DONOVAN MURPHY

Soy privilegiado por haber podido dejar mi trabajo en dos ocasiones y viajar sin rumbo fijo durante varios meses. Este deseo de explorar el mundo está arraigado en mí desde muy joven, cuando hojeaba atlas o leía novelas de aventuras a solas en mi cuarto, soñando con un mundo más emocionante que los suburbios olvidables donde crecí. Viajar se ha convertido en una parte fundamental de mi carácter y, cuando surge el tema en una conversación, me suelen preguntar cuál ha sido mi destino favorito. Quizá esperen algún consejo sobre a dónde ir o quizá quieran escuchar que su país es el mejor destino para viajar. Lo cierto es que comúnmente quedan perplejos o decepcionados con mi respuesta: la carretera.

La carretera —no la autopista— es una zona transitoria que nos permite satisfacer nuestra necesidad primigenia de estar en espacios abiertos y observar los márgenes de la civilización. La vida a lo largo de estas rutas sirve para recordar que los seres humanos pueden ser diferentes unos de otros y de los que encontramos en donde vivimos.

Tal vez, mientras intentas pedir aventón desde un pequeño pueblo agrícola del este de Turquía, un taxista te rescate de cuatro enormes y amenazantes perros que te persiguen. Le mencionas que te diriges a la frontera con Georgia y se pasa el resto del viaje dándote un dolor de cabeza con su retumbante voz divagando sobre las alegrías de visitar dicho país en busca de whisky y sexo. Tal vez un trailero de Irán se detenga a recogerte y te ofrezca «agua» que resulta ser un licor casero ilícito y apestoso. Entretanto, su hermana intenta enseñarle algo de inglés por teléfono mientras él da puñetazos al ritmo de la mala música electrónica que escucha y dirige el volante con el codo. Tal vez hayas llegado al pueblo equivocado en la Sierra Madre de Oaxaca y la única opción para llegar al destino correcto sea una excursión en un mototaxi por un aterrador camino de grava, en plena noche, a través de un bosque sin farolas y con un conductor que lleva una navaja atada al espejo retrovisor.

Como sea, cuando llegas, ya se acabó la diversión. Robert Louis Stevenson escribió una vez que «viajar con esperanza es mejor que llegar». La carretera te da la oportunidad de encontrarte con otra clase de personas incapaces de ser domadas por la sociedad urbana. En muchos sentidos, te abre la perspectiva mucho más de lo que puede hacerlo el destino.

Donovan Murphy, originario de Sídney, Australia, es docente de inglés y estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara, prefiere identificarse como «vagabundo internacional extraordinario».

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