Luis Armenta Malpica

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Hay poemas que no quieren

ser peces y se quedan

flotando

en la línea divisoria de la prosa

más sucia. Peces

cuyas branquias son

versos y se empeñan

en obtener

pulmones.

Hay poemas que se sienten

gigantescos cetáceos

y en el plancton comparten

la lengua que a todos los devora.

Hay poemas que muerden

el anzuelo de las viejas

vanguardias y terminan

enganchados al hilo

de la vida

tan efímero

y débil

que se

rompe

al leer

los.

Retrato ficticio con persona real de fondo 

Tú no aparecerás en el poema

mientras sigas dormido. El manso

ronroneo de la camisa no alcanza a despertarte.

Mis manos son

el ruido que espanta tu pelambre. La imagen

es un crimen que no se ha cometido

y debo resolver desde el portarretratos de la hipótesis.

¿Quién aparece allí?

¿Qué rejas cruza el miedo

que maúlla cada que lo abandona

el hombre de la foto?

 

Tiene nombre de gato.

Se dedica a escribir con una aguja.

En su imaginación, la mitad de su cuerpo se levanta

del humo de un cigarro electrónico: el vapor

que abandona sus labios

forma una nube espesa: blanca

bola de estambre. Teje él mismo su sombra

para no estar ausente en la fotografía. Blanca gata

con un parterre propio. Hermosa bola blanca

que escapa de su boca con un rojo extendido por el pecho.

 

Pero si fuera cierto

el retrato mostraría dos muñecas amarradas con un mismo cordón

el famoso hilo rojo de una historia romántica. Se llamaría suicidio

si nos fijamos bien. Intento de suicidio: la camisa se mueve.

Ese animal respira. Muy cerca de su oreja

un objeto dorado parecido a una bala

da paso a otra lectura. Es un lipstick que rompe

la imagen del varón. Un vulgar pintalabios

que convierte a los gatos en muñecas.

 

Aquí estamos en corto. No hay música de Wagner

ni estridentes maullidos que amenacen la calma

en los departamentos aledaños. Es un espacio solo.

Un hombre con su gato. Y tanta soledad

tanta blancura sola necesita, de manera impetuosa

un color que resalte

el sucio blanco y negro

de la vida.

Acta del juicio

No somos las mujeres

que intentamos, ni seremos

los hombres que quisimos.

Este vocabulario es inservible

mientras no reformemos el artículo a la ley

más allá de una letra en nosotres.

Sin embargo

en ese sin embargo que alguien nos

arrebata, hay un poco de vida.

Detrás nuestro, quizás:

un tal vez en la espalda

que vuelve a lo que fuimos.

Y allí, a un golpe

de salvarnos, siempre habrá otro

fiscal que nos regrese el juicio.

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