FEDERICO FABREGAT

No se trata de desmantelar los avances que los efectos especiales le han dado a esa magia de contar relatos. Desde Georges Méliès, se divisaba esa inquietud para engañar al ojo. Esos recursos son virtuosos, especialmente si están al servicio de la historia. Locaciones enormes. Desde películas como 2012 (2009) o Star Wars Episodio I, La amenaza fantasma (1999) es posible dimensionar la capacidad de espacios que la postproducción es capaz de construir: lugares que a la postre se antojan impresionantes pero que, irónicamente, son intrascendentes. La Estrella de la Muerte, en Star Wars, Una nueva esperanza (1977), a pesar de ser un objeto colosal es un lugar que infunde temor y respeto. En cambio, el muelle de las arcas de 2012, un filme emblemáticamente constituido por efectos digitales, pareciera una cueva sin fin, que no es clara y en donde los actores no tienen interacción interesante con la locación.

El exceso de objetos y personajes. Otra cuestión, y citando lo bueno y lo malo de Star Wars, se refiere a sus precuelas: los episodios 1, 2 y 3 donde en este barroco visual ya no hay personajes y objetos memorables como solían serlo. El Halcón Milenario era prácticamente eso: un personaje deseado por las audiencias. En los episodios hay tantas naves de toda índole, aparece tanta diversidad de robots o máquinas, tantas bestias innecesarias al fondo de las acciones que todos están despersonalizados. El espectador no tiene tiempo para captarlos. Saturación que no sucede en filmes como The Terminator (1984) y hasta en Pacific Rim (2013), donde los protagonistas y sus máquinas están ligados a los personajes.

Preciosismo visual fortuito. Antes, en un esquema más clásico de hacer cine, si aparecían dos soles en el planeta Tatooine se trataba de una escena épica que despertaba emociones. Ahora, pueden surgir veinticinco lunas y no inspiran nada. De nuevo, los objetos en este ornamentado visual pierden fuerza narrativa. Otro ejemplo: The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring (2001) posee asertivos espacios como las minas de Moria (que son de enormes proporciones) y personajes como el demonio gigantesco (Balrog) que elimina a Gandalf. Ahí, los efectos se centran en acciones bien contadas. Peter Jackson, tiene su versión negativa de los hechos: King Kong (2005), es donde todos los vicios se cumplen al pie de la letra: la isla es confusa y la amenazadora fauna es bonita pero excesiva. El desfile de post producción es inútil y no aporta nada a una historia que en su remake ya era fallida desde el guion.

Esperemos que con el tiempo la fiebre digital se equilibre para estar a la salvaguarda de la narrativa. A final de cuentas los guionistas seguirán entregando buenas o malas ficciones y los directores tomarán las decisiones que crean necesarias para llevarlas a la pantalla. Porque la post no tiene la culpa, sino los que toman las resoluciones para que una cinta trascienda o no, como toda buena historia.

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