennin sobre un piano (Dalidiano)
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God
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Un espejo para Magritte
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El son de la negra
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Serie: Los amorosos
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