Sofía Orozco

Cuando esta tecnología comenzó a desarrollarse en Japón a finales del siglo pasado, nadie se hubiera imaginado sus variados destinos y lo crucial que llegaría a ser en estos momentos en los que ha suplido, al menos temporalmente, a aquellos menús de papel de restaurantes, fondas y comederos, ya sea prolijamente empastados o montados apenas en una tabla con clip, que antes del COVID-19 circulaban de mano en mano sin ninguna preocupación.

El código de respuesta rápida o QR que se ha usado con éxito en distintas industrias y comercios, tanto en sistemas de etiquetado de piezas, como modo seguro de pago, como continente de parámetros para reconocimiento automatizado de usuarios y en otras decenas más de aplicaciones, tiene la bondad de contener en una imagen formada por puntos cuadrados en blanco y negro —aparentemente desenfocada y sin sentido ante el ojo humano— un montón de datos, que una vez que son interpretados por un lector o software adecuado transmutará de juego de figuras aleatorio a información, tanta como se le haya colocado.

Ahora, con los insólitos tiempos de pandemia que nos cayeron encima, encontrar soluciones que permitieran a las personas hacer su vida lo más cercano a lo que la venían haciendo se convirtió en urgencia, y a las autoridades sanitarias se les ocurrió que cada lugar que ofreciera comida debía no solo instalar filtros, separar mesas, desinfectar cada cosa, sino también disponer de cartas en código QR para que cualquiera, con celular en mano, pudiera leerla sin tocar objeto alguno.

¡Qué maravilla! La tecnología al servicio de la humanidad, incluso en la taquería de confianza, donde ante un dispositivo el QR cambia a menú de tacos, órdenes y complementos como cebollitas o guacamole. El mesero toma la orden y hasta aquí nadie ha tocado nada ni intercambiado al tacto posibles gotículas infestadas de virus alguno. El taquero ha servido los de pastor con queso y la orden de asada con el aliento contenido en un cubrebocas. El mesero incluso porta guantes de cirujano. Se ha vencido la cadena de posible contagio.

Todo va bien hasta que alguien pide un salero. Ese objeto pequeño con sus granos de arroz dentro, mantecoso como siempre, cúmulo de huellas dactilares de los clientes de hoy y de anoche, fue la única parte vulnerable no considerada por la OMS. En algunos escenarios la tecnología no es infalible.

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