Berenice Castillo 

Después de cuatro meses de confinamiento y reposo obligatorio, es imposible no haber entrado en contacto con la frustración, el miedo y el sopor, pero también la esperanza e introversión. Un diagnóstico inicial de COVID-19 y otro siguiente de embarazo gemelar de alto riesgo son, en apariencia, polos opuestos: mientras uno apunta a la muerte, otro lo hace a la vida. La existencia es la tensión constante entre esas dos pulsiones que a veces se sobreponen.

En el primer caso la indicación de los médicos fue fortalecer el sistema inmunológico para combatir la enfermedad; mientras que unas semanas después, la orden era la contraria: debilitarlo para que pudiera avanzar el embarazo. Para ello se necesitaban —además de las hormonas y medicinas comunes— medicamentos anticoagulantes y corticosteroides que, precisamente, en casos severos de COVID-19 serían útiles para la recuperación.

En medio de la pandemia tuvimos que acudir a decenas de farmacias para encontrar una dosis del medicamento escaso. Inevitable pensar en que dos personas con condiciones médicas disímiles recorríamos la ciudad compitiendo por el mismo frasco de solución inyectable, una pensando en que no se fuera la vida en peligro, otra pensando en que llegara una vida nueva. ¿Un impulso sería más legítimo que el otro?

Por otro lado, el reposo absoluto en reclusión no es solo una faceta más del descanso. Paradójicamente, el exceso de descanso es cansado. Los músculos se atrofian, se retienen líquidos, prevalece el miedo a cualquier movimiento peligroso. Pero lo más complicado es el cambio drástico de la autosuficiencia a la dependencia total. Una noche nos vamos a dormir con una idea de nosotros y al despertar ya no existe. Ahora eres lo que los demás hacen por ti: desde la comida hasta la transportación. Con asombro descubrimos que esta sumisión, como cualquier otra, activa en ocasiones el gen de la tiranía que todos llevamos dentro, quizá como un mecanismo de defensa ante el desamparo.

Si el embarazo es en cierta forma un periodo de preparación para desprenderte de una parte de ti misma —por lo general en compañía de la gente cercana—, la postración, restricciones y aislamiento hacen que este tránsito normalmente gradual y colectivo sea súbito y solitario, como tantas muertes por el virus, que ocurren entre plásticos aislantes y en silencio. Las voces que despiden y reciben la vida se cruzan de nuevo.

 

Berenice Castillo estudió Letras en la Universidad de Guadalajara. Es autora del libro de relatos Época del aire.

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