Juan Carlos Macías. La inminencia irresistible

Acaso habría que proponérselo alguna vez: una galería desierta, a oscuras, en silencio, que se ignore dónde está y qué alberga. Cerrada, además. De su existencia sólo tendría que saber el artista que la ha poblado, y quizás ni siquiera. En sus muros, una serie de cuadros dispuestos según las nociones indispensables por las que podría adjudicárseles el sentido de una exposición, salvo que no están expuestos: inaccesibles a toda mirada, indetectables por ninguna suposición, se limitan a consistir en los trazos, los colores y las proporciones que posibilitan su existencia, aunque ésta no haya forma materialmente válida de afirmarla.

Pero si la óptica es insobornable –exige al menos un ojo y algo de luz para conceder su certificado de realidad–, la imaginación facilita las evidencias que hagan falta para admitir estos cuadros todavía no vistos por nadie, que acontecen por razones distintas a las que exigen un espectador que los interprete: las razones que tienen las figuras que los habitan, por ejemplo –si es el caso, sigue proponiendo la imaginación, de que sean cuadros pintados por Juan Carlos Macías: presencias y hechos que tienen lugar antes de que ninguna luz los desvele ni nadie se plante frente a ellos.

Puede ser algo como esto,  que acontece ahora mismo en las páginas que están por desplegarse: una mujer desnuda, sentada en el respaldo de un sillón, se vuelve hacia algo que atrae su atención (algo que tendría que estar en la pared, detrás de ella); en la mano izquierda sostiene lo que parecen unas greñas. Otra guarda un precario equilibrio arqueándose de espaldas, cubierta con ropas vaporosas; lleva tacones y abre demasiado la boca, probablemente en lo que comienza a ser un grito. Una más –pero algo hace pensar que se trata de una niña–, derrumbada boca abajo en otro sillón (de tres plazas, que hace juego con el de la primera mujer), saca la lengua, y lleva tacones también, y medias caladas.

Subida en una escalerilla, una joven desnuda se recuesta sobre los cuartos traseros de una vaca; otra, también desnuda, examina uno de los cuernos, un muchacho inclina la cabeza y esconde las manos a la espalda, un hombre en trusas sonríe mientras acaricia el lomo de la vaca, y detrás de ésta hay una mujer más –solo se ven su cabeza y sus pies. La primera mujer, la que está sentada en el respaldo del sillón, lo que sostiene son las greñas de una muñeca inflable –había que dar la vuelta para descubrir que a quien mira sobre su hombro es a ti, por más que fueras invisible en el primer cuadro, si es que no es el mismo, solo que ahora has encontrado su reverso.

Los cuadros de Juan Carlos Macías están afiliados por una singular voluntad documental que registra pormenorizadamente la ocurrencia de instantes cuyas explicaciones son incesantemente (y fascinantemente) inestables por el carácter de inminencia que subraya cada gesto, cada ademán, cada postura y cada mirada de los personajes que figuran en ellos. «Las apariencias, en cualquier momento dado, son una construcción que surge de los deshechos de todo lo que ha aparecido con anterioridad», anotó John Berger a propósito de los modos en que la pintura pretende la fijación del tiempo.

 Quizás habría que puntualizar, en el caso de Macías, que las apariencias también surgen de cuanto está apenas por suceder, y de ahí que lo que hay en estas composiciones (en los movimientos de los personajes que figuran en ellas) resulte tan poderosamente intrigante por la medida en que hace pensar en un inesperado desenlace.

En la formulación de las escenas que contemplamos e interrogamos es fundamental el hecho de que, simultáneamente, están siendo contempladas e interrogadas por el artista. Las presencias que habitan los cuadros no se limitan a estar en lo suyo –diciéndose qué, sabiéndose quiénes, el pecho subiendo y bajando casi imperceptiblemente por el fuelle de la respiración–: en su aparente fijeza son examinadas por la cavilosa mirada de Macías, y por su tacto, y en consecuencia las encontramos afirmándose y desdiciéndose como si apenas estuvieran llegando adonde están, como si sus posturas y sus atuendos y sus pensamientos todavía estuvieran por decidirse: si nos distraemos unos segundos el cuadro podrá ser radicalmente distinto, aunque todo en él permanezca tal como está.

Una galería cerrada, desierta y a oscuras. O esta revista. Si acercamos el oído, podremos distinguir un bullicio, alguna música, el ladrido de un perro, ruido de muebles que se arrastran, los cascos de una vaca sobre el mosaico, el rechinido de las cuerdas que sostienen a unas mujeres en el aire. Lo que estamos por conocer es, ya, irresistible.

JOSÉ ISRAEL CARRANZA