Sofía Echeverri. Abstracción y consistencia discursiva

Una recepción activa de la obra de Sofía Echeverri no debería pasar por alto que contemplamos una propuesta de secuencia simultánea de obras, producidas en series distintas entre sí, relativamente autónomas, aunque en otro nivel interconectadas o atravesadas por premisas y elementos en común.

Tanto en el caso de lo que define a cada serie hacia adentro de su despliegue de imágenes, como en los aspectos que permiten la interpretación en cadena de todo lo exhibido, se percibe que un núcleo discursivo en Sofía Echeverri consiste en lo que se conoce en el contexto de la posmodernidad como las tecnologías del yo, es decir, la representación de situaciones –“figurativas” y “abstractas”– en las que el sujeto de la imagen o la secuencia formal realiza ceremonias de autoexploración (anacoresis) buscando obtener conocimiento sobre las experiencias cotidianas (p.e. serie Tintas) o acerca del campo en el que se mueve ese yo o esas formas (p.e. serie amorfo mal), y que en este caso aparecen como imágenes que entablan diálogos –tensos, irónicos, afirmativos– con referencia a ciertos pensamientos no expresados.

La lectura comparada del conjunto de series y la comparativa al interior de cada pieza en concreto (precisamente porque están hechas bajo la lógica de la intervención), funciona en los términos de la visión de un palimpsesto plástico, es decir, de un “documento” en el que se notan marcas hechas encima de capas que también contienen grafismos.

Así, los dos niveles de dibujo, ya sea por superposición de papeles o por cohabitación de figuras dispares en un mismo soporte, configuran iconografías o estructuras contradictorias que producen, básicamente, dos tipos de significado: por un lado, el despliegue de secuencias de elementos geométricos circulares que revelan la esencia de las figuras naturalistas (series Réquiem, Liary); y, por otro, formaciones lineales complejas que representan procesos de colapso o mutaciones en los que el principio del orden y el de la expansión aleatoria coexisten.

La visión de los módulos circulares que intervienen el supuesto orden editorial en el tabloide simulado de la serie Liary o que flotan en los grabados con representaciones de animales en Réquiem, igual que los que dan forma a los globos que contienen los textos en las piezas-página sacadas de revistas o de los que parecen tomar su silueta los dibujos de los personajes encapuchados, es una visión que tal vez implique –en la ambigüedad– que todo entorno, es decir, cualquier espacio (vital, personal, colectivo, lingüístico, icónico, mediático…) está sujeto a la pérdida constante de estructura, al reacomodo interminable, al acceso a otros entornos o a la interdependencia en relación con micro-mundos concomitantes.

La serie células es, quizála que acusa de forma más evidente las reglas del juego discursivo de Sofía Echeverri. Se trata de las piezas en las que a los dibujos a lápiz sobre papel blanco opaco, la artista superpuso las hojas de papel Herculene dibujadas con motivos en color.

La estética de esas obras consiste en un registro en el que la abstracción está abierta y deja de ser la elección de un estilo moderno de representación visual, pues alude, en su táctica de estructurar esquemas extravagantes, posgeométricos y pro-orgánicos, a un relato sobre la transformación que se puede explicar si recordamos la relación desmoderna que plantearon las prácticas abstractas de los últimos treinta años (Cfr. Franz Ackermann, el colectivo Knowbotic Research, Peter Halley) cuando involucraron este tipo de visualidad con la necesidad de construir mapas o modelos de fragmentos de la realidad social, económica, mental, etcétera. Los juegos de lenguaje gráfico que posibilita el trabajo con algunas políticas de la intervención, dan consistencia discursiva a la obra de Sofía Echeverri, en un medio cultural muy discursivo y poco consistente.

Érick Castillo