Rodrigo Sánchez Sosa

El tráfico de esclavos africanos al continente americano entre el siglo XVI y XIX sumó 12 millones de personas. A México llegarían durante la colonia 250 mil, según registros; el tráfico ilegal sumó por lo menos el doble. Medio millón de personas es una cifra significativa para un territorio que a finales de la colonia no superaba los 4 millones de habitantes y la Ciudad de México no llegaba a los 200 mil.

En 2019, quinientos años después del arribo del primer africano con las tropas de Cortés, se reconoció legalmente a las comunidades afrodescendientes. Esto puso de manifiesto la invisibilidad de la negritud. Comenzó entonces a ser referente el origen de algunos insurgentes; la historia de Gaspar Nyanga, un gabonés que encabezó una rebelión en 1570; y estados como Guerrero, Oaxaca, Tabasco y Veracruz, que conservan fenotipos y expresiones culturales africanas, son vistos con renovado interés. Invisibilizar para una gran mayoría un legado tan significativo es más sencillo de lo que se pudiera pensar. Edgar Allan Poe lo expuso con maestría en La carta robada: la mejor forma de que algo importante pase desapercibido es dejarlo disimulado a la vista de todos.

Jalisco no está asociado a esta herencia, pero documentos históricos dan cuenta de una población importante durante la colonia, llegando a ser en algunos casos más numerosa que la indígena en pueblos importantes de la Nueva Galicia. En el sur de Jalisco la población nativa disminuyó 85% entre 1548 y 1650, y esta centuria coincide con el incremento del tráfico de esclavos. Los historiadores han notado que en este periodo los africanos y sus descendientes fueron minimizados en los censos.

La negritud en México comenzó a desaparecer en los últimos años de la colonia cuando el sistema de castas no pudo responder a la compleja variedad del mestizaje. Además, a diferencia del indígena, el africano no tenía un arraigo cultural tan profundo que le permitiera la resistencia, así que su descendencia abrazó con entusiasmo la causa insurgente y los ideales liberales a precio de desaparecer simbólicamente. El mestizaje como idea política terminó por engullir la negritud.

Para el mestizo, como idea e identidad, la negritud es invisible. El color de piel es un accidente sin importancia y su cultura una unidad de carácter heterogéneo. Difícilmente reconocerían, aún en ellos mismos, los rasgos fenotípicos de la negritud

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