INÉS S. BEAUVOIS

Errante

El mundo de las cosas goza de inusitada protección. La historia se inscribe en la incandescente capacidad del hombre para fabricar objetos. Sofisticados, ingeniosos, de sutil confección o violento y contaminante destino. Una tela, un tesla, la taza para el café, una bomba que aniquila, el libro que nos hace soñar. Todos los objetos comparten una particularidad: incapaces de hablar por sí mismos alcanzaron estatuto jurídico por posesión contractual.

Esta relación «sujeto-objeto» de posesión y dominio ha organizado la sociedad. ¿Podemos preservar la frágil belleza del mundo bajo esta racionalidad? Sobre la ciénaga Goya pinta una pareja luchando en el fango ¿qué sería de los guerreros sin la ciénaga? pregunta Michel Serres en El contrato natural. Nociva, cosmética, desbordada, como catástrofe, damos por accesoria a natura siendo que sin ciénaga no habría ni aves ni lluvia ni ciencia. La naturaleza nos contiene —sostiene el filósofo—, sin su existencia no hay posibilidad de lucha, conocimiento, creación y encuentro. Se precipita una catástrofe general. Sin la preservación de la naturaleza todo intercambio humano se extinguirá. No se trata de animismo o metafísica, sino de modificar los fundamentos sobre los cuales debe renovarse el lazo cultura-naturaleza.

Serres nos dejó en esta obra premonitoria un legado filosófico que bien vale revisitar. Apremia la hechura de otros vínculos en y con la Tierra: la creación de un contrato natural.

MICHEL SERRES. El contrato natural, Pre-Textos, 1991

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